por Heriberto Paredes y Alice Nin
Tras una primera vuelta electoral, Brasil está en vilo ante la posible victoria de la extrema derecha encarnada en Flávio Bolsonaro. Sin embargo, tras un debate televisado, está claro que la candidatura de Lula da Silva aún está fuerte. En este reportaje nos preguntamos quién gana y quién pierde en estas elecciones, de dónde viene esta reconfiguración política y qué papel juegan las redes sociales y el evangelismo pentecostal, así como el papel de la defensa del territorio.
Fotografías: Heriberto Paredes y Alice Nin
Río de Janeiro, Brasil. – Las calles lucen tapizadas de volantes que nadie leerá, las pantallas de las televisiones en los restaurantes y bares transmiten los programas especiales por la coyuntura, hay gente en la calle, algunos enarbolando banderas rojas con la imagen de Lula, otros son discretos y ocultan sus preferencias políticas de derecha. Estamos en Río de Janeiro, la que fuera capital del imperio portugués y más adelante capital de la naciente república brasileña. Hoy, una ciudad mayoritariamente bolsonarista y conservadora que no puede ocultar las desigualdades sociales entre una favela y otra, todas ellas las más grandes del continente.
Tras la primera vuelta de las elecciones en Brasil se respiraba una tensa calma, tan solo rota por las monótonas actividades del inicio de semana. En ese momento, quienes apoyan a Lula da Silva, el candidato identificado a la izquierda, no expresaban mucho su desconcierto al darse cuenta de que su candidato, pese a estar en la segunda vuelta, no estaba a la cabeza. Y quienes apoyan a Flavio Bolsonaro, la figura clave de la ultraderecha, fueron muy cautos en cantar victoria.
La antropóloga brasileña, Oiara Bonilla, nos confió en una cena, que ella estaba acostumbrada a que los asuntos de política se discutieran en público, en las tiendas, en los botecos, en el transporte, con los vecinos, pero que durante esta campaña electoral esto se había perdido y había un pesado silencio. Tal parece que, tras este primer encontronazo en las urnas, el silencio se había convertido en tensión y poco a poco se iban soltando algunas frases en voz alta, algunas ideas para entender lo ocurrido.
Para el PT y sus alianzas, el bando de Lula, el temor más grande es el ascenso al poder –de nuevo y esta vez incluyendo más control del poder legislativo y el judicial– de la ultraderecha bolsonarista; y para la familia Bolsonaro, lo peor es que Lula consiga su cuarto período de gobierno. Entre estos dos extremos hay muchos matices y elementos que nos gustaría resaltar y que nos parecen importantes para comprender que –siguiendo nuestras investigaciones e hipótesis–, si bien la eventual derrota electoral de Lula constituye un golpe innegable para la izquierda, no puede entenderse como una derrota total ni como simple resultado coyuntural, pues se inscribe en un proceso histórico más amplio y de más larga duración.
De igual forma, la eventual victoria del bolsonarismo no equivale al triunfo de la extrema derecha en su totalidad, sino que expresa una configuración particular dentro de ese mismo proceso. Puede que parezca obvio sin embargo, en medio de los ánimos exaltados de una disputa electoral tan intensa, muchas veces se nos olvida.
Internacionalmente se ha insistido mucho sobre el impacto que tendría una derrota de Lula, especialmente si se toma en cuenta los recientes ascensos y victorias electorales que han tenido los candidatos de la derecha y extrema derecha en Honduras, Perú, Chile, Colombia que, sumados a Argentina, El Salvador, Ecuador, Bolivia y Estados Unidos, reconfiguraron el mapa político del continente. Siendo una ola devastadora, estos gobiernos completarían el rompecabezas con la presidencia de Flavio Bolsonaro.
El ejercicio que realizamos y que da como resultado este reportaje no pretende ser totalizador, sino una mirada pausada acerca de ciertos temas que nos parecen relevantes y que, dada su complejidad, requieren muchas conversaciones y análisis, muchas escuchas y mucha participación al interior de los procesos sociales. Queremos agradecer a Juliana Alves Marques (DARA/IESP-UERJ) y a Leonardo Magalhães (IPSE GLOBAL) por su apoyo en la realización de este reportaje.

Qué cuentan los números de las elecciones
En la primera vuelta de las elecciones de 2026, el partido que obtuvo más escaños fue el PL (Partido Liberal), el cual, desde 2021, con la afiliación de Jair Bolsonaro, se ha adherido ampliamente al bolsonarismo y se ha convertido en el principal frente de oposición al PT (Partido de los Trabajadores) en el Congreso. Como se puede ver en el análisis de IPSE GLOBAL, el partido obtuvo 121 escaños en la Cámara de Diputados y 28 en el Senado, mientras que el PT obtuvo 70 en la Cámara y 9 en el Senado. De los gobernadores electos, la mayoría (11) declaró su apoyo a Flávio Bolsonaro, mientras que solo 5 declararon su apoyo a Lula.
Al comparar las cifras de 2026 con las de 2022, el PL obtuvo la bancada más numerosa en la Cámara de Diputados, con 23 diputados más, mientras que la principal coalición vinculada a la izquierda (PT-PCdoB-PV) obtuvo la segunda bancada más numerosa, con 88 diputados (solo seis más que en 2022). En el Senado, 54 de los 81 escaños de la cámara estaban en disputa en estas elecciones, y el PL pasó de 15 a 28 senadores, configurando también la bancada más numerosa. En el Senado, el PT se mantuvo con 9 escaños.
El resultado en el Congreso indica un cambio significativo para 2027, siendo la centro-derecha y la derecha los sectores que más escaños perdieron para la extrema derecha, representada por el PL. Esta reconfiguración también está relacionada con los movimientos que se produjeron antes de la primera vuelta de las elecciones, ya que durante el período de cambio de partido —momento en el que los diputados pueden cambiar de partido sin perder su mandato—, el PL pasó de 87 a 98 diputados, lo que indica un movimiento del centro hacia el partido de extrema derecha.
Orlando Calheiros, antropólogo y escritor con quien conversamos para Ceiba, periodismo con memoria, lanza una pregunta en esta misma dirección: “¿Quién sufrió la derrota del antipetismo? No fue el PT, fue el PSDB [Partido de la Social Democracia Brasileña] quien asumió esto. No hay espacio en el centro de la derecha. La centro-derecha fue fagocitada por la extrema derecha”.
Es decir, todo indica que los candidatos vinculados al Centrão –como también se le conoce a este espectro de la política– que se pasaron al partido de extrema derecha lo hicieron con el objetivo de mantenerse en el poder, más que por una alineación ideológica, y que la composición del PL está marcada por este fortalecimiento de carácter pragmático. Es en este contexto, por lo tanto, que la centro-derecha fue quien más terreno perdió frente a la extrema derecha.
Otro punto importante se refiere a la participación femenina en estas elecciones, que alcanzó su nivel más alto desde 1994. En la Cámara de Diputados, la candidatura de mujeres pasó del 35 % al 37 % entre 2022 y 2026. Aun así, las campañas de los hombres recibieron, en promedio, 1,2 veces más dinero que las de las mujeres, y las candidatas negras recibieron, en promedio, un 24,4 % menos que las candidatas blancas. En el Senado, 69 mujeres se postularon para algún escaño, la cifra más alta desde 2018, lo que representa el 22 % del total de candidaturas. El electorado femenino también creció, alcanzando los 83,8 millones en 2026.

Tenemos más mujeres, pero ¿qué tipo de mujeres? Según el DARA (Datos y Análisis sobre el Racismo y el Antirracismo), un centro de investigación vinculado al IESP-UERJ (Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad Estatal de Río de Janeiro), de los escaños adicionales que obtuvieron las mujeres en la Cámara de Diputados, por ejemplo, 15 de 18 fueron para mujeres blancas. Además, las candidaturas más votadas del Congreso en general resaltan el poderío de las parlamentarias conservadoras y de extrema derecha. En el Senado, por ejemplo, tendremos el primer grupo parlamentario compuesto íntegramente por mujeres, ya que Michele Bolsonaro (PL-Distrito Federal) y Bia Kicis (PL-DF) fueron elegidas, y se unen a Damares Alves (Republicanos-DF), tres mujeres de extrema derecha vinculadas a discursos y agendas antifeministas, al antipetismo y a los valores y la moral cristiana.
Así como DARA destaca que la Cámara de Diputados, “por más que se haya vuelto más femenina, no se ha vuelto más negra”, el Congreso, por más que se haya vuelto más femenino, no defiende necesariamente los derechos de las mujeres. Como escribe Mayra Cotta en el artículo “Más mujeres en el poder, menos poder para las mujeres”, se trata de “un hito de representación femenina que amplía el poder de un proyecto empeñado en restringir la libertad de las mujeres”. El aumento de la participación femenina en el Congreso no significa, por lo tanto, un avance en las agendas feministas, sino todo lo contrario, dos agendas políticas ganan visibilidad en estas elecciones: el antifeminismo convertido en plataforma electoral para la extrema derecha y el ataque al voto femenino por parte de figuras vinculadas al bolsonarismo.
En cuanto a las diputadas federales, el principal aumento en la representación femenina se dio en la derecha, que, según el Instituto Alzira, cuadruplicó el número de sus representantes. En este contexto, es importante mencionar que la izquierda contó con importantes candidatas que resultaron elegidas. En la Cámara de Diputados, Erika Hilton (Partido Socialismo y Libertad, PSOL-São Paulo), una mujer negra y trans, se convirtió en la candidata más votada en la historia de la Cámara Federal, con aproximadamente 1,6 millones de votos, y Ana Elisa (PT-MG), de solo 21 años, fue la mujer negra más joven elegida, y la segunda más votada del estado de Minas Gerais, con 524 216 votos, justo detrás de Nikolas Ferreira (PL-MG), una de las principales figuras del bolsonarismo, quien obtuvo más de 3,11 millones de votos y fue el diputado más votado en la historia del país.
Si observamos la bancada de personas negras, pardas e indígenas (PPI) y comparamos la diferencia entre 2022 y 2026, los datos de la autodeclaración (el derecho y procedimiento por el cual una persona define libremente su propia identidad étnica o color de piel) parecen indicar un estancamiento de la presencia negra en la Cámara. Sin embargo, según el DARA, es importante analizar más a fondo los datos que surgen de la autodeclaración. La representación de las PPI en la Cámara, según la autodeclaración del Tribunal Superior Electoral (TSE), sería del 26,9 %; sin embargo, si partimos de la reclasificación realizada por DARA, el porcentaje se reduce al 10,5 %. En este escenario, la representación de las PPI desciende de 138 a 54 candidatos. Así, el DARA llama la atención sobre el hecho de que “la autodeclaración, por sí sola, sobreestima la presencia negra en la Cámara”.
En síntesis: mientras que la izquierda y la derecha ganaron (o mantuvieron) posiciones en el ámbito legislativo, la social democracia o centro y la centro-derecha perdieron representatividad. Con ello el mapa de gobernanza para los siguientes cuatro años se reconfigura hacia el fortalecimiento de la extrema derecha. La izquierda, por su parte, está navegando el barco bajo la tormenta al mismo tiempo que el Congreso se blanquea cada vez más, y con el aumento en la elección de mujeres de extrema derecha. Este es el panorama con el que gobernará quien resulte electo en la segunda vuelta electoral, el cual, no es nada favorable para garantizar los derechos fundamentales de diversos sectores de la población brasileña.

Por último, es importante precisar que, por más que el Congreso haya cambiado mucho en las últimas elecciones, y hayamos profundizado un poco en lo que indican los datos sobre ese cambio, la forma en que opera el ejercicio del poder político no debería transformarse de manera tan drástica. Es decir, se mantiene una cierta “forma de hacer política del Centrão” vinculada, por ejemplo, a la distribución de enmiendas parlamentarias a los bastiones electorales. Es decir, se pueden destinar recursos sin una consulta previa, lo cual, desde el gobierno de Jair Bolsonaro, se ha convertido en el centro de gravedad de la política del Congreso, con este último ejerciendo cada vez más control sobre el presupuesto, que antes se negociaba en otros términos con el poder ejecutivo.
Además, por más que el PL haya logrado elegir una bancada fuerte, convirtiendo al bolsonarismo en un bloque ineludible de poder de negociación, aún será necesario realizar esfuerzos de coalición, ya que el partido no cuenta con los números suficientes para gobernar por sí solo. En resumen, el Centrão, a pesar de los resultados, no ha perdido su función sistémica en los entresijos de la política pública estatal.
Dios en la política
El panorama actual de la política brasileña deja ver la irrupción de una fuerza religiosa, particularmente el evangelismo pentecostal, que afecta y modifica el rumbo de las políticas públicas, la gobernanza y las elecciones en todos sus niveles, y que podría escalar a niveles de insurgencia como el asalto a las sedes de los tres poderes el 8 de enero de 2023. Es preciso anotar que esta corriente tiene una presencia de poco más de un siglo en el país; sin embargo, resulta novedoso el vigor con el que se ha posicionado en el tablero político en las últimas tres décadas.
El panorama actual de la política brasileña deja ver la irrupción de una fuerza religiosa, particularmente el evangelismo pentecostal, que afecta y modifica el rumbo de las políticas públicas, la gobernanza y las elecciones en todos sus niveles, y que podría escalar a niveles de insurgencia como el asalto a las sedes de los tres poderes el 8 de enero de 2023. Es preciso anotar que esta corriente tiene una presencia de poco más de un siglo en el país; sin embargo, resulta novedoso el vigor con el que se ha posicionado en el tablero político en las últimas tres décadas.
En entrevista para Ceiba, periodismo con memoria, la antropóloga Lívia Reis, coordinadora del Área de Religión y Política en el ISER (Instituto de Estudos da Religião), conseguimos tener un recuento necesario del camino reciente que ha llevado al evangelismo pentecostal a tener un papel decisivo en la política brasileña, que posiblemente vaya aún más lejos de tener de su lado la presidencia.
Desde su paulatina llegada a Brasil, las distintas corrientes evangélicas se anclan en un sector amplio de la sociedad brasileña y, poco a poco, a lo largo de los años y paralelamente al desarrollo de la dictadura (entre la década de los 60 y 80), encuentran tierra firme para crecer. Durante la segunda mitad de la década del 80, Brasil discute una nueva Constitución, y es en este contexto en el que el campo religioso comienza a cobrar notoriedad, particularmente las vertientes evangélicas, que son la segunda fuerza religiosa después del catolicismo. En ese marco, precisa Reis, “los evangelistas entran en la política para denunciar los privilegios que tienen los católicos y para disputar estos mismos privilegios también”.
“Los evangelistas en Brasil –continúa Reis– se constituyeron siguiendo el modelo de pirámide, aunque en la sociedad brasileña la base siempre estuvo compuesta por personas pobres y negras”.

Actualmente, según datos de una reciente investigación de ISER, en Brasil 29 % de la población es evangelista, 50 % es católico y existe un 14 % sin profesar alguna religión, el resto se divide en porcentajes pequeños entre las religiones afrobrasileñas y otras. De entre los evangelistas, un 70 % es pentecostal, es decir, poco más de 43 millones de personas.
A pesar de que su presencia en el terreno político ha ido aumentando desde el fin de la dictadura, no es sino hasta el primer gobierno de Lula da Silva que realmente se plantea una confrontación pentecostal sustentada en valores religiosos y morales que va a ir en aumento a lo largo de todos los gobiernos subsecuentes del PT, tanto de Lula como de Dilma Rousseff. Para Reis, sin embargo, es muy claro que esta confrontación aumenta cuando se empieza a hablar de una agenda de género, de diferencias de género, en las escuelas y en general en las políticas públicas.
Paralelamente podemos ver que entre 2014 y 2016 –años en los que gobierna Dilma bajo un asedio que culminará con su destitución–, el internet y las redes sociales comienzan a tener un papel decisivo en la creación de férreos discursos en cada uno de los ámbitos políticos. Es en este momento en que la utilización de las redes sociales comienza a tener un lugar central en el campo religioso evangélico. “La ocupación de las redes sociales es un trabajo de disputa del imaginario de las personas”, apunta Orlando Calheiros, quien ha reflexionado mucho al respecto del papel que han tenido las redes sociales en las contiendas políticas.
Para los sectores evangélicos, especialmente los pentecostales, la confrontación con el PT comenzó a materializarse, además, “a partir del concepto de ideología de género, concepto apropiado por liderazgos evangélicos para denunciar la defensa de los derechos de las minorías en los gobiernos del PT”, señala Reis.
Si, por un lado, en el bando del PT y los distintos gobiernos que encabezaron existían distintas agendas de inclusión, para el sector religioso evangélico estaba claro que sería a través de la plaza pública en que se convirtieron las redes sociales y el internet la forma para sostener una “batalla divina” con el enemigo. Y esto fue permeando entre millones de personas que siguieron este razonamiento conservador.
Para Livia Reis está claro: “La gente va escalando y radicalizando el discurso que divide Brasil en dos polos; sin embargo, uno de ellos es aún más radical y cuenta con la adición de los sectores religiosos dominantes en Brasil. Con toda esta influencia están las personas que con estos mensajes conservadores denuncian, crean enemistades, demonizan, crean enemigos que se materializan en la izquierda, en las feministas que defienden el aborto, en la agenda trans que ha sido visibilizada en los últimos años”. Sin embargo, “esta actitud la tienen no solo los evangelistas sino también sectores católicos”, precisa.
Existen dos fenómenos que hay que considerar para comprender el papel de las religiones en la sociedad brasileña y su creciente fortaleza, al menos en lo que al evangelismo pentecostal se refiere. El primero, es que la religión tiene que pensarse como cultura y no solo partir de su dimensión institucional, algo que es parte de la vida cotidiana de las personas, con toda la diversidad que conlleva. Livia pone el acento en esto: “La iglesia que tú frecuentas puede ser una, y lo que tú crees puede ser otra cosa diferente. Todo eso se mezcla cuando la gente habla de este país. Puedes ser afroreligioso, frecuentar una iglesia católica y escuchar música góspel evangélica porque te gusta. Y todo bien, es muy común. La religión atraviesa la vida de las personas”.

De ahí que la religión tenga tanta fuerza en sus distintas expresiones y que surjan liderazgos en los barrios y comunidades, que se sustentan en lo religioso para fortalecerse. También surge el segundo fenómeno que, en los últimos años, al menos desde 2022, ha tenido un papel cada vez más central y podría determinar, incluso, el resultado de esta elección de 2026: el creciente empoderamiento de las mujeres evangélicas pentecostales y su desempeño en la política nacional.
Siguiendo la investigación de reciente publicación, Mulheres e extrema direita no Brasil, de las investigadoras sociales Christina Vital da Cunha y Jacqueline Moraes Teixeira, se tiene que uno de los referentes y principales motores del protagonismo de las mujeres evangélicas en el foco de la política es, precisamente, la exprimera dama Michelle Bolsonaro. Durante varios años consolidó al interior del PL una corriente (PL-Mujeres) para mujeres que colocaron al frente su papel de “esposas responsables” como sustento de su convicción de liderazgo político.
No se trata de algo nuevo, sino de lo que acontece al interior de las iglesias pentecostales principalmente, en donde se ha empezado a reconocer el papel de las mujeres en el sostenimiento religioso.
“Por un lado hay iglesias –explica Reis– donde las mujeres (siempre las mayores cuidadoras) son las que más practican y sostienen la vida comunitaria, esto ocurre desde siempre en Brasil. Fue dentro del campo evangélico que ellas tienen un reconocimiento jerárquico por su papel. No hay en la Iglesia católica un equivalente a estos reconocimientos que permiten que haya pastoras, por ejemplo”.
Este reconocimiento, retomado como política partidista por Michelle Bolsonaro, se ha convertido en la piedra de toque para impulsar una corriente de mujeres pentecostales en la política brasileña, quienes rechazan el feminismo y oponen la feminidad como verdadero valor de la mujer que necesita el país para avanzar. “Es necesario la defensa de una política hecha por mujeres pero no feminista; un apolítica que sea colaborativa, anclada en la feminidad como virtud y no como ruptura”, señalan Vital da Cunha y Moraes.
La pareja de Jair Bolsonaro, Michelle, elevó la voz para colocar al centro la familia tradicional y las tareas que tiene una esposa en el modelo conservador, sin que esto sea un impedimento para hacer política y empoderar a otras mujeres a través del entramado de las iglesias pentecostales.
La “guerra espiritual” que libra el evangelismo pentecostal y el catolicismo conservador cuenta con la difusión y promoción de valores conservadores, con una reinterpretación de los derechos humanos y con una postura abiertamente antifeminista. Al mismo tiempo, van captando la atención, ya no solo de los habitantes de la periferia, sino de otros sectores empresariales con una amplia capacidad económica, como el sector del agronegocio.
A lo largo de más de 30 años, esta guerra ha encontrado a la izquierda (con toda la diversidad que existe) como sus enemigos naturales. No se detendrán hasta deshabilitarla políticamente para imponer su forma de entender el mundo, por lo que está claro que la ultraderecha brasileña tiene una vitalidad que aumenta constantemente. “Todas las religiones apelan al sentido de comunidad, lo que es particular del campo evangélico pentecostal es su adaptación al contexto económico y político brasileño postindustrialización, a partir de las periferias, sobre todo. El pentecostalismo se alinea a una forma neoliberal de entender el mundo”, finaliza Livia Reis en este breve recorrido.

El papel de las redes sociales
Orlando Calheiros ha despertado polémica en sus transmisiones en vivo en Youtube y en las redes sociales por comentar abiertamente lo que tal vez no guste mucho. Recientemente, hizo hincapié en la militancia de izquierda y la relación que existe con las redes sociales, cómo las ha manejado la derecha y la izquierda. Sobre este tema y otros más conversamos desde Ceiba, periodismo con memoria.
“Sin redes sociales no se puede construir conciencia de clase hoy. El internet crea una subjetividad conservadora, ensimismada, individualista que es un terreno fértil para que ellos [la derecha] se consoliden”, arremete el antropólogo carioca al iniciar su análisis de la importancia de lo que él mismo llama la ocupación de las redes sociales por parte de la extrema derecha, a diferencia de lo que ha ocurrido en este terreno digital desde el espectro de la izquierda.
No se trata de un problema menor, sino de la construcción de referentes y horizontes que desencadenen en resultados concretos, por ejemplo, en votos que definan elecciones, como esta que tiene en vilo a Brasil y al continente entero. “Los políticos de ultraderecha –señala incisivo– no son grandes por cuenta de su trabajo, esa fama es posible porque están jugando a la producción de subjetividad. La subjetividad del público está siendo hecha por estos valores consumistas, por valores ultraderechistas”.
Entender que el internet tiene este potencial es entender cómo usarlo a su favor en un momento en donde es a través de las redes sociales que se difunden valores, modelos y horizontes. En el Brasil de hace dos décadas, explica Orlando, el pobre admiraba a Lula porque le permitió ascender socialmente; sin embargo, en el Brasil de hoy, la extrema derecha promete la posibilidad de salir del endeudamiento que ocasionaron los créditos y ofrece la posibilidad de ser rico: esto ha enganchado más que solo evitar pasar hambre, como lo afirmaba la narrativa de la izquierda.
Tal y como lo afirmó en un live, así nos lo expresó en la conversa: “Nunca antes vi tanto militante y tan poca militancia. Hoy en día estamos en internet y todo el mundo es militante de todo, es como si fuera una camiseta”, y falta praxis política. Frente al éxito que está teniendo la extrema derecha para usar la tecnología y luego causar efectos reales, el campo político de la izquierda ha estado en rezago y esto es algo que tiene que cambiarse. “Tenemos que reaccionar colectivamente, tenemos que pensar colectivamente, tener enfoque, táctica”.
En la disputa de las redes sociales, la izquierda abandonó lo que era más prioritario, es decir, el terreno de lo real, lo organizativo cotidiano. En este sentido, para Calheiros, “desde el punto de vista de la militancia de izquierda, debería ser una prioridad rescatar el sentido de las palabras, lo que quieren decir y no solo pensar en los momentos electorales”. La eterna disyuntiva entre lo urgente y lo importante ha llevado a mucha de la izquierda partidista latinoamericana a enfrascarse en el pragmatismo.
Frente a una elección muy cerrada en donde la extrema derecha tiene una posibilidad de volver a ocupar todo el poder, nuestra conversa entra en la descripción de una realidad que no podemos ocultar, lo que Orlando llama el mundo Mad Max: “el cambio climático está ahí, en todos lados del mundo está habiendo esta precarización de la vida delante del capitalismo tardío que ahora, como no tiene a donde expandirse, crece de manera artificial, generando cada vez más la precarización de los servicios, el aumento de precios y la concentración de la renta”.
Aunque suena desesperanzador, en esta fotografía de lo que es también el mundo de hoy –y por tanto el Brasil de nuestros días–, queda un resquicio para la esperanza. La motivan las movilizaciones que se han dado entre estos dos turnos electorales, sobre todo teniendo a las juventudes en las calles apoyando a Lula y exigiendo un mejor mundo, un futuro posible al menos. “Entonces mi optimismo en relación con lo que ocurre actualmente es que toda la movilización que hay ahora continúe luego de que Lula gane o sea derrotado”.
Ante una revisión crítica del papel de la izquierda en las últimas décadas, el fortalecimiento de la extrema derecha y la poca discusión sobre proyectos alternos que surjan desde la organización social, Calheiros es tajante: “Tiene que haber un cambio radical de la propia forma en cómo entendemos el Estado democrático; de lo contrario, va a continuar siendo fagocitado por el fascismo”.

¿Y las luchas territoriales en todo esto?
Una perspectiva que revela mucho sobre estas elecciones se enfoca en analizar las implicaciones del extractivismo en el país. Sabemos que el agronegocio es una fuerza política y económica extremadamente poderosa y vinculada en su mayoría al bolsonarismo. Podemos acceder a datos más precisos en los resultados de la sistematización de análisis realizados por IPSE GLOBAL sobre los lugares en los que perdió votos Lula entre 2022 y 2026: existe una pérdida intensa en municipios pequeños, en lugares donde el agronegocio tiene mayor presencia, a menudo en situaciones de dependencia económica de las actividades ligadas a este sector económico y cultural.
En una entrevista con Ceiba, periodismo con memoria, la investigadora Fabrina Pontes Furtado, del Programa de Posgrado en Ciencias Sociales del Desarrollo, Agricultura y Sociedad de la Universidad Federal Rural de Río de Janeiro (CPDA-UFRRJ), nos habló de la importancia de llevar a cabo este debate sobre la fuerza del agronegocio y el extractivismo. Es necesario tener en cuenta que existe un patrón de desarrollo más amplio, regional y de base extractivista, con una continuidad histórica mucho más larga que el bolsonarismo en sí mismo. Se convierte en un nudo complicado de desatar en América Latina en su conjunto, sobre todo tras tantos años de generación de dependencia en la región.
El análisis sobre la pérdida de votos de la izquierda en los lugares más dominados por el sector agropecuario fue clave para el resultado de la primera vuelta. Del mismo modo, la perspectiva regional sobre el carácter dependiente de América Latina nos lleva a un debate que nos acompañó durante esta cobertura: reflexionar sobre la importancia del lugar que ocupan las luchas territoriales y comunitarias en medio de este escenario cada vez más polarizado que caracteriza a la política institucional en Brasil.
El desafío es grande: sabemos que existen importantes continuidades en relación con los patrones de desarrollo impuestos a la región latinoamericana por gobiernos de diferentes orientaciones. Como nos comenta Fabrina, esta lógica se viene actualizando, ya que “muchos de estos proyectos hoy se construyen en nombre de la lucha contra el cambio climático. Así que, en nombre del clima, se avanza sobre diversos territorios de pueblos indígenas o comunidades tradicionales con grandes proyectos eólicos, grandes proyectos de energía solar, proyectos que requieren más minerales, por lo que se intensifica la minería”.
Las corporaciones y empresas de capital transnacional con gran poder de decisión y control vertical sobre los territorios han venido estableciendo –incluyendo contextos progresistas– una profunda “expansión de las lógicas de mercado también en nombre del clima”. El mercado de carbono, por ejemplo, es una clave de interpretación muy reveladora para comprender este proceso.
En medio del establecimiento de los parámetros de compensación, “el mercado de carbono termina criminalizando a los pueblos indígenas y a las comunidades tradicionales, a quienes se les culpa de la deforestación y a quienes se les imponen restricciones sobre el uso de la tierra y el territorio, en una lógica que permite que la extracción y la explotación continúen”.
Es importante recordar que cuando estos proyectos, alineados con los intereses del capitalismo extractivo, llegan a los territorios disfrazados de soluciones, muchas cosas se mueven a partir de ahí.

Se fortalecen formas y términos políticos que terminan ejerciendo presión para una reorganización de la praxis de las luchas. Fabrina nos cuenta que “estos proyectos llegan con muchas promesas de recursos y terminan influyendo en los procesos de lucha porque las comunidades pasan a gestionar proyectos. […] Este es un desafío que enfrentamos en toda América Latina: cambia el gobierno, pero esta lógica de extracción, expropiación y exportación –muy basada en procesos racistas y patriarcales– continúa, se intensifica y ahora se hace en nombre del clima, con ese discurso de la sostenibilidad”.
Nos parece muy importante reflexionar sobre lo que sucede cuando las comunidades dejan de gestionar sus propios procesos de lucha para gestionar proyectos que provienen de agendas verticalizadas del norte al sur, porque, en medio de todo esto, también hay una disputa por los horizontes políticos en juego.
Cuando llegan estos proyectos, terminan imponiendo una forma de hacer política, una manera de actuar y de decidir, una praxis y una forma de concebir las agendas políticas que transforma la percepción de los horizontes de posibilidad de las luchas. El género, por ejemplo, es un enfoque que permite visualizar bien esta disputa. Muchas veces estos proyectos llegan movilizando agendas dirigidas a las mujeres que actúan en la primera línea de estas luchas, pero desde “una forma de pensar el género –continúa Pontes– que es individualista, privatizadora, una lógica de generación de ingresos para “una” mujer, no es una forma comunitaria”.
Kertã Kaingang, defensor de los derechos de los pueblos indígenas y destacado líder del pueblo kaingang, una numerosa etnia ubicada al sur de Brasil, también conversó con Ceiba, periodismo con memoria. Aseguró que “uno de los principales problemas para la defensa de la naturaleza es la falta de demarcaciones de nuestros territorios para garantizar la sobrevivencia de nuestras comunidades y de la naturaleza. La respuesta que hemos tenido del Estado es muy poca. Estamos mostrando al gobierno que este tipo de exploración de combustibles fósiles ya está saliéndose de control, necesitamos dejar lo que está abajo, abajo. El costo es muy alto y el beneficio para la gente es muy poco, la mayor ganancia no se va a las políticas públicas para mejorar educación o salud, sino que se las quedan las empresas petroleras”.
Lo que ocurre, en la práctica, menciona Fabrina, es un escenario de superposición de modelos, donde conviven diferentes territorializaciones de la lógica extractivista; “esto lo vemos en diversos territorios de América Latina, no solo en Brasil. Los pueblos indígenas de Colombia, de La Guajira, por ejemplo, dicen que conviven con los dos modelos: la energía tradicional, por así decirlo, que incluye el carbón y la minería, pero ahora también la energía eólica. Es un desafío inmenso que estamos enfrentando incluso con los gobiernos progresistas que no logran romper con esta lógica extractivista violenta”.
Ante este difícil panorama, la investigadora reitera que esas soluciones que surgen de los círculos financieros del mercado climático “para nosotros no son soluciones, son falsas soluciones o, mejor dicho, son soluciones para otros problemas que no son los que enfrentan las comunidades y los pueblos”. Al final, “a las comunidades se les están planteando alternativas infernales: si no es el mercado de carbono, serán las empresas madereras, será la minería”. A esto se suma, nos decía Fabrina, un proceso de sofisticación en la forma en que las empresas y corporaciones se han estado relacionando con las comunidades.
Tal y como señala también Orlando, al pensar en la falta de propuestas de proyectos políticos, de alternativas que vayan más allá de las dicotomías entre un mal y un mal menor: “Esa defensa de la democracia por parte de la izquierda es, al fin de cuentas, una gestión de la crisis del capitalismo. Se ofrece siempre lo menos peor: nosotros o el fascismo. Merecemos otras cosas, es momento de que ofrezcan otras cosas a la gente”.
No es que la alternancia en el poder entre el progresismo y la extrema derecha no sea una diferencia: todo lo contrario, existen diferencias explícitas que acompañan a la narrativa de la extrema derecha, con fuertes impactos en la vida cotidiana de las personas. Fabrina señala que, durante los regímenes de extrema derecha, los instrumentos de lucha tienden a desaparecer o, al menos, a reducirse de manera muy drástica.
Si hablamos de tierra y territorio, por ejemplo, parte de esos instrumentos fundamentales, en Brasil, son los procesos de autorización ambiental o los protocolos de consulta libre e informada. Instrumentos que, por más que estén marcados por serias limitaciones y problemas, son objeto de disputa en las luchas territoriales y representan importantes herramientas de lucha para hacer frente a las amenazas a los territorios de vida.
En este sentido, Fabrina comenta que, por más que la lógica desarrollista y extractivista persista en los gobiernos progresistas, existe una gran diferencia “en términos de los instrumentos de lucha y del miedo”, lo cual no es poca cosa.
Incluso frente a este panorama sombrío de una América Latina gobernada por fuerzas de extrema derecha alineadas con gobiernos imperialistas, como el de Donald Trump en Estados Unidos, existen algunos instrumentos de lucha. Aunque golpeados, conservan un gran poder de articulación, como los horizontes de lucha comunitarios y populares que, desde hace generaciones, ejercen diferentes estrategias, lenguajes y capacidades de organización comunitaria, articulados en redes de defensa territorial que resisten las lógicas capitalistas de organización de la vida. En este sentido, Fabrina concluye la entrevista comentando que “tenemos que fortalecer más las luchas comunitarias. […] Fortaleciendo más esos vínculos que van más allá de la agenda política, y que también se basan en el afecto”.

Brasil llega a la segunda vuelta con la sensación de que algo se está decidiendo más allá de los nombres en la boleta. Las cifras del Congreso muestran una extrema derecha que absorbió al centro y una izquierda que resiste, pero que ya no tiene el mapa a su favor. La Iglesia pentecostal y las redes sociales, que organizan el día a día de millones de personas, ayudan a entender cómo se llegó hasta aquí. Mientras tanto, las luchas territoriales siguen haciendo frente a una superposición de modelos aparentemente diferentes pero que continúan con la base extractivista.
Estas piezas, que a primera vista parecen distantes, comparten una pregunta: ¿qué es lo que se desea y qué es lo que se promete? El análisis de IPSE Global sobre la primera vuelta lo resume con una frase que conviene no dejar pasar: “La protección que solo garantiza la subsistencia se siente como límite, la promesa liberal ofrece horizonte”. Hay ahí una clave que por más incómoda que sea, nos parece importante. Orlando Calheiros lo decía a su manera: hoy la extrema derecha promete salir del endeudamiento y llegar a ser rico, y eso engancha más que la promesa de no pasar hambre.
La izquierda que se limita a “proteger” puede sentirse, para quien vive al borde, como un techo. La derecha, en cambio, vende una puerta neoliberal y privatizante que resuena con el estilo de vida de muchos de los influencers de las redes sociales controladas por las grandes empresas de tecnología, con el mundo de las apuestas digitales, y con la teología de la prosperidad de parte del campo religioso, haciéndolos proyectos políticos –y, claro, aprovechándose de manera cobarde y desleal del escenario profundamente desigual y violento del país.
La polarización reduce los horizontes de posibilidad a dos, y los dos están acotados. Es un debate donde se vota con miedo, o con duda, o con fe, pero casi nunca con la posibilidad de imaginar otra cosa. Por eso, no puede leerse una eventual derrota de Lula solo desde las limitaciones de la izquierda ni su victoria como una garantía. Ambas se inscriben en un proceso más largo, que incluye la reconfiguración de la derecha, la disputa por la subjetividad y la continuidad de un modelo de desarrollo que no cambia con el gobierno.
Así que nos quedamos con la necesidad, independiente del resultado en las urnas, de fortalecer las luchas y sus esfuerzos organizativos por hacer política de forma territorializada y cotidiana, con atención a sus dimensiones sensibles. Es ahí, en el cotidiano comunitario de las luchas, que sigue habiendo horizonte. Falta ver si el voto de esta segunda vuelta lo amplía o lo cierra y criminaliza aún más.





