Desde hace cinco años, el Campamento Tortuguero del CETMAR 17 y la asociación civil CRITM se dedican a curar y rehabilitar a los quelonios enfermos o lesionados que varan en la costa yucateca, aprovechando al máximo los pocos recursos humanos y económicos de los que disponen. Para el equipo ninguna acción es pequeña, todo abona para proteger a las especies en riesgo o en peligro de extinción.
Fotografías: Lilia Balam y Sinaí Lavalle
Yucatán, México.- Gaviota sobrevuela desde su tina de agua salada hasta una mesa blanca, en medio de un salón de clase acondicionado como quirófano: pequeño pero limpio, con unos cuantos estantes y gavetas de metal que resguardan gasas, vendas y jeringas, una mesa de madera con instrumental quirúrgico y una lámpara de pedestal medio oxidada.
No lo hace sola: ella no tiene alas. Es una tortuga verde de 13 kilos y medio que se convirtió en una paciente veterinaria tras ser encontrada en Susulá, depositada en agua dulce a pesar de ser una especie marina. Su caparazón estaba lleno de algas, su tracto digestivo estaba inflamado, no ha hecho popó ni está llorando como debería.
Por eso ahora está allí, en el pequeño quirófano habilitado en el Centro de Estudios Tecnológicos del Mar (CETMAR) 17, en Progreso, Yucatán. El quirófano es parte del proyecto de servicio médico para tortugas marinas que brinda, desde hace cinco años, el Campamento Tortuguero del plantel en colaboración con la asociación civil Centro de Rescate e Investigación de Tortugas Marinas en la Península de Yucatán (CRITM).
El Campamento del CETMAR 17 surgió hace doce años con el objetivo de vincular a estudiantes a actividades para conservar la fauna de la región. También, involucrar a personas jóvenes en programas que permitieran concientizar a la comunidad respecto a las especies en peligro de extinción y a la urgencia en protegerlas. Pero, lo cierto es que una de las principales metas era la de realizar acciones para preservar a los quelonios.
Por ello, hacían recorridos por los treinta y dos kilómetros de costa que hay desde el puerto progreseño de Chuburná hasta el mirador de Uaymitun. Generalmente, los hacían durante las noches y madrugadas de abril a octubre, que es la época de desove. Detectaban a tortugas desovando, ubicaban nidos y vigilaban que estos se encontraran en zonas libres de riesgos (como áreas inundables por los cambios de marea o lluvias, o cerca de desagües de piscinas) o, si era el caso, los reubicaban en otros sitios o en el corral del Campamento, para que pasados cincuenta y cinco días pudieran liberar a las crías.
Sin embargo, al realizar esa tarea se percataron de todas las amenazas que pendían sobre los quelonios. La expansión inmobiliaria ha mermado su hábitat y afecta sus condiciones de vida con acciones como la instalación de luces blancas en la orilla de la playa, que desorientan a las tortugas, cuya guía natural es la luz de la luna. La construcción de calles ha derivado en que algunas se queden atoradas y mueran. Y, por el grave problema de erosión costera, cada vez tienen menos espacio para desovar.
También afecta el consumo de la carne o de los huevos (aunque ha disminuido) y el turismo masivo, pues la época de desove en Yucatán coincide con las temporadas altas de vacaciones. Se han recibido reportes de personas que visitan el lugar temporalmente y, al encontrarse con una, la tocan o la maltratan, bajo el argumento de que desconocen cómo cuidarlas o la ley que las protege.
Recientemente, se presentan ataques de perros ferales, semiferales e incluso domésticos, una problemática cada vez más frecuente que ya se volvió un inconveniente grave en puertos como el de Sisal, en Hunucmá, al poniente del estado.
Ante estos peligros, especialistas del Comité para la Protección y Conservación de las Tortugas Marinas del Estado (Coctomy), externaron la necesidad de que, en Yucatán, como punto clave para la conservación de la especie, existiera un sitio para brindar atención médica especializada a los quelonios.
De hecho, otras entidades donde desovan estos animales sí contaban con esos espacios, pero en Yucatán, si bien existían Predios de Manejo de Vida Silvestre (PIMS), Centros de Investigación de Fauna Silvestre (CIVS), y la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) contaba con espacios para los ejemplares decomisados o varados, no tenían un veterinario especialista en tortugas marinas ni instalaciones adecuadas para atenderlas.
Si bien el Campamento del CETMAR 17 sí acopiaba a tortugas varadas o lesionadas –y en ocasiones solicitaba el apoyo de veterinarias o veterinarios–, estos no eran especialistas en quelonios. Entonces, hacia 2019, comenzó a colaborar con el CRITM para brindar el servicio. Y en 2023 la asociación tomó los casos clínicos en su totalidad, logrando que en 2025 formalizaran la vinculación.
«Lo que más nos motivó son las tortuguitas, que como bien dice la doctora [Escobedo], ¿si no somos nosotros quiénes van a ayudarlas?”, expresa Sinaí Lavalle, bióloga y jefa del Taller de Acuacultura del CETMAR e integrante del Programa de Conservación y Rehabilitación de la Tortuga Marina.

Cuidar pese a las carencias
El Centro atiende a las tortugas lesionadas de cualquier puerto yucateco, desde Celestún hasta El Cuyo. También recibe a aquellas que fueron decomisadas por la Profepa, ya sea porque las tenían como mascotas en agua dulce o porque pescadores las capturaron de manera ilegal.
En estos cinco años de operación, alrededor de treinta tortugas han sido atendidas por el equipo de rehabilitación. En 2025 y en lo que va de 2026 han liberado cinco ejemplares.
“A lo mejor parecen poquitas liberaciones, pero es porque las tortugas tardan muchísimo en sanar y nosotros también estamos muy limitados, aunque ya estamos colaborando o trabajando con donadores y voluntarios. Tenemos un presupuesto muy limitado, porque somos una asociación chiquita y el ingreso del CETMAR, al ser una escuela, es principalmente para el estudio”, explica la veterinaria Maribel Escobedo, encargada de curar a las tortugas en el Centro.
El CETMAR 17 pertenece a la Secretaría de Educación Pública (SEP). Prácticamente brinda las instalaciones para el recinto de rehabilitación de tortugas, pero no cuenta con recursos extra para costear los tratamientos ni las cirugías. También le faltan espacios adecuados para recibir y tratar a los animales.
Para atender a los quelonios acondicionaron espacios de la escuela: hay un área de atención y reposo, una de cuarentena para ejemplares con fibropapiloma y un cuarto de quirófano. Aunque cumplen con protocolos de limpieza al pie de la letra, apenas cuentan con mobiliario básico para atender a los animales.
En el área de atención y reposo, se colocaron seis tinas de plástico e instalaron tuberías y una bomba de agua salada para hacerles recambios de agua diarios. Sin embargo, en la época de desove, es común que el espacio se llene rápidamente; en ocasiones, se ha rebasado la capacidad del lugar. El CETMAR 17 ha tenido que adaptar temporalmente otros espacios para colocar las tinas.
El trabajo que realizan la doctora veterinaria Maribel Escobedo, la bióloga Sinaí Lavalle y el biólogo Carlos León para rehabilitar a las tortugas no es remunerado, es prácticamente voluntariado. Con apoyo de estudiantes, no solo atienden a los quelonios todos los días, sino que realizan guardias por las tardes y los fines de semana, ya que no pueden dejar de vigilar a los animales que se encuentran en tratamiento.
En ocasiones ponen dinero de sus bolsillos para adquirir medicamentos o para realizar estudios como radiografías, pues, al no contar con equipo para realizarlas, deben pagar un costo aproximado de 1200 pesos por cada placa. El gasto es significativo si se considera que en ocasiones se requieren hasta tres placas.
Tampoco cuentan con equipo de ultrasonido ni máquina de anestesia inhalada. Aunque tienen tinas, algunas de las cuales fueron prestadas por la Secretaría de Desarrollo Sustentable (SDS) y la Secretaría de Pesca y Acuacultura Sustentables (Sepasy), estas no siempre son adecuadas al tamaño de las tortugas, pues algunas llegan a medir más de un metro y pueden pesar hasta noventa y cinco kilos. Además, dichos recipientes requieren biofiltros para que los procesos de sanación de heridas sean más rápidos.
En general, un tratamiento leve que requiera cirugía menor cuesta 17 000 pesos, sin contar la preparación ni el tratamiento posquirúrgico (limpieza de la herida, curación, entre otros aspectos).
En una ocasión recibieron a una tortuga que fue atacada por perros ferales. Para salvar sus aletas tuvieron que realizarle diez cirugías, con un costo total de 100 000 pesos aproximadamente. Eso sin contar la remuneración del equipo que participa, el cual suele ser de seis personas que pueden llegar a trabajar hasta catorce horas seguidas si se trata de una operación complicada.
En ocasiones el CETMAR 17 brinda apoyos para conseguir material de curación o los alimentos de las tortugas (sardina, calamar, pulpo, langosta o vegetales), pero por supuesto no es suficiente.

“Con las limitaciones que tenemos estamos logrando sacar adelante a las tortugas con buenos tratamientos, tenemos buenos resultados y las estamos liberando. Si tuviéramos las tinas que necesitamos o el material, sanarían más rápido, una que nos toma actualmente seis meses podría sanar en cuatro. Pero aun así lo estamos haciendo. No por estar en un área remota con limitaciones significa que no se puede hacer. Sí nos toma un poco más de tiempo y esfuerzo, pero se logra”, subraya Escobedo.
El Centro se apoya con donativos en especie y económicos que brindan la comunidad y empresas. Para ello, en el mes de mayo realiza un Tortugón, evento en el que convocan a la población en general a adquirir productos a beneficio de la labor de rehabilitación, es decir, para pagar los análisis o los medicamentos que requieren los ejemplares.
También tienen una lista de medicamentos y material de curación (gasas, vendas, jeringas), que requieren generalmente, y aceptan permanentemente donativos de dichos insumos. Pueden ser llevados de lunes a viernes de siete de la mañana a tres de la tarde. También aceptan donativos económicos, para los cuales el Campamento se compromete a informar en qué se invierten.
Para el biólogo Carlos León, coordinador del Campamento Tortuguero, el porcentaje de éxito es alto, pero debido a la escasez de recursos también hay ineficiencias que han dificultado atender a los animales como se debe.
“Es un poco delicado no contar con los recursos suficientes. Trabajamos con lo que se tiene y con lo que se puede, haciendo lo mejor para poder rescatarlas. Por eso nos sentimos orgullosos cuando liberamos una. Es bonito liberarlas, ver que valió la pena el esfuerzo, porque tardan mucho en recuperarse”, expresa.
“Las tortugas son un reflejo del deterioro de nuestro ecosistema”
Al Centro han llegado tortugas tan ferozmente atacadas que la única opción que les queda es la de la amputación de alguno de sus miembros. Desafortunadamente algunas tienen heridas tan graves, junto con cuadros de deshidratación y hemorragia, que es imposible ayudarlas, “a pesar de que las tortugas soportan mucho”, reconoce León.
También han llegado algunas con problemas leves, como los de flotación, que generalmente se deben a que no pueden expulsar los gases porque se van a una parte de su celoma. Esto ocasiona que no se puedan hundir y eso las expone a depredadores. Otras son golpeadas por lanchas o por artes de pesca. La mayoría de las que llegan por ataques de perros ferales son adultas, pues suelen ser agredidas cuando están desovando.
Se han registrado casos de fibropapilomatosis, enfermedad infecciosa que ocasiona muchos problemas en la salud de las tortugas, sobre todo en especies jóvenes de tortuga blanca. Este padecimiento es multifactorial, sin embargo, de acuerdo con León, se está investigando si tiene alguna relación con la contaminación ambiental del hábitat o si más bien tiene que ver con su sistema inmunológico.

De acuerdo con la doctora Escobedo, en un período ingresaron muchas tortugas blancas de condición corporal baja con fibropapiloma. Aunque les brindaron las atenciones correspondientes, fallecieron antes de setenta y dos horas.
Actualmente, hay ocho tortugas en el recinto, seis de ellas en el área de reposo. Verdín, una enorme tortuga verde, llegó hace siete meses, tras ser golpeada por una embarcación. Tuvo una fractura en el caparazón y en la mandíbula, pero ya se está recuperando. Está a punto de ser liberada, según el pronóstico, en dos meses.
A Perlita, una carey, le amputaron la aleta tras ser atacada por un perro. Escobedo asegura que hacen ejercicios con ella para que se mueva y, aunque su desplazamiento será un poco más lento, tiene posibilidades de sobrevivir en el mar, pues solo perdió un miembro y sus otras aletas funcionan bien. Si le hubieran amputado dos aletas del mismo lado (no opuestas), no hubieran podido liberarla.
También hay un área de cuarentena, donde se quedan los ejemplares con fibropapiloma, como Coco y Toretto, una inquieta tortuga verde que le hace honor a su nombre aleteando con desesperación para evitar ser revisada y vendada.
Apenas hace unos meses fue liberada Chela, una caguama juvenil que llegó después de ser encontrada durante una limpieza de la playa de Chabihau. Estaba varada en la orilla, muy flaquita y su caparazón lleno de microalgas. Le hicieron análisis y encontraron que tenía el intestino obstruido, lleno de erizos.
“Las tortugas son un reflejo del deterioro de nuestro ecosistema. Cuando las tortugas no encuentran alimentación saludable en abundancia, empiezan a comer cosas que no les corresponden, lo que encuentren. En este caso, erizo, que no es normal en esa especie. Le ocasionó una obstrucción intestinal y al menos tuvo suerte”, detalla Escobedo.
Tras una cirugía y seis meses de tratamiento, Chela fue liberada. Tuvo suerte, pues a veces las espinas pueden perforar los intestinos y ocasionarles una celomitis (el equivalente a la peritonitis humana), lo cual suele ser fatal.
“Las tortuguitas nos vienen a contar la historia de qué es lo que está pasando en nuestros océanos y nos pueden servir para plantear una estrategia. Si ya recuperamos ciertas poblaciones de tortuga marina, ¿ahora qué vamos a hacer? Pues cuidar sus ecosistemas, porque si no tienen qué comer, ¿cómo las vamos a salvar? ¿De qué está sirviendo todo esto que estamos haciendo si su ecosistema se está muriendo también y no tienen de qué alimentarse?”, expresa Escobedo.
Desafortunadamente, el equipo no cuenta con recursos para hacer marcaje de especies y darle seguimiento a las tortugas que liberan, es decir, una vez que las liberan, no pueden saber cómo les va. Un rastreador cuesta hasta 30 000 pesos, los cuales el equipo prefiere destinar a medicamentos y alimentos.
Solamente les hacen foto de identificación y las sueltan, con la esperanza de verlas en el futuro. Por ejemplo, el año pasado les notificaron que a Chelem llegó a anidar una tortuga carey sin una aleta. “A lo mejor fue una de nuestras tortuguitas. Tenemos la esperanza”, sonríe Escobedo.

Ninguna acción es pequeña
Para las y los especialistas del Centro no hay acciones pequeñas cuando se trata de la conservación de la tortuga marina. Lo importante es actuar, pues son animales en riesgo o, en el caso de la carey, en peligro de extinción, y su pérdida podría repercutir en un grave impacto para el medioambiente.
“Un organismo menos es un organismo que ya no va a dejar su descendencia y eso de una y otra manera impacta en la población de tortugas. Si bien se han estado recuperando, todavía no hay que bajar la guardia”, explicó León.
De acuerdo con el coordinador del Campamento, las tortugas al alimentarse de medusas controlan las poblaciones de dichos animales. Si no existieran, las poblaciones de medusas aumentarían y derivaría en un desequilibrio ecológico. Esto es particularmente importante en un puerto como Progreso, cuya población vive en gran medida de la pesca.
“Por eso cuando llegan lastimadas hay que atenderlas dentro de lo que se pueda y tratar de recuperarlas, como cualquier otro animal que está lastimado”, puntualizó.
La carey, por ejemplo, se alimenta específicamente de esponjas que se encuentran en los arrecifes, por lo que estas tardan hasta cuarenta años en crecer. Si no se cuida a esta especie, habrá un problema de proliferación de esponjas, las cuales podrían matar los arrecifes, lo que ocasionaría la muerte de la biodiversidad en ese ecosistema.
“No solo es el típico calentamiento global acelerado. Hay muchos factores, eslabones importantes que hay que cuidar, como la biodiversidad de los arrecifes. Todo viene en equilibrio. Si no hay un regulador de la esponja, el arrecife se muere y si eso pasa, adiós peces, adiós barreras. Por eso es bonito recordar por qué son importantes las tortugas”, detalla Escobedo.
Durante 2025, se detectaron 597 nidos in situ en las costas de Yucatán, 88 de los cuales fueron perturbados. En total, fueron liberadas 49 000 208 crías, es decir, el porcentaje de eclosión fue de 74.37 %, de acuerdo con datos de la SDS obtenidos por Ceiba. Si bien las cifras no son malas, todavía se pueden hacer varias acciones para mejorarlas.
¿Qué recomiendan los y las especialistas? Si se avista a un quelonio en la costa, simplemente dejarlo en paz, mientras menos se metan las manos, mejor.
Las tortugas marinas no regresan a tierra una vez que eclosionan, a menos que sean hembras; en ese caso, solo lo hacen para desovar. Si una persona encuentra a una tortuga hembra, debe dejarla para que siga su proceso de anidación tranquila, sin molestarla, sin tocarla, sin ponerle luces blancas (no tomarle fotos con flash). Debe reportar al 911 o a la Línea Tortuguín para que personal capacitado verifique si está en una zona de riesgo o no.
Si lo que se avista en la playa es una tortuga juvenil o macho o si es una hembra que se encuentra varada al mediodía, debe ser reportada para que personal capacitado y certificado la traslade para su revisión, afirma Escobedo citando a la Norma Oficial Mexicana (NOM) 162 de la Semarnat que prohíbe que cualquier persona manipule a las tortugas.
La manera en que la población puede apoyar es asegurándose de que la tortuga esté tranquila durante el proceso de desove o vigilar que la eclosión desde los nidos sea exitosa, procurando que no haya animales cerca que puedan depredarlas o impidiendo otras posibles afectaciones, como el paso de vehículos en la playa, indica León.
Al final cada acción cuenta para la conservación de las tortugas marinas, un trabajo que para todo el equipo del Campamento del CETMAR 17 y del CRITM es muy gratificante. Por eso, pese a los obstáculos actuales, tienen el sueño de que un día cuenten con un centro adecuado para atender a las pacientes marinas.

“Para nosotras este trabajo a veces es muy agotador, pero sobre todo es satisfactorio, y nos pone felices el resultado”, dice Kantún, tras contar que Chela, minutos antes de ser liberada, se asomó en su tina, sacó su aleta y la movió. Parecía una despedida. Lo hizo tanto tiempo que hasta le tomaron una foto.
“Son imágenes que se nos quedan en la mente. Pensamos que no pueden hablar, pero qué tanto nos pueden aportar a nosotros, como personas”, concluye.





