El hotel de los desplazados: donde nadie espera solo

por | Dic 7, 2025

En medio de la costa de Michoacán hay un hotel que nunca abrió al público. Su esqueleto es la casa de quienes se quedaron sin hogar, personas que salieron huyendo de la violencia y ahora viven día a día tratando de robarle la sensación de seguridad a su entorno.

Fotografías: Rodrigo Caballero

Michoacán, México.- Si nadie tuviera relojes, todos los inquilinos del hotel de los desplazados sabrían que son las seis de la tarde solamente viendo las manos de Raquel. A esa hora empieza a rascarse un pulgar con el otro y a jalarse los dedos como si quisiera estirarlos o sacarles punta.

Cada vez que comienza a oscurecer, Raquel tiene la misma sensación de que el tiempo se agota, de que algo ominoso se acerca a sus espaldas y la va acechando lentamente conforme los últimos rayos del sol iluminan lo que queda del día.

A medida que las sombras se hacen más largas, la mujer de veintinueve años se siente más insegura, como si entre ellas se escondiera algo o alguien. Tiene que recordar todos los días que no hay nada peligroso para poder pasar con calma los últimos minutos de luz.

Raquel estaba en medio de su rutina diaria, la de hacerse a la idea de que no hay monstruos, cuando se dio cuenta de que su vecina todavía no había llegado al hotel de los desplazados. Lo notó porque el hijo más pequeño de María salió de su cuarto apenas con una playera encima y con un plato de Mickey Mouse vacío pidiéndole algo de comer.

–¿Dónde está tu mami?

–No ha llegado -dijo el niño quitándose las lagañas de la siesta vespertina.

Raquel se levantó del banquito en el que había estado sentada cuidando la olla con caldo de pollo. Miró a través del estacionamiento hacia la entrada del hotel, ignorando completamente a los periodistas que le habían estado preguntando detalles de su vida por casi dos horas.

“Ya tenía que haber llegado desde hace rato”, dijo sin dirigirse a nadie en particular y se alejó de la cocina improvisada en una de las esquinas del hotel, donde habría estacionado el vehículo algún turista que estuviera de visita en la costa del estado de Michoacán.

A paso veloz cruzó el estacionamiento que forma un recuadro rodeado de dos pisos de habitaciones que nunca se abrieron al público. Ahora es el hogar de cinco familias desplazadas por la violencia que plaga la región Sierra Costa debido a la incursión de la delincuencia organizada que, literalmente, tocó las puertas de su casa.

Raquel bajó la velocidad llegando a la entrada del hotel y al pasar junto a la mesa de billar abandonada que hay en vez de recepción, tomó una actitud sigilosa. Recorrió los últimos dos metros agazapada, como si lo que sea que se esconde entre las sombras la estuviera esperando al salir.

Al llegar a media calle volvió a enderezar el cuerpo y miró hacia ambos lados buscando a María, llevó sus manos hasta la frente para resguardarse de los últimos rayos de luz que el sol tenía para ofrecer. Cuando regresó a la cocina la noche ya había llegado.

Hotel de refugiados para familias desplazadas



El primer atardecer malo


El esposo de Raquel y su hijo mayor salieron a trabajar al campo una mañana de agosto de 2024 y nunca regresaron. No había motivo para pensar que ese día sería distinto de cualquier otro, pero fue –como ella dice– el primer atardecer malo.

Estaba empezando a oscurecer aquella tarde de agosto en la comunidad nahua de Coire, en el municipio de Aquila, cuando llegaron a su rancho una veintena de camionetas con un grupo de hombres encapuchados y armados hasta los dientes. A gritos y jalones le dijeron que su casa ya no era suya y que sus únicas pertenencias eran las que pudiera cargar cerro abajo.

En ese momento Raquel se convirtió en una de las más de 24 500 personas que han sufrido desplazamiento por violencia en México hasta el 2024, según el informe del Programa de Derechos Humanos (PDH) de la Universidad Iberoamericana.

Raquel agarró a su hija de diez años y a su bebé de dos, arregló una maleta y una mochila y salió caminando mientras la noche empezaba a caer en la Sierra-Costa michoacana. Ese mismo día su papá y sus tías también fueron expulsadas de sus casas, pero eso no lo supo sino hasta tres meses después.

La mujer caminó por la terracería hasta que vio las luces de un carro que venía en sentido contrario y decidió salirse del camino antes de que la vieran. A tientas siguió una vereda que la conectó con un riachuelo en el que jugaba de niña y ahí decidió abandonar la maleta.

Toda la noche caminó siguiendo el riachuelo. Lo que más recuerda es que nunca se sintió cansada hasta que las primeras luces del amanecer le pegaron en la cara. Para entonces ya se había alejado de Coire, comunidad que permanece asediada por el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).

Raquel siguió el riachuelo usando la sombra de sus árboles para protegerse del sol hasta que encontró una casa a la que se animó a acercarse. Ahí una familia le ofreció comida, ropa y un lugar en donde descansar por unas horas, hasta que decidió que era mejor seguir caminando.

Tardó cuatro días en llegar a Motín del Oro, otra localidad de la misma costa, donde le dijeron que no era la primera en bajar de la sierra caminando y que todavía tenía que seguir moviéndose para salir completamente de la zona de peligro.

El resto del camino lo hizo en la caja de una camioneta que la llevó setenta kilómetros al norte, hasta el municipio vecino de Coahuayana, donde se han reunido más de 1 300 desplazados originarios de la Sierra-Costa.

“Ella es una de las mujeres que salió caminando”, dijo Evangelina Contreras Ceja, representante del colectivo Desaparecidos de la Costa y Feminicidios de Michoacán (Decofem), cuando presentó a Raquel.

Así es la forma en la que se refieren a todas las mujeres que tuvieron que dejar atrás su vida para llegar a Coahuayana, donde colectivos de desaparecidos y antiguos miembros del movimiento de autodefensas dentro de la nueva policía comunitaria les han dado asilo en lugares como el hotel de los desplazados.

Una vez en Coahuayana, Raquel se dedicó a trabajar en distintos puestos de comida del municipio. Un tiempo vivió en la comandancia, otro tiempo en el albergue para jornaleros, luego en algunas casas que consiguió Decofem con la ayuda de donaciones y después se mudó al hotel de los desplazados.

“Me conseguí un celular y fue que pude localizar a mi familia que vive fuera, ellos fueron los que me dijeron que ya los había corrido a todos, a mi papá, a mis tías, a todos los corrieron de la sierra, a los hombres se los llevaron, mi papá ya está grande y mi niño está chiquito, si no se los hubieran llevado también, a todos los jóvenes se los llevaron”, sentenció Raquel.

A veces pasaban minutos sin que Raquel dijera una sola palabra y a veces narraba miles de detalles, como si tuviera prisa por contar su historia. Así pasó el tiempo recordando su vida en el rancho donde cuidaba sus animales y sus plantas, y lo brillante que eran las estrellas durante su recorrido por la sierra, hasta que el hijo de su vecina salió y le recordó que los monstruos salen cuando oscurece.

Las familias desplazadas habitan el hotel en condiciones precarias



La vecina de Raquel


Esa mañana, María salió a trabajar como lo hacía todos los días desde que Raquel llegó al hotel de los desplazados. La conoció porque era su vecina de cuarto y fue la primera que la recibió luego de meses de andar a salto de mata por todo Coahuayana.

“A ella también la corrieron de su casa. Aquí compartimos los gastos, yo preparo comida para vender y para varios de los vecinos, aquí comemos. Le vigilo a sus niños, que no se vayan a golpear por ahí jugando, porque son tremendos”, explicó Raquel.

Las dos mujeres vivían relativamente cerca en la sierra, pero nunca se hubieran conocido de no ser porque estaban refugiadas en el hotel de los desplazados. Ahora parecen inseparables y antes de dormir se juntan junto al fogón a platicar de su día.

Raquel hace comida que reparte entre vecinos del hotel y lugareños. Tiene un fogón afuera de su cuarto, que poco a poco ha ido creciendo con utensilios de cocina que ha comprado, para mantenerse a ella y a sus dos hijos.

María trabaja en una tienda de ropa en Coahuayana, a varios kilómetros del hotel. Tiene que salir muy temprano para alcanzar el primer camión del día y luego agarrar el camión de las tres de la tarde para regresar antes de que oscurezca.

La ausencia de María revive los fantasmas de Raquel y nuevamente comienza a frotarse las manos sin perder de vista la puerta del hotel. Sus relatos se vuelven esporádicos e inconexos, ya no están llenos de detalles como antes. Así se asienta la noche y los vecinos prenden la luz del hotel que llega donada de una casa aledaña a través de un enorme cable.

Raquel desconecta su celular, que estaba cargándose en su habitación ayudado con un diablito hecho con dos cables pelados y un montón de cinta de aislar negra. Sale a la calle para intentar marcarle a María, pero el teléfono no tiene suficiente señal para hacer la llamada.

Durante un rato, la pantalla muestra una espantosa equis roja en la esquina superior derecha y Raquel no tiene más remedio que seguir viéndola hasta que haya otro símbolo que le diga que la señal telefónica ha regresado.

Después recluta la ayuda de unos jóvenes que juegan videojuegos cerca para que marquen a través de sus teléfonos. Uno de ellos logra llamar, pero inmediatamente manda al buzón de voz. Para entonces ya casi son las nueve de la noche.

Raquel se contiene lo suficiente para ayudar a dormir a su hijo y a los de María, mientras su hija y un par de inquilinos del hotel siguen esperando en la entrada alguna señal de su vecina. El local de videojuegos cierra y los jóvenes se van sin poder hacer nada.

–Ya tiene rato que se fue, –dijo Evangelina Contreras a través del teléfono cuando logran localizarla.

A las diez de la noche se acaban las opciones. Los periodistas tienen que servir de algo y salir a buscar junto con un vecino, mientras se organiza otro equipo que viaje desde Coahuayana siguiendo el rastro de María.

Mesa de billar, recepción del hotel de desplazados

Un taxi rompió el silencio de la noche, las luces dan la vuelta en una esquina y todos saben que es María, porque ningún transporte se aventura tan lejos de la carretera. Toda la tensión cae de golpe mientras la vecina explica que no alcanzó el camión y esperó inútilmente el siguiente.

Raquel se reencontró con María y la abrazó como si no la hubiera visto apenas unas horas antes, cuando le pidió que le trajera algo de harina de maíz y azúcar para mantener funcionando la cocina del hotel de los desplazados.

Mientras el taxi se alejaba y sus luces dejaron de iluminar la calle de tierra, las estrellas recuperaron su protagonismo, los periodistas se fueron y María se quedó platicando junto al fogón con Raquel, quien ya para entonces había dejado de frotarse las manos.

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