“El territorio que viene a ser conquistado es el cerebro humano”: la guerra cognitiva como negocio militar

por | Feb 15, 2026

El 3 de enero, mientras Venezuela dormía, una empresa militar tecnológica ejecutaba el mayor ataque cognitivo contra la población civil: Palantir, con su capacidad de rastreo en tiempo real y psicometría, hackeó el cerebro de una nación. Para Jessica Pernía, politóloga e investigadora en guerra cognitiva, lo que vivimos no fue solo una invasión territorial, sino la militarización del pensamiento mismo. ¿Cómo resistir cuando tu propia mente es el campo de batalla?

Por Ariadna A. Mogollón y Jorge Vilalta

Fotografías: Jorge Vilalta y Ricardo Hernéndez

Caracas, Venezuela.- La guerra en el mundo ha cambiado sus formas, los países del norte global invierten ingentes cantidades de recursos económicos y conocimiento especializado en el desarrollo de tecnologías de control de la población para el uso militar, el seguimiento y manipulación de las masas: a la implementación de estas tecnologías se le conoce como “guerra cognitiva”. Para comprender el alcance de estos nuevos métodos de control, en Ceiba, periodismo con memoria, conversamos con Jessica Pernía, quien es politóloga, profesora de la Universidad Bolivariana de Venezuela, parte integrante del Centro de Estudios en Comunicación Social y Tecnologías Libres e investigadora en el área de la comunicación.

Muchas gracias por recibir a Ceiba para conversar sobre lo que se ha denominado como “guerra cognitiva”. Quisiéramos comenzar esta entrevista preguntando qué pasó en la madrugada del 3 de enero en Venezuela.

En la madrugada del 3 de enero estábamos durmiendo, el cerebro estaba en una situación de descanso en las zonas de seguridad de cada uno de los ciudadanos venezolanos, es decir, en sus casas. En ese momento en el que el cerebro se encontraba en estado de vulnerabilidad, fuimos emboscados y atacados. ¿Qué pasó entonces? Como población, tuvimos una respuesta total de pánico, de incertidumbre, de no comprensión de la situación, hasta que horas después pudimos empezar a entender qué era lo que estaba ocurriendo.

Básicamente, lo que sucedió la madrugada del 3 de enero fue que tuvimos a una sociedad en total conmoción, no solamente en las ciudades o los territorios específicos que fueron afectados, sino en todo el país. Lo que sucedió tiene su onda expansiva no solo en materia militar, sino en materia de psicología, en lo que le pasa al cerebro y al cuerpo en términos de emociones, sentimientos y comprensión de la realidad. Podríamos decir, como afirmaba Naomi Klein en su libro, estábamos en plena doctrina del shock.

Jessica Pernía, especialista e investigadora en comunicación y guerra cognitiva. Foto: Ricardo Hernéndez

¿Qué le pasa a la población a lo largo del día, tanto en lo emocional como en lo mediático?

Lo que nosotros veníamos perfilando desde meses antes, quizás años antes, es que había empezado a desarrollarse un nuevo campo en la teoría y práctica militar al que se le ha denominado guerra cognitiva. Lejos de ser una consigna o una categoría que usamos para politizar un proceso, es una teoría que se desarrolla en tanques de pensamiento de la Organización del Tratado Atlántico del Norte (OTAN), específicamente un think tank llamado Innovation Hub que dirige un contralmirante francés de nombre Francois du Cluzel.

Estas personas ya están, desde hace tiempo, estudiando y experimentando con el comportamiento del cerebro humano, cómo se estructura, cómo se gestiona el pensamiento a través de las nuevas tecnologías y qué aportan estas al campo del comportamiento cerebral. Estos estudios permiten no solamente saber las capacidades que tiene el cerebro, sino qué tanto se puede modelar con tecnología y qué tanto es posible, de algún modo, hacer una especie de hackeo de la estructuración del proceso cerebral en el ser humano.

En el Innovation Hub hacen referencia a esta guerra cognitiva como procedimientos que ya están aplicando naciones poderosas en el mundo. Argumentan que tienen que estudiarlos porque deben defenderse. Siempre se muestran como víctimas, pero realmente quienes crean los primeros patrones de ideas o de investigaciones científicas al respecto son ellos mismos.

Entonces, ¿qué dicen con estos estudios? Que tienen una manera de medir en tiempo real todo el comportamiento no solo físico, sino sensorial y emocional del ser humano a través de estas tecnologías, en las cuales, entre otras cosas, se implementa la psicometría.

Si de algo nos podemos aprovechar a través de las tecnologías es de captar todo ese volumen infinito de datos que el ser humano puede producir. Acá no estamos hablando solamente del momento en el que surge una idea en el cerebro a través de neurotransmisores que se conectan, que generan un tipo de respuesta de la que se pasa a la construcción del lenguaje, al entendimiento de la realidad y de cómo operar frente a esta; es decir, todo lo que hace el cerebro humano.  También estamos hablando de que se puede medir todo lo que sientes, todo lo que percibes, hueles, cuál es tu temperatura, cuáles son tus rasgos corporales, cómo reaccionas corporalmente a cierto tipo de flujo de influencias, cómo reaccionas al erotismo, a la euforia. Todo eso es medible a través de las nuevas tecnologías en tiempo real.

Por ejemplo, uno siempre piensa que TikTok es una plataforma que está midiendo qué tanto nosotros escroleamos y consumimos los contenidos que nos ofrecen y qué tanto se amolda el algoritmo a nuestro gusto, nuestras intenciones, sentimientos o percepciones de la realidad. Sabemos que nos miden a través de las diferentes redes, nos preparan un algoritmo, lo entrenan para que nosotros estemos permanentemente en una cámara de eco: esto es, hablar y escucharnos a nosotros mismos o a un grupo muy reducido de humanos. Pero eso no es realmente lo esencial del asunto, lo esencial es que también están entrenando a los grandes servidores de inteligencia artificial con nuestras respuestas físicas, nuestras respuestas corporales; mientras vemos, ellos nos están viendo, para eso utilizan todos sus sensores. Eso se llama biotecnología o tecnología de los sensores.

Todo esto se empieza aplicar en un tiempo muy veloz. No solamente tenemos la inteligencia artificial, sino que están tratando de crear modelos de súper inteligencia artificial, que tiene que ver con la velocidad en que pueden procesar información.

Quiero decir con esto que ya existe la manera de captar millones y millones y millones de datos de todo el mundo a través de los celulares, las redes sociales, las computadoras y tal vez los televisores inteligentes. El problema es cómo se procesan esos datos, y acá es donde la maquinaria militar y las inversiones de los grandes capitales empiezan a meterle más inversión al procesamiento de datos para tener una respuesta más rápida. Se dieron cuenta del nivel de poder que algo semejante puede generarles.

Nosotros creemos que esta tecnología fue aplicada en julio del año 2024, durante las elecciones presidenciales. Tenemos datos que arrojan que durante la madrugada del 28 al 29 de ese mes, durante algunos minutos, el comportamiento de la sociedad venezolana fue de alguna forma manipulado. Nos dimos cuenta de que ya estaba pasando algo, que ya estaban experimentando con nosotros en esa materia y empezamos a prender las alertas. ¿Qué vamos a hacer? Esa es la pregunta actual.

El bombardeo estadounidense a Venezuela utilizó compleja tecnología para localización de objetivos en el territorio. En la foto, edificio impactado por un misil en el estado La Guaira. Foto: Jorge Vilalta

Se ha dado información muy escueta sobre una supuesta arma que implementó Estados Unidos durante la invasión del 3 de enero. Esta supuesta arma ¿tiene relación con la implementación de esta tecnología?

El 3 de enero participó en el ataque directamente una empresa llamada Palantir. Esta empresa está dirigida y cofundada por un hombre de origen judío, filósofo, muy estudioso, incluso cercano a teóricos de la Escuela de Frankfurt, pero que, al fin de cuentas, es un magnate de las tecnologías. Este hombre, que se llama Alex Karp, dirige una serie de científicos, programadores, desarrolladores del área de las tecnologías y crea una de las empresas de vigilancia de datos más importantes del mundo, la cual trabaja para fuerzas militares de los Estados nación y específicamente para el Gobierno de Donald Trump. Es importante mencionar que, inmediatamente después del ataque del 3 de enero, este señor sale a vociferar alegremente que lo había logrado, utilizó todo ese diseño de software y hardware que había estado experimentando o preparando.

Lo que informa el propio dueño de Palantir, que se presume estuvo vinculado directamente con la invasión estadounidense a Venezuela, es que utilizó todos los softwares disponibles que tenían que ver con rastreo en tiempo real, pulsiones térmicas, registro del lenguaje corporal, registro de GPS de posicionamiento territorial, además de toda la información disponible a través de las aplicaciones de mensajería y redes sociales. Es decir, ellos tienen la capacidad y el poder para saber dónde está un cuerpo, aun a grandes distancias. No necesitan estar en el Palacio de Miraflores, no necesitan estar en el Fuerte Tiuna. Están desarrollando tecnología para saber en qué posición está un cuerpo o una persona en tiempo real y todo el procesamiento de inteligencia artificial que tienen les dice “aquí está”.

Tenemos muchos testimonios −se han ido haciendo públicos algunos de ellos− de los soldados sobrevivientes, quienes describen fenómenos rarísimos que pasaron, por ejemplo con el accionar de los teléfonos. Relatan que vieron cómo un soldado que contestaba la llamada fue eliminado o que disparaban hacia un lado y el soldado que estaba del otro lado era asesinado.

Por eso, el uso de esta tecnología fue tan determinante y tuvimos muy poco tiempo para dar una respuesta, al menos por aire. Desde el territorio se resistió todo lo que se pudo, pero ellos tenían bombas antipersona, drones kamikaze y una serie de tecnologías aéreas que no manejábamos. Además, tenían el poder de saber dónde estaba el presidente Maduro, sus escoltas, qué estaban haciendo o a quién le escribieron de último.

Es decir, estamos hablando de la militarización de las tecnologías de la comunicación. Esto nos lleva a pensar en la militarización, incluso, del propio pensamiento. Podemos mirar hacia otras sociedades en donde esto también está pasando; es claro que están buscando hackear el comportamiento de las sociedades para que sean dóciles o, en su defecto, que tengan una respuesta física violenta en un momento específico. Esto puede dar miedo, pero básicamente estamos siendo de algún modo teledirigidos a través de las nuevas tecnologías en torno a nuestra respuesta social, política y colectiva.

En Venezuela, el pueblo se forma en materia de guerra cognitiva. Foto: Ricardo Hernéndez

Ante este escenario sumamente complejo ¿qué podemos hacer como individuos, como sociedad y como país?

El propio presidente Nicolás Maduro Moros, en la introducción de un manual que se publicó y se distribuyó en marzo del año 2025, El método Calles, redes, medios, paredes y radio bemba. Manual para la nueva batalla comunicacional, explicaba que nosotros tenemos que entender que estamos en un tránsito a una nueva época.

Quienes estudiamos la comunicación sabemos que todo cambio paradigmático en la sociedad está estrictamente relacionado con las revoluciones tecnológicas. Cambian las formas de comportamiento social, las formas en que se ejecutan las relaciones de poder, las formas culturales. Por lo tanto, cuando hay una gran revolución industrial, hay un gran cambio paradigmático, político y social. El presidente Nicolás Maduro, en el manual del método, hace hincapié en la idea de que estamos frente a una nueva época. Él habló en ese momento de una transición; pero yo creo que eso ya es prácticamente un hecho, estamos ya en una nueva época.

Él planteó que para poder entender esta nueva época debemos tener en cuenta por lo menos cuatro síntomas. El primero es la guerra de la OTAN contra Rusia, liberada en territorio ucraniano. Recordemos que, después de la Segunda Guerra Mundial, estos poderes conciertan una aparente paz global y una serie de apuestas al campo del derecho internacional que permitían una tensa paz. Después del inicio del ataque de la OTAN contra Rusia, el presidente Maduro refiere que esa paz concertada fue rota plenamente y evidenció que íbamos a otro momento que no es más que la guerra o la militarización del campo geopolítico.

El segundo síntoma del que habla es la pandemia del COVID-19. En ese momento pudimos darnos cuenta de que todo ese modelo de bienestar que ofrecía la modernidad y el capitalismo no funciona. Esto de creer que tenemos mucha fortaleza en la atención de las sociedades, que somos capaces de atender a todo el mundo, de ofrecer lo mejor posible se desmoronó frente a nuestras narices. No hubo manera de que se respondiera a la pandemia de forma organizada, seria y beneficiosa para todo el mundo. Por eso las víctimas son incontables.

Con la pandemia se demostró que el modelo de la modernidad en absoluto tiene que ver con el bienestar común. Quienes se salvaron fueron las empresas, que seguramente crearían el virus también. Eran ellas las que tenían las vacunas, las que las experimentaron en humanos, quienes no las compartieron con países con menos accesibilidad. Durante la pandemia se develó el modelo real de la modernidad excepto en naciones como la nuestra, en donde podríamos decir que la solidaridad fue lo que nos salvó. Pero el modelo occidental capitalista no tuvo capacidad de lidiar con la pandemia y lo que hizo fue aprovecharse.

El tercer síntoma del que habla Maduro es el resurgimiento del fascismo. Resurge la posibilidad del supremacismo que sostiene un modelo como el fascista, que no es otra cosa que la eliminación del otro con el que yo no me identifico, la eliminación del otro con el que yo no tengo nada que ver, como dice Trump, de los feos, los pobres, los migrantes, aquellos que no son hombres blancos y poderosos. Esta lógica del fascismo resurge de nuevo en occidente y es multiplicado con muchísima rapidez a través de lo que él denomina el cuarto síntoma, que no es otro que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación a través de las redes sociales.

El quinto síntoma del que el presidente no habla, pero que yo agregaría, es que esas nuevas tecnologías ya no solamente son un problema de consumo o no consumo, ya no es un dilema ético en torno a si está bien o está mal utilizar la inteligencia artificial o si está bien o está mal usar las redes sociales; de facto, todo el mundo las usa. El problema es que están sirviendo no solamente como un negocio mediático o informacional, sino como un negocio militar.

Lo que pasó el 3 de enero y la participación directa de una empresa como Palantir de vigilancia total, tiene grandes dimensiones. Una de estas es la puesta en marcha del modelo del tecnocapitalismo que, según Luis Suárez Villa, es la investigación tecnológica y científica para captar la acumulación de datos que finalmente estén al servicio de intereses comerciales y del poder.

Hay otra dimensión que es el colonialismo.  Están quienes le llama “colonialismo digital”; otros, colonialismo de datos. Tiene que ver con un pequeño conglomerado de empresas que trabajan con algunos gobiernos muy específicos, controlan de forma absoluta el poder de la infraestructura crítica del tecnocapitalismo y acopian el volumen de datos que arroja el pensamiento, el conocimiento y las representaciones humanas. Si solo ellos tienen acceso a todo eso, pues, sin lugar a duda, se genera una relación de poder, y es a esa relación a la que llamamos colonialismo digital.

¿Por qué decimos esto? Porque si vemos el colonialismo europeo en el sur de América, en África o en otros lugares donde ha existido en siglos pasados, podemos ver que tenía una forma de actuar. Lo primero que hace un colono cuando va a conquistar es quitar el territorio, conquistar territorio. Entonces, si hacemos una analogía con la modernidad digital, decimos que el territorio que viene a ser conquistado es el territorio del cerebro humano.

Después de que los colonos conquistan el territorio, lo siguiente es el robo de los recursos. Acá también podemos hacer analogía con el colonialismo digital en donde hay una extracción de recursos inmediatos: los datos que nosotros les damos, todo lo que pueda ser representado por el ser humano a través del pensamiento y del conocimiento. Ese es el nuevo recurso, la materia prima de estos monstruos.

Una vez que controlan el territorio, una vez que roban y empiezan a extraer los recursos viene el desplazamiento de las identidades culturales o, incluso, su eliminación. Sabemos que hay territorios donde no quedó ni rastro de las sociedades que existían, no quedó nada, ni la lengua, ni un sobreviviente, ni un recurso posible para recordar, para tener memoria de esa cultura. Es lo mismo que empezamos a experimentar ahora.

Un ejemplo muy concreto, la niñez. El lenguaje de los niños y niñas, que termina siendo gracioso, pues cuando dicen “cringe en vez de vergüenza o “capibara” en vez de chigüire o dicen “güey” u otro tipo de términos que no son propios, pero que cada vez se naturalizan más, se está generando un desplazamiento cultural.

Por último, hay una especie de fenómeno que tiene que ver con volvernos totalmente dependientes, lo que llaman la dependencia centro-periferia. Si nosotros no controlamos la tecnología, pero somos sus usuarios principales, nos hacemos completamente dependientes de quienes la controlan. ¿Qué pasa si se caen esas infraestructuras? Los servidores. Si no funciona la banca, los sistemas de salud, los sistemas satelitales, el internet no podemos hacer nada, porque somos ajenos a su control. Es lo que llamamos colonialismo digital.

Todo esto es el modelo de la guerra cognitiva, la militarización del pensamiento humano. Para que esto suceda hay un orden: militarizar las tecnologías y los procesos de comunicación. Esto termina con el objetivo espeluznante de que el cerebro humano pueda ser también militarizado.

Jessica Pernía dicta un taller sobre comunicación en Caracas. Foto: Ricardo Hernéndez

¿Crees que, ante esa militarización del pensamiento, podamos hacer algo como sociedad?

La idea, claro, no es que entremos en estado de pánico. El presidente Nicolás Maduro es un hombre que se forjó en las adversidades, fue un muchacho militante, luego un trabajador, se fue convirtiendo en un presidente y no en una autoridad. Se dio a la tarea de estudiar, de entender la realidad y alertar a su pueblo. El método Calles, redes, medios, paredes y radio bemba, al que antes hice referencia, es un manual político de acción que plantea que nuestra respuesta más digna, tal como en los tiempos de Bolívar, es la organización social.

Podemos hablar de soberanía territorial, pero también tenemos que hablar de soberanía cognitiva. Tiene que haber un proceso de fortalecimiento, robustecimiento de la política pública, desde los marcos jurídicos, en torno a la protección de la estructuración del pensamiento y el conocimiento humano.

En otras palabras, lo que nos va a salvar es seguir pensando de la forma más digna que podamos pensar. Esto se traduce en menos consumo redes sociales; mientras menos tiempo nos robe el algoritmo con las ofertas para mantenernos distraídos, podemos dedicarnos más a construir relaciones sociales, repolitizar la familia, la comunidad. Cuando hablo de politización hablo de, precisamente, tejer redes sociales, que es lo que nos hace humanos, lo que nos mantiene siendo humanos, comunidades humanas.

Tenemos que volver a la idea de la comunidad en contraposición a toda esta lógica que nos está llevando cada vez más al aislamiento. Mientras más ejercicio individual tengamos, más relaciones sociales posibles se rompen. Entonces, nuestra primera solución es conservarnos como los seres humanos que tradicionalmente hemos sido y que nuestro ejercicio de pensamiento sea soberano.

Ese ejercicio de construcción o de producción de conocimientos es solamente posible si estamos en contacto pleno y consciente con la realidad. Hay que proteger esa relación emocional de procesamiento que hay en las relaciones humanas profundas, porque ahí es donde se produce el conocimiento. Solo sabemos del otro porque nos relacionamos.

La soberanía cognitiva es un espacio que debemos nutrir, al que debemos aportar más ciencia, más investigación, más acción social y también más políticas públicas, porque los Estados y naciones se deben proteger. En este sentido, hay que pensar cómo dirigir políticas públicas hacia el control del consumo de estas nuevas tecnologías. Como personas debemos saber que, si vamos a estar ahí, tenemos que estar conscientemente.

Si tú vas a las redes sociales y sabes que eso es un campo de guerra, vas con cuidado, como cuando va un soldado a una guerra. Por ejemplo, si voy a TikTok y sé lo que me va a lanzar el algoritmo y sé a lo que voy a estar expuesto, voy cuidándome a través del pensamiento crítico, que no es otra cosa que ejercer el criterio frente a a la realidad.

En el caso de los bolivarianos y las bolivarianas, es que no solamente hagamos comunicación o produzcamos conocimiento, o tengamos pensamiento crítico individual o espontáneamente, sino que seamos capaces de organizarnos colectivamente para también tener una respuesta colectiva. Es la única forma.

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