El ecofeminismo y el ciberfeminismo, corrientes de vanguardia por el sentido de vida

por | Mar 8, 2026

¿Existe un movimiento feminista venezolano o son mujeres en movimiento y luchas? ¿Cómo es posible organizarse y construir una agenda común que atienda las necesidades de las mujeres cuando se impone un bloqueo económico a toda la población y la prioridad es solventar la vida cotidiana? ¿Cómo el ecofeminismo y el ciberfeminismo venezolanos generan conocimiento que tenga real incidencia en la vida de las mujeres que se encuentran en los territorios? Sobre esto conversamos con Diana Ovalles, activista ecofeminista y ciberfeminista, coordinadora de apoyo docente del Centro de Estudios de la Mujer de la Universidad Central de Venezuela y profesora de ciberfeminismo.

Fotografías: Ariadna A. Mogollón, Erika Lozano y Ministerio del Poder Popular para la Ciencia y la Tecnología

¿Cuál es el panorama actual del movimiento feminista venezolano?

Mi opinión parte de la idea de varias maestras nuestras que han dicho y escrito sobre el tema del movimiento de mujeres en Venezuela. Consideran que no hay un movimiento feminista en el país, sino mujeres en movimiento. Creo que, para hablar del panorama actual, debemos partir de ahí.

Hay una percepción de un feminismo muy fragmentado o por lo menos con muchas tensiones. Esto se hace muy evidente en la existencia de la corriente de los feminismos populares y la de un feminismo académico que tiene una visión más conservadora y ha marcado la imagen de los feminismos en Venezuela.

Yo estoy en la academia y no creo que estas corrientes sean campos que se excluyan. Sí, hay tensiones y debe haberlas, y me parece bien que las haya; las feministas hemos tenido que lidiar históricamente con esas tensiones y esas contradicciones. Pero, los avances y las conquistas, lo que se ha conseguido ha sido sobre la base de articulación, de unidad entre las distintas miradas, corrientes y posiciones político-partidistas.

Venezuela es un país presidencialista y centralista, hay una visión del poder y del ejercicio del poder político que pasa por la estructura partidista y el feminismo es, fundamentalmente, un proyecto político igualitario. Menciono esto porque históricamente los partidos políticos han tenido sectores de mujeres, siendo estos una corriente también dentro del movimiento de mujeres. Entonces, por todo esto es que se habla de que no hay feminismo en Venezuela, sino un movimiento de mujeres o luchas de mujeres, por las conquistas de derechos.

Personalmente, estas tensiones y contradicciones no han anulado mi activismo dentro de los ecofeminismos, dentro de los ciberfeminismos, dentro de los movimientos sociales y políticos. No puedo renunciar a esa visión del mundo de la igualdad y de la necesidad de reivindicaciones.

Merli Colmenares, coordina la planta procesadora de carne de la comuna El Panal 2021, Caracas noviembre de 2025. Fotografía: Erika Lozano

¿Cómo son las relaciones entre estas mujeres en movimiento, específicamente entre quienes están en la corriente del feminismo popular y de la academia?, ¿cómo se construyen agendas colectivas?, ¿cómo se dirimen o se trabajan las tensiones políticas?

Hay puntos de encuentro. El feminismo académico ha sido fundamental en el reconocimiento de la agenda del feminismo popular. Es importante identificar y jerarquizar en la realidad pública temas de salud sexual y reproductiva, el económico, el del trabajo, que son los grandes temas de las plataformas jurídicas que estructuran la dinámica social. En esto el papel de las luchas de las mujeres ha sido esencial. Las mujeres están presentes en los sindicatos, en la educación y la academia nunca ha estado de espaldas a eso. Entonces, por supuesto que sí, se tienden puentes.

Lo primordial, y siempre se lo digo a las compañeras, es que no hay una jerarquía entre los feminismos populares y lo que están leyendo las académicas. Es fundamental el trabajo, por ejemplo, de formación, de investigación, de sistematización y eso no es más importante que la lucha que tiene la compañera desde el sindicato, desde el magisterio, desde el hospital, desde la maternidad o desde el feminismo institucional.

La agenda electoral es una estructura político-partidista que ha marcado la agenda de la lucha por los derechos políticos. Ahí hemos tenido que sentarnos a escuchar, negociar, empujar y luchar para que no desaparezca la agenda feminista, para que no se diluya. Es complejo, porque los temas de derechos que atañen a las mujeres, como las pensiones, las ancianas y sus cuidados, las trabajadoras, las docentes, muchas veces no caben en esta agenda electoral y esto es una tensión constante.

A esta tensión hay que añadirle la polarización, incluso dentro del movimiento feminista. Esto nos ha segmentado entre las progobierno y las antigobierno en las últimas dos décadas. Yo creo que estas categorías son reduccionistas de lo que es el movimiento feminista, lo que han hecho es fragmentarnos. Pero hay un punto que considero muy difícil y que caracteriza mejor el momento actual: la diferencia entre quienes están financiadas y las que no lo están.

Para caracterizarlo y explicarme: Si usted militaba en un partido, el partido le servía como una plataforma que le apoyaba, le avalaba, le daba la logística, le daba alcance, le daba la base; era una organización, una estructura que le permitía a usted hacer una carrera. Esto tanto en los partidos de la Cuarta República como en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Este, particularmente, tiene su agenda en donde se supone que están las históricamente excluidas, en donde hay diálogo, participación, se fomenta el desarrollo endógeno, la crítica, la formación, la democracia participativa y protagónica. Pero eso va deteriorándose por las condiciones materiales que han sido alteradas por lo que ya conocemos: el bloqueo o las medidas coercitivas unilaterales. Entonces se van perdiendo algunos proyectos y viene la oenegización del movimiento feminista.

En medio de la precariedad en la que entramos, no todas tienen las capacidades para enfrentar toda la burocracia que implica el desarrollo de sus proyectos con organizaciones multilaterales. Esa es la marca que va a excluir ciertas luchas, ciertas voces, ciertos sectores. Las que más o menos están financiadas o las que pudieron autogestionarse son quienes subsistieron a la crisis ocasionada por el bloqueo. Pero, lo que sí es cierto es que los movimientos populares siempre han sido autogestionados, su militancia, más allá de los partidos, siempre ha sido autogestionada, pero esto es una minoría.

Entonces, a partir de la entrada de las ONG, el movimiento feminista venezolano se diluye o se fragmenta.

Se diluye a partir del financiamiento y también de algunas prácticas. Hay procesos que se empiezan a formatear, a estandarizar; es decir, como debes tener un cumplimiento preestablecido, los proyectos se estandarizan para poder acceder a los ciclos de financiamiento. Entonces, todo se vuelve plano, se pierden los relieves, los discursos, porque hay una sistematización sobre la base de unos criterios y de unos parámetros y de una visión que es externa. Se crean tensiones, contradicciones y también vacíos.

Acá está el problema: ¿cómo armas una agenda?, ¿cómo se dialoga, sobre qué agenda, sobre qué tema? Se propende a la fragmentación, a las islas, a la atomización de las luchas, de los panoramas. Esto, como decía, tiene su raíz en la situación económica: la precariedad aflige, desmoviliza sobre todo a la parte del movimiento de los feminismos populares. Cuando tienes que sobrevivir, ¿en qué momento se milita o en qué momento una organiza, en qué momento se piensa, en qué momento se dialoga?

Hay una gran necesidad de articulación, de escucha, de diálogo, de acción, de tomar medidas, pero esto no logra cuajar porque hay unas condiciones materiales, políticas, socioeconómicas concretas de la realidad que te dividen, te apartan y te aíslan. Además, en este momento, hay una profundización dramática de las condiciones de bloqueo después del bombardeo del 3 de enero de 2026, porque no solamente queda el trauma, también queda el miedo.

La pandemia también fragmentó, se hicieron cosas online, hubo una reacción, una respuesta, pero ¿cuántas sobrevivieron o cuántas sobreviven a eso? El COVID-19 significó una tremenda crisis para las mujeres, que desde el feminismo académico hemos y estamos estudiando, porque esa crisis aún no ha pasado. Lo más evidente de la crisis de la pandemia es la recarga de trabajo, porque las mujeres nos convertimos en la maestra, la enfermera, la cocinera en el frente doméstico y también estaba el teletrabajo. Además, se incrementaron los índices de violencia intrafamiliar dramáticamente, estabas con tu agresor en la casa sin poder salir.

Para las mujeres eso fue un retroceso. Históricamente, el proyecto feminista ha cuestionado ese frente doméstico y lucha por la desnaturalización del perfil que Amelia Valcárcel llama la Ley del Agrado. No está escrita en ninguna parte, pero está socializada y dice que hay un espacio natural para las mujeres, el espacio privado. La pandemia resultó una vuelta a esa cárcel del ámbito privado, al trabajo doméstico que es trabajo no remunerado e invisible y que es el trabajo más despreciado.

En estos momentos, indicadores macroeconómicos señalan que hay cierta recuperación; pero para las mujeres hay otros indicadores. Desde el punto de vista económico, hablamos de indicadores de la economía de la dedicación, del uso del tiempo, son unos indicadores claros donde se ve la carga del trabajo no remunerado, que es la administración del frente doméstico. Las mujeres han respondido y han asumido el compromiso de todos esos desafíos antes, durante y después de la pandemia, y antes, durante y después de todas las crisis políticas.

Políticamente, se suponía que había unos avances en el marco jurídico donde está reconocido ese trabajo, pero hay una cantidad de aspectos en esas leyes que con la pandemia quedaron desfazadas, se requiere de una actualización. Hay que empujar a la socialización del frente doméstico y la distribución de responsabilidades de los cuidados.

Pensando hacia el futuro, ¿cómo crees que puedan empezar otra vez a articularse esas mujeres en movimiento hacia un movimiento feminista y sexogenero diverso?

La agenda feminista tiene que discutirse, pero en Venezuela los grupos heterodisidentes están muy aislados, están todavía en un proceso, con poca madurez política. Claro, hay antecedentes y hay luchas importantes, pero hay muy pocos espacios de articulación colectiva, excepto la marcha que es más o menos un espectáculo, una puesta en escena que nació por parte de los grupos que acompañaban al Gobierno bolivariano, de los grupos contestatarios de izquierda. Creo que la agenda de estos grupos y la agenda feminista son muy distintas.

¿Por qué lo digo? Porque difícilmente para unas mujeres trabajadoras, con una economía que las mantiene en la precariedad, sea prioritario el reconocimiento de derechos políticos o ampliación de ciudadanía, como es el caso del reconocimiento de uniones del mismo sexo, por ejemplo. ¿Qué puede ser prioritario para la agenda feminista? Fundamentalmente los temas de salud sexual y reproductiva, los temas de empleo productivo, de la informalización del trabajo.

Ahora, yo creo que esta coyuntura, esto que ha sido un parteaguas (me refiero al bombardeo del 3 de enero) le da un giro importante a las luchas de resistencia. Creo que paradójicamente debería empujarnos a la articulación, será la única manera de sobrevivir.

Con esta perspectiva de la necesidad de articulación como única forma de sobrevivencia, ¿cómo se inscriben el ecofeminismo y el ciberfeminismo? ¿Qué pasa con esas áreas de estudio y militancia?

El ciberfeminismo y los ecofeminismos, que en algún punto se hablan, dialogan, tienen que mirar las realidades concretas, a las mujeres productoras, a las que están en las regiones, las que están en el ámbito rural, eso es una prioridad. Hay que ir a la realidad, no a hacer discursos; puedes hacer diagnóstico, sí, el diagnóstico es necesario, porque las realidades y los contextos cambian, hay unas especificidades en cada contexto, entonces haces diagnóstico y analizas, pero analizas para actuar.

Iris Rodríguez, productora de la textilera Cacica Urquía del núcleo de Otro Beta, Petare noviembre de 2025. Fotografía: Erika Lozano

Una de las críticas del feminismo popular y del feminismo que está mirando críticamente al feminismo académico es que dice: «Coño, pero es que ustedes tienen que salir, parar de hablar y de analizar”. El ecofeminismo desde la academia no se queda en el análisis, ha brindado propuestas y análisis concretos a nuestras realidades.

Otra cosa es que, cuando hablamos de ecofeminismos, también se está hablando de las luchas pacifistas y acá se entra en un diálogo con las que reciben influencias desde la India, de Vandana Shiva, de las asiáticas, de las estadounidenses, de las europeas y, por supuesto, de las que están en la región, es decir, de las colombianas, las chilenas, las uruguayas, las argentinas, las brasileñas. Todo esto produce pensamiento que se inscribe en lo que se llama los feminismos poscoloniales.

Los ecofeminismos, sobre todo aquí en Venezuela, interpelando a la realidad se inscriben sobre todo en esas corrientes territoriales, del territorio y del cuerpo, el eje de lo que se llama el cuerpo-territorio, entendiendo el cuerpo como la primera frontera de lucha y cuidado. El ecofeminismo en el que yo milito mira y está inscrito en el estudio de la resistencia de este territorio, está incardinado, es decir, está en unas coordenadas específicas.

¿Cómo se ve todo esto en la realidad? Por ejemplo, si estás en medio de la dinámica del CLAP [Comité Local de Abastecimiento y Producción], vas a discutir para saber qué estamos comiendo, de dónde viene la comida y la importancia de la soberanía alimentaria. La militancia atraviesa todo, ve críticamente la realidad, observa cosas y no las pasa por alto. Así produce conocimiento con una respuesta auténtica.

El trabajo no es ir al territorio a hacer un discurso sobre el ecofeminismo y sus antecedentes, para nada. El trabajo consiste en estar en el territorio con las mujeres, batallando con la construcción de una pedagogía que lleve a comprender que el planeta es un sistema, que si hay y quema no vamos a poder producir, y en ese territorio, están las mujeres reforestando, obteniendo resultados concretos, generando conocimiento sin asistencia técnica.

Hay que estudiar el tema del cambio climático, que es una cosa, y otra es el cambio climático catastrófico, como dice Jorge Riechmann. El cambio climático responde a la naturaleza del planeta, que es un ser vivo; el cambio es inherente a la vida, es decir, es una condición natural del planeta. Ahora, el cambio climático catastrófico es la consecuencia de nuestra intervención irracional que empuja los límites biogeofísicos de la Tierra y la altera de manera perversa. Eso es con lo que las mujeres están lidiando en los territorios.

Está el proyecto de la Universidad Nacional de las Comunas, la cual tiene como meta o como principio ir al territorio y producir conocimiento desde el territorio. Esto es la toparquía, un principio de la educación robinsoniana [concebida por Simón Rodríguez, maestro de Simón Bolívar]. No se trata de hacer discursos sobre la toparquía, la idea es que vayamos al territorio y trabajemos concretamente sobre las condiciones materiales de esas comunidades que en su mayoría están lideradas por mujeres. ¿Quiénes son las que tienen en la mano la reproducción, el trabajo reproductivo, la reproducción de la vida? Las mujeres.

Si no se estudian los patrones climáticos, si no se monitorea, si no se hace seguimiento, si no hay la asistencia técnica que se requiere, ¿qué pasa con la labor de esas mujeres? Ellas están en la última parte de la cadena, son las últimas en ver la política pública que prioriza a los grandes, a la agroindustria. Si bien esta es necesaria, también lo es el trabajo de esas pequeñas productoras, es lo que más o menos mantiene el equilibrio en el planeta. Eso hay que visibilizarlo, hay que registrarlo.

Luego ¿qué hace el ciberfeminismo? Divulga la producción de conocimiento en las redes, las cuales constituyen también un espacio de lucha contra la cibermisoginia. Todo esto es producción de conocimiento desde la academia y es ahí cuando la academia es útil, cuando produce conocimiento sobre su contexto, sobre su realidad.

El ciberfeminismo y el ecofeminismo son herramientas que nos permiten socializar. Hay que verle el rostro a la gente, difundir la acción de esa mujer que está en el territorio para que se genere un diálogo, se sociabilice el conocimiento. Yo no estoy en contra de los análisis, pero tienen que producirse para algo. ¿Para qué haces diagnóstico? ¿Para qué analizas? ¿Para qué estudias? Para socializar y para tener incidencia en las agendas.

El Ministerio del Poder Popular para la Ciencia y la Tecnología impulsa planes y planes específicos para mujeres y ciencia. Fotografía: MYNCIT

Actualmente, en Venezuela ¿se está generando ese intercambio entre el ecofeminismo, el ciberfeminismo y la producción de conocimiento desde el territorio?

Sí, claro, sin tantos recursos, sin tanta asistencia, pero eso le da un ritmo. Está el caso de las investigadoras, de las compañeras que están dentro del sistema de proyectos de investigación de un plan del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Sus proyectos están registrados y reciben apoyos. Estos proyectos parten del conocimiento situado y la metodología situada feminista, es decir, están respondiendo a esas condiciones, tienen pertinencia.

Cuando la ministra habla en sus discursos, plantea que vamos por ahí. Pero, hay una brecha tecnológica de unos cincuenta o cien años, que es evidente y que se patentó, se materializó en el bombardeo del 3 de enero de 2026. La tecnología que se accionó ese día es lo que Vandana Shiva llama “la mala ciencia”.

¿Qué es la mala ciencia? Por ejemplo, lo que ocurre con la inteligencia artificial. La inteligencia artificial es una tecnología o una metatecnolgía hecha para el exterminio que se desvía a fines comerciales, no al revés, no se hizo con fines comerciales y se desvió a la guerra. Los carros no se hicieron y se diseñaron en principio para matar, se hicieron para movilizarse, la inteligencia artificial sí. Esto quedó claro con el genocidio en Gaza y con el bombardeo aquí en Venezuela: la inteligencia artificial está hecha para la guerra, para el exterminio.

Pensemos en el paquetazo tecnológico de Monsanto, de Pioneer, de Bayer o como quiera que se llamen: todas estas grandes empresas tecnológicas nacieron en el contexto de la guerra. Monsanto fue la que produjo el agente naranja; luego ¿qué hace en tiempos de paz?, instala un laboratorio que produce paquetes tecnológicos: los transgénicos. Eso es la mala ciencia, la ciencia perversa que no está hecha para la vida, sino para algo que es la anti-vida, como la anti-semilla, los transgénicos que no se reproducen, que renuncian al mismo principio de la vida y de la reproducción de la vida, del ciclo de la vida.

Es una apuesta del ciberfeminismo y el ecofeminismo el sentido de vida. Se revisa críticamente la ciencia, el núcleo duro de esa mala ciencia, no solamente las consecuencias y las formas, sino también los métodos, los supuestos objetivos neutrales. El truco de dios es imposible, no existe la neutralidad porque ¿quién existe que esté en todas partes y vea todo al mismo tiempo? No existe eso, no existe el truco de Dios.

Se cuestiona la base de la lógica de esa ciencia patriarcal que ha producido conocimiento y dispositivos dentro de la lógica bélica, como el caso de la inteligencia artificial. ¿Qué hacemos entonces? Se propone un uso ético. Es otra ciencia la que se propone, una ciencia situada, una ciencia que tenga la intención de respetar la vida, es otra práctica, es otra ética.

Yo creo en la modelación, yo creo en el principio ético de los feminismos, yo sí creo que es un freno que inhibe el mal. Yo sí creo que el comportamiento coherente que proponen los feminismos no solo transforma la realidad, sino que inhiben el mal. ¿Por qué digo esto?, porque el feminismo es un proyecto igualitario, busca la igualdad. Es decir, es incluyente, es respetuoso, valora la vida y los ciclos de la vida.

Una declaración de principio de los ecofeminismos y de los ciberfeminismos es que están contra, se posicionan contra toda lógica del capital neoliberal y de la guerra. Yo creo que el ecofeminismo y el ciberfeminismo son una corriente ético-política de vanguardia, es una vanguardia que busca el diálogo.

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