La Casa del Pueblo: infancias rurales y formación comunitaria

por | Ago 30, 2026

La Biblioteca Casa del Pueblo, ubicada en la vereda Guanacas en el municipio de Inzá, ha sido símbolo y muestra de cómo los procesos organizativos, afianzados en la educación, han trazado el sendero por donde caminan las infancias rurales que transforman y transformarán el mundo. Este reportaje indaga los haceres veredales que escriben desde ahí, a la sombra de una gran hoja, el porvenir de estos territorios.

Fotografías: Héctor Fernando Cortez y cortesía de la biblioteca “Casa del Pueblo”

Inzá, Colombia.– La vereda Guanacas se alza sobre el costado derecho del río Ullucos, subsidiario del río Páez que desemboca finalmente en el río Magdalena para llegar al Atlántico. Es una comunidad campesina del municipio de Inzá, en el oriente caucano.

Guanacas hace parte de la región de Tierradentro, de cuyo poblamiento se tiene registro alrededor de los años 600 y 900 d.C., especialmente en lo que hoy corresponde a San Andrés de Pisimbalá, territorio de gran importancia para la arqueología colombiana.

La vereda está en medio, y toma su nombre, de lo que se conoce como nación guanaca (según algunas narraciones, su nombre proviene del quechua wanaku, en referencia a uno de los dos camélidos que actualmente sobreviven en Sudamérica). Hay quienes afirman la desaparición de la nación guanaca, sin embargo, en lo que es el territorio del antiguo Resguardo de Inzá o Guanacas, según afirman investigadores como Gerardo Peña, Omar Cordero o Miguel Ángel Arias, “subsisten descendientes de la etnia Guanaca, los cuales han tratado de organizarse de distintas formas, unos desde un enfoque étnico y otros, desde un enfoque cultural”. Este último enfoque corresponde especialmente al autorreconocimiento de los habitantes de esta vereda como un territorio campesino.

Carlos Arias y la Casa del Pueblo. Fotografía: Héctor Cortez


La Casa del Pueblo


En la vereda Guanacas está ubicada la biblioteca La Casa del Pueblo, inaugurada en el año 2004. Fue construida gracias al esfuerzo y la iniciativa de líderes de la Asociación Campesina Inzá Tierradentro (ACIT), especialmente jóvenes que en ese entonces cursaban sus estudios universitarios en Bogotá y que habían constituido la Asociación  Universitaria Protierradentro; al trabajo incansable de sus habitantes, y al arquitecto Simón Hosie Samper.

La biblioteca fue financiada por la Embajada del Japón (primera fase) y por el Ministerio de Cultura (segunda fase). Desde entonces ha sido símbolo y ejemplo de organización comunitaria, merecedora de varios reconocimientos entre los que se destacan el Premio Nacional de Arquitectura y Urbanismo de Colombia (2004) y el Premio Nacional de Bibliotecas Públicas Daniel Samper Ortega (2017), reconociéndola como la mejor biblioteca pública del país, gracias a los procesos y las escuelas de formación deportiva y artística en danza, música y lectoescritura que en ella se impulsan.

Está construida en guadua sobre una meseta en la parte alta del caserío, junto a la cancha de fútbol, custodiada en su frente por la frondosidad de un pino romeal, a un lado del que, en tiempos de la Colonia, fue El Camino de Guanacas que comunicaba, a través de la cordillera central, la ciudad de Santa Fe de Bogotá con la ciudad de Quito. En su interior se levanta una columna grande que sostiene su techo en forma de hoja gigante que hace sombra a su mesa central. Al lado izquierdo, en el segundo nivel, se encuentran doce cuadros con los retratos de doce líderes comunitarios de Inzá, justo encima de las sillas de lectura para que “los niños aprendan acompañados de la sabiduría de los viejos”.

Detalles de los constructores. Fotografía: Biblioteca Casa del Pueblo


La visita


Vine esta vez con mi amigo Carlos Arias, campesino, vicepresidente de la Junta de Acción Comunal de Guanacas e integrante de la ACIT. Desde hace unos días ha intentado que yo esboce en mi imaginación, con sus relatos y anécdotas, la imagen, el tono, los colores y los acentos de su territorio. Yo creo que no es muy difícil lograrlo, pues encuentro en estas montañas del oriente caucano una cercanía particular con las mías que no logro explicar. Es algo que trasciende lo geográfico y el paisaje. Tal vez sean los rostros de las gentes, sus gestos, sus chistes, la forma en que se plantan ante el otro en la conversa, esa predisposición al duende del cuento y del asombro, los recuerdos de las infancias de cada uno vividas en tiempos que no coinciden, pero que comparten la crianza, la palabra y el abrazo de hombres y mujeres de montaña que nunca se conocieron entre sí, todos ellos inquietos, rebeldes y sensibles… tanto como para hacer realidad un sueño como este.

–Eso es porque ustedes y nosotros somos tercos, somos necios –me dijo Carlos mientras conducía su moto de camino a La Pirámide.

Yo creo que sí, pero también creo que hay algo más, que hay una forma mística en que las historias y los destinos se tocan, se comunican y se determinan entre sí sin saberlo.

Reunión ACIT y socialización de proyecto durante organización día del Campesino, 14 de octubre de 2022. Fotografía: Biblioteca Casa del Pueblo


Crecer en comunidad


Había estado aquí antes solo una vez. En esa ocasión le oí decir a Carlos, sentado en la mesa central de la biblioteca, que ella “es un proyecto vivo” porque “generación tras generación han asumido responsabilidades, compromisos y tareas para mantener este espacio (…), por eso la comunidad de Guanacas crece y se teje en torno a un eje que es la biblioteca. Eso es muy curioso, porque pasa que en nuestros pueblos las comunidades crecen alrededor de una cancha de fútbol. Aquí no, aquí ambos espacios conviven como puntos de encuentro necesarios”.

Ahora, mientras regresamos a su casa en medio del polvo que levantan los carros que van y vienen del mercado, me pregunto cómo contar la vida de una biblioteca, y cómo es posible que ella tenga la capacidad de “sintetizar” y explicar, gracias a su experiencia de más de veinte años (como si fuera poco tiempo), la historia y el alma de sus gentes.

Duván Morales tiene veintisiete años y fue un niño que creció también en la Casa del Pueblo. Lleva más de un año como bibliotecario y mientras me cuenta los saberes y quereres de su oficio le pregunto cómo han hecho para hacer de esta biblioteca lo que es hoy, no solo para la vereda, sino para la región y el país: “Este no es un cúmulo de estantes donde se guardan libros, pues creo que el éxito de la Casa del Pueblo es su fracaso como biblioteca”.

Vista nocturna de la Casa del Pueblo. Fotografía: Héctor Cortez

Me lo confirma José Gabriel Ortega. Tiene dieciséis años. Actualmente realiza su trabajo social en la biblioteca, y cursa el décimo grado en la Institución Educativa Promoción Social Guanacas, un colegio que desde hace más de cincuenta años ha tenido como misión la formación de líderes y lideresas, pero esa es una historia que dejaremos para después. José Gabriel, como Duván y muchos otros, coinciden en que su primer recuerdo de niño en este espacio es el juego: “La primera vez que recuerdo es una vez que mi primita me invitó a jugar, aunque mi mamá me trajo también de bebé. Veníamos, nos trepábamos en los árboles, entrábamos a la biblioteca, agarramos un libro, luego otro, volvíamos a jugar y así pasábamos la tarde”.

El bibliotecario Duván Morales. Fotografía: Héctor Cortez

Me lo contó también Celeste Villada Ríos, de diez años, quien asiste desde los seis a los diferentes talleres que se gestionan desde la biblioteca. Hace parte del Club de las Ardillas, asiste al cine club. Hoy, por ejemplo, no pudo ir al taller de porcelanicron que imparte José Gabriel: “A mí me dijeron que hoy no había taller porque Duván anda lejos, y pensé que no iban a abrir la biblioteca”, dice quejándose sentada junto a su hermana Camila y su abuela, la profe Laura. En el comedor de su casa donde conversamos me dice: “A mí me invitó Luna, la hija del profe Gersaín, a la biblioteca. Con ella íbamos a caminar, jugar, correr, pintar. Cuando nos aburrimos de hacer algo, votamos entre todos y cambiamos de actividad. Eso es muy chévere”.

Guanacas es un territorio que se ha construido desde lo comunitario, desde el valor de la educación y desde la vinculación en los procesos de incidencia social por parte de las niñas, niños y adolescentes. En eso la biblioteca ha jugado un papel trascendental. En el camino del crecimiento intelectual y humanista, ha sido un espacio que alberga y dinamiza —mediante el trabajo articulado con instituciones educativas, organizaciones sociales, gubernamentales— colectivos e iniciativas, como Cuidadores de la montaña, el Club de las Ardillas, la Junta de Acción Comunal, la ACIT y sus diferentes comités, la escuela de formación artística Ritmo del campo, el cineclub Cine al campo, el grupo juvenil Kanande, el colectivo de abuelos y abuelas Años de oro, entre otros.

Esa fuerza movilizadora y crítica se constituye entonces como la razón y la forma en la que la educación y la unión comunitaria le arrebata niños y niñas a la guerra. Prueba de ello es que Guanacas hace más de quince años no presenta un solo caso de reclutamiento infantil, a pesar de que, según datos de la Defensoría del Pueblo, en el año 2024, Inzá fue el municipio en donde más se presentaron casos de reclutamiento infantil en el país, con un total de 24. A propósito de esto Duván habla con una determinación que se pasea entre la alegría y la tristeza: “Estamos en un país donde el promedio es de un profesional cada tres familias, pero en nuestra vereda, con poco más de doscientos habitantes, hay al menos un profesional por familia. En la mía somos diecinueve primos, y los diecinueve somos profesionales. Eso, entre tantas otras cosas, hace particular a Guanacas y a su vez explica la experiencia de la biblioteca”.

José Gabriel en su taller de porcelanicron. Fotografía: Héctor Cortez

Esta semilla que llaman “casa” ha hecho que hoy Inzá sea el municipio con más bibliotecas per cápita del país. Otras comunidades han tomado su ejemplo y, a su modo, han gestionado y sacado adelante bibliotecas que también son refugio y abrigo para los niños y niñas. Nidos en los que su imaginación alza vuelo y aprenden a soñar otros mundos posibles que ellos harán realidad.

Mapa Guanacas. Imagen: Biblioteca Casa del Pueblo


Una casa pa’ vivir


Pensar e imaginar la Biblioteca Casa del Pueblo de Guanacas es pensar en la casa materna, en donde crecimos como niños y niñas campesinas, sostenida por guadua, arropada por el verde de la montaña, amenizada por el pasar sinuoso del río o la quebrada, con la imagen vigilante y consejera en la pared de los abuelos que ya no están, y con una gran mesa central en donde comemos, hacemos las tareas, reímos, conversamos, nos pegamos un sueñito: un rinconcito del mundo en donde cabe toda toda toda nuestra humanidad y en donde nuestra voz siempre será escuchada.

“Todo lugar que amamos es para nosotros el mundo”, dice Wilde en su cuento “El cohete famoso”. ¿Qué sería entonces de nosotros sin ese lugar amado, sin ese mundo inventado en la meseta de la vereda, sin ese barranco por el que avanzaban los carritos de madera, sin ese hilito de quebrada donde navegaban nuestros barquitos de papel? No sé, pero saber de Guanacas y de su Casa del Pueblo me convence cada día más de la esperanza por tener un camino común inalterable en el que florecerán nuestros sueños.

“¿Qué habría sido de Guanacas sin la biblioteca?”, pregunto, e inmediatamente escucho a la profe Laura, mientras va camino a la cocina, sentenciar, como si fuera una respuesta que siempre ha estado presente de manera inconsciente, calada en lo más profundo del alma guanaqueña:

—Algo nos habríamos inventado.

Simón con las pinturas de los líderes. Fotografía: Biblioteca Casa del Pueblo

***

En memoria de “Chucho” y “Jarrita” (q.e.p.d.), líderes muy queridos de la comunidad de Guanacas, quienes fallecieron días previos a la publicación de este texto.

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