Tras los terremotos, cientos de niños y niñas despertaron en plazas, escuelas y campamentos improvisados, sin más certeza que la presencia de sus familias. Los días posteriores al desastre, desde la mirada de las infancias, nos muestran su vulnerabilidad, sus juegos entre escombros y la urgencia de devolverles algo de normalidad.
Fotografías: Soriana Durán
Caracas, Venezuela.- Salí tan pronto pude a la calle en la mañana siguiente del desastre. Estaba decidida a ayudar como fuera, porque si estaba viva y seguía teniendo una casa donde vivir, algo debía hacer para ayudar a quienes no tuvieron la misma suerte. Como en el bombardeo del 3 de enero, me movilicé por Caracas buscando orientación e información verídica que pudiesen arrojar algo de claridad en lo opaco de la situación. El servicio de metro estaba suspendido hasta nuevo aviso y temí que no hubiese transporte, pero conseguí un autobús más o menos vacío que me cobró el pasaje por encima del habitual. En el trayecto, veía asombrada los edificios afectados de la avenida Andrés Bello. No había ninguno colapsado, pero al menos diez se veían bastante dañados en el exterior.
Me bajé en La Candelaria y pasé frente al Centro Comercial Sambil, que tenía la fachada destrozada y todo su perímetro acordonado. Un montón de obreros ya estaban echándole pico a las baldosas y recogiendo los escombros. Horas antes, el ejecutivo nacional había anunciado el cierre de todos los comercios que no fueran esenciales y no había mucha actividad en las calles. Tenía prisa por llegar a la universidad donde doy clases para saber en qué condiciones se encontraba, al igual que el Teatro Teresa Carreño −ambos con afectaciones graves en la mampostería−. En mi camino hacia allá pude ver un nivel considerable de daños en muchos edificios residenciales, administrativos y comerciales. Ese panorama representaría una herida en el orden caótico del caraqueño que costaría tiempo y dinero en sanar.
Pero la verdadera adversidad estaría unos metros más adelante, en la avenida más concurrida de la zona, donde cientos de sobrevivientes despertaban ese día al borde de la indigencia, echados en los bancos de las plazas con lo poco que pudieron salvar de sus viviendas. La gente huyó a plazas, escuelas públicas, canchas deportivas y parques del área metropolitana. En la Plaza Morelos había familias que no hallaron más alternativa que convertir su carro o camioneta en tiendas de campaña y asentarse a un lado de la carretera. Otras, que fueron evacuadas de sus respectivos apartamentos, se acomodaban a lo largo del bulevar. Centenares de carpas empezaron a ocupar los espacios abiertos, alejadas de edificios y complejos residenciales.
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Después de pasar por la sede principal de la Universidad Nacional Experimental de las Artes y confirmar con los vigilantes que la estructura no estaba apta para recibir a nadie hasta que se le realizara la inspección correspondiente, me dirigí a la parte de atrás donde se encuentra la Plaza de los Museos. Quería ver cómo estaban el Museo de Bellas Artes y el Museo de Ciencias Naturales y allí, en un banco bajo la sombra de un árbol, estaban una mujer y su hija adolescente.
La muchacha dormía a un lado de la madre, cubriéndose por completo con una sábana. La mujer tenía la mirada clavada en la nada y sostenía un teléfono entre sus piernas, como si fuera lo único material que tenía para aferrarse.
−Buenos días, disculpe, ¿podría hacerle unas preguntas? −dije.
Enseguida me percaté de mi imprudencia y me arrepentí. Ella se giró lenta hacia mí, en completo estado de shock, y negó con la cabeza.
−No −respondió con una voz monótona.
−Lo siento. Espero que pueda estar bien.
Me retiré avergonzada, pero detrás de mí la oí decir un débil “gracias”. En ese instante deseé ser millonaria, tener casas de sobra para regalar y comprarle comida a todo el que necesitara, pero debía lidiar con el hecho de que ni siquiera yo tenía una casa, de que en la nevera solo había un pedazo de queso, tres tomates y cuatro cebollas y que tenía que pedir dinero prestado si quería llenarla con algo más en esos días.
Al regresar a la Plaza de la Juventud, la escena que recién había presenciado estaba multiplicándose a una velocidad abrumadora. Las madres con sus hijos o las abuelas con sus nietas se aglomeraban donde pegara la sombra mientras la policía del municipio y protección civil comenzaban a montar puestos de atención ciudadana. Cuando me fui a casa, dediqué el resto del día a investigar hacia dónde estaban yendo las familias desplazadas y qué iban a hacer con ellas.

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Las redes sociales tuvieron un impacto determinante en el manejo de información sensible y configuraron, de manera eficaz en unos casos y falaz en otros, los focos de atención hacia comunidades afectadas, centros de acopio, campamentos y refugios. La ayuda comenzó a distribuirse de forma urgente, pero descoordinada en la mayoría de los casos, por lo que muchos grupos de voluntarios se organizaron a través de la virtualidad para asistir a los pedidos de auxilio que aparecían cada segundo en Instagram o TikTok −de los cuales sobraban falsas alarmas, como aquella que afirmaba que en el Parque Generalísimo Francisco de Miranda había cuatrocientos niños huérfanos y desamparados, o ese video viral de una influencer que denunciaba algo similar en la Escuela Francisco Pimentel.
En este contexto, niños, niñas y adolescentes representan la población más vulnerable. Son afectados de manera directa por la catástrofe, con múltiples consecuencias para sus existencias, sin que tengan las herramientas emocionales o recursos necesarios para sobrellevarlas. Están expuestos, además, a amenazas características de este tipo de contingencias, como la escasez de medios, la negligencia o el abuso. Tomando esto en cuenta, el grupo Voluntarios Tándem −del que formo parte− se originó de manera orgánica e independiente desde ámbitos artísticos, culturales y pedagógicos para atender sus necesidades recreativas y de apoyo emocional.
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No sería hasta principios de julio que el Estado empezara a reubicar a las víctimas en refugios y campamentos autorizados. Y si bien los rumores alrededor de la seguridad de los niños en ciertos refugios no cesaban, lo cierto es que nunca hubo menores de edad solos o sin supervisión de familiares o cuidadores en ninguno de ellos. En los lugares en los que sí se encontraban niños o niñas solas, se mantenían protocolos estrictos y la entrada se limitaba a personal especializado, funcionarios y militares; no cualquiera podía acceder a esos recintos sin permiso de las autoridades y sin un motivo importante. Esta medida se replicaría más adelante en todos los refugios y campamentos oficiales.
Para final de mes ya no había carpas ni asentamientos en la vía pública a excepción de Nuevo Circo, en Caracas, y diversas áreas verdes de Caraballeda y Tanaguarenas, en La Guaira.
Gracias al contacto de una docente, el 8 de julio pudimos asistir cuatro voluntarias a un campamento transitorio habilitado en la Unidad Educativa Juan Antonio Pérez Bonalde, al suroeste de la capital, con el objetivo primario de pasar unas horas jugando con los más pequeños. Llevábamos cuadernos para colorear, pinturas y galletas. Por mi parte, también me interesaba conocer las condiciones en las que se encontraba el campamento y cómo se desarrollaban las dinámicas esenciales dentro del mismo. Este en particular era uno con más población infantil que adulta, pero el número total de personas atendidas ahí rondaba las trescientas, todas ellas provenientes de La Guaira y zonas afectadas de Caracas.
Llegamos cerca de las cuatro de la tarde. Dos jóvenes militares de la FANB hacían guardia en la puerta mientras que un tercero llevaba registro de las entradas en un libro de visitas. Toda la zona estaba congestionada y filas de más de diez personas entraban y salían del campamento como hormigas, llevando bolsas de comida preparada, chucherías, cestas de frutas, botellones de agua o lotes de jugo. La mayoría solo dejaba los insumos y se retiraba. Al lado de la escuela había un mercado popular y, al otro lado de la calle, un supermercado repleto de gente al cual entré para comprar pinceles y otros utensilios que necesitaban mis compañeras. Todo lo que donábamos y utilizábamos, hasta los mototaxis en los que nos movíamos de un punto al otro, salía de nuestros bolsillos o de donaciones que hacían amistades fuera del país.

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La escuela era el típico plantel público de dos plantas construidas alrededor de un patio central. Ni demasiado grande ni muy pequeño. Había dos toldos en el área techada del patio, en uno de los cuales se estaban instalando medios de prensa. Por la hora, el sol estaba lo suficientemente intenso como para azotar a cualquiera que no estuviera en la sombra, aunque esto no impedía que un grupo de adolescentes estuviera jugando baloncesto sobre el asfalto caliente. El resto estaba metido en salones de clase, que eran ahora dormitorios y áreas comunes en las que comían o conversaban.
Una de las encargadas del campamento nos recibió sin tener muy claro quiénes éramos nosotras y quién era la maestra con la que habíamos hecho el enlace, pero no dudó un segundo en ponerse a disposición de nuestros requerimientos. Le pidió a una niña que tocara el timbre del recreo y de inmediato emergieron decenas de niños de los salones de la planta baja.
−¿Qué pasó? ¿Qué hay ahora? −preguntó uno de ellos en actitud retadora, pero pícara.
−Las muchachas vinieron a hacer una actividad −respondió la encargada−. Vayan con ellas, pues.
Eran más las niñas que los niños y el grupo iba desde los tres años hasta los doce o trece. Una de ellas se acercó a Brenda Rivas, una de las voluntarias, y al ver que llevaba hojas de papel le dijo que quería dibujar. Otra de las compañeras, una joven turista de Georgia que se había quedado varada en el país después del 24 de junio, llamó la atención de un tercio del grupo con catálogos de diseños de pintacaritas. No hubo que hacer un estudio de mercado para darse cuenta de que ese grupo quería colorear y nada más. Se sentaron en el piso y los botecitos de pintura empezaron a deslizarse de una mano a la otra en intercambios frenéticos. Al poco tiempo el pigmento había traspasado los límites del papel y la ropa de los infantes, que preferían las cartulinas en blanco a aquellos folios con dibujos impresos. Rompían su concentración para preguntar de dónde veníamos, si teníamos más pinturas o para pelear por los pinceles. Nosotras les hablábamos con cuidado de no traer a colación la catástrofe, a menos que ellos lo hicieran por su cuenta. Las niñas estaban más pendientes de sus procesos creativos que de lo que sucedía en su entorno, aunque un par abandonó sus dibujos para irse a jugar a la pelota.
Un niño de cuatro años, que se divertía más jugando él solo con una espada de plástico −y que dijo me cortaría “en cuadrado” porque yo era muy redonda−, describió en palabras sencillas cómo se cayeron todas las cosas de su casa, que “se rompió la cocina, pero no la nevera nueva” y que su mamá rezaba a Jesucristo para que los salvara.
Brenda aprovechó la ocasión para repartir las galletas que había donado una compañera, hallándose con la negativa de varios niños que decían estar llenos y con otros que sí las aceptaban, pero que después de la primera mordida dejaban el resto en el piso.
Ese comportamiento era de esperarse, pues la tendencia mayoritaria con las comidas que se repartían entre el 24 de junio y el 10 de julio se caracterizó fuertemente por el exceso y el derroche, no porque hubiese abundancia de insumos en todos los centros de acopio o albergues, sino porque no se contaba −por lo menos a nivel civil− con una logística organizada ni coordinada de manera eficiente. La brújula de los voluntarios eran las redes sociales, así que si un día en determinada hora de la mañana alguien en Caracas o La Guaira pedía quinientos desayunos para una comunidad afectada y el video alcanzaba miles de vistas, cientos de colaboradores aparecían a esa hora con los 500 desayunos al mismo tiempo, y si el video seguía activo en días consiguientes, se repetía el episodio.

En la Escuela Francisco Pimentel que visitamos el 27 de junio, fuimos testigos de cómo niños, adolescentes y adultos desechaban meriendas intactas a la basura porque estaban hastiados de tanta comida y hasta nos las ofrecían porque “acababan de comer”. En esa institución, que ni era un campamento oficial ni un centro de acopio, no paraban de llegar cientos de personas con comida, insumos, colchones, ropa, medicinas y artículos para bebés que ahí no necesitaban porque tampoco era damnificada la gente que decidió asentarse allí.
En este campamento el asunto con la comida no fue distinto; en las tres horas que estuvimos allí se acercaron dos organizaciones, una religiosa y una independiente, que también querían trabajar con los niños. Trajeron cotillones llenos de chucherías y otros regalaron cambures −la opción que menos interesaba al grupo−, hicieron juegos deportivos y recreativos con chicos más grandes y varios representantes.
Sobreestimulación y mucha azúcar era el patrón notorio en buena parte de los refugios y campamentos de Caracas. En La Guaira el panorama era el opuesto en las zonas más remotas, con comunidades que quedaron aisladas después de los terremotos. Sin embargo, reitero que el problema de raíz no era el desabastecimiento, sino la logística y las posibilidades de acceso en el caso del estado litoral.
Al retirarnos del plantel, bajo el toldo preparado para la prensa había una multitud que participaba en una videoconferencia en directo con la presidenta encargada, quien aseguraría en ese momento que las ayudas internacionales podían ser monitoreadas a través de una plataforma virtual y que se habían habilitado 87 campamentos transitorios donde estaban siendo resguardadas unas 15 000 personas.
Para el 27 de julio de 2026, según cifras oficiales, más de 24 500 personas eran atendidas en 107 campamentos transitorios y refugios temporales de Caracas, La Guaira y Miranda. Si bien no ha habido más actualizaciones desde esa fecha, miles de familias continúan hoy habitando dichos espacios, muchos de ellos acondicionados de manera improvisada y según los recursos disponibles, con la esperanza fija de regresar a casa o encontrar un nuevo hogar, a la vez que intentan retomar −o simular− la cotidianidad de sus vidas en medio de la emergencia.





