Orgullo Caribeño y la revolución del softbol LGBTIQ+

por | Jun 28, 2026

En un diamante donde históricamente ha imperado el machismo, el equipo Orgullo Caribeño emergió como un símbolo de resistencia y talento deportivo. Lo que comenzó como un proyecto entre amigos en la isla de Holbox tras la pandemia se convirtió en un equipo que desafía los estigmas de la comunidad LGBTIQ+ en el deporte.

Fotografías: Lilia Balam

Mérida, Yucatán.- Cuando llegaron con sus jerséis de color rosa Barbie a la cárcel de Valladolid, en Yucatán, se preguntaron si no estaban caminando directo a una trampa: se sentían expuestos, como un cardumen de peces llamativos exhibiéndose ante caimanes. Temían revivir las agresiones de las que habían sido blanco toda su vida por ser gais.

Y sí recibieron algo de eso, pero en forma de condescendencia. En cuanto empezaron a calentar, el capitán del equipo contrario, el de los hombres privados de la libertad, se acercó a advertirles que ellos jugaban al softbol rudo: bateaban y picheaban duro. “No porque ustedes sean gais vamos a bajarle”, afirmó.

“Está bien, no te preocupes, si tienen un pícher duro que nos lo pongan. Nosotros sabemos jugar”, fue la respuesta de la marea rosa. Y entonces comenzó la masacre. El equipo de la cárcel de Valladolid no tuvo siquiera oportunidad de batear en las primeras cuatro entradas. Todos los bateadores se iban ponchados. Entonces el capitán regresó, pero a pedir piedad.

La obtuvo, pero eso no evitó su derrota: perdieron 7 a 16. Al final del partido, la condescendencia había desaparecido para darle paso a la admiración: los hombres privados de la libertad se acercaron a felicitarlos, a abrazarlos… hasta les pidieron fotos. Querían un recuerdo de su encuentro con el equipo de softbol que desestimaron por ser LGBTIQ+: Orgullo Caribeño.

“Queremos que la gente vea a Orgullo Caribeño como su lugar seguro, para ser ellos mismos”, dijo Eduardo La Barbie Quintal en entrevista con Ceiba. Y las uñas de Julián Chi lo confirman. Fotografía: Lilia Balam


Un origen entre la casualidad y la necesidad de comunidad


El equipo comenzó a conformarse en noviembre de 2022 en la isla de Holbox, en Quintana Roo, después de que Aldo Baas, su novio Raciel Cruz y sus amigos Wilbert Correa, quien es sordo, Michelle y Russell decidieron jugar de manera casual e improvisada en el campo Alba Cetina.

“No teníamos nada: ni spikes, ni guantes, ni bola. Pero dio la casualidad de que ese día hubo partido en el campo y a todos los que estaban ahí les pedimos prestados guantes y equipo. Y nos pusimos a practicar como locos. Y entonces pensamos en invitar a más gente”, contó Aldo en entrevista con Ceiba, periodismo con memoria.

Pusieron un anuncio en Facebook únicamente para personas que, al igual que ellos, fueran LGBTIQ+, y ocho respondieron. Comenzaron a entrenar todos los días. Despertaron el interés de personas y negocios de la isla, que aportaron equipo y dinero para comprar bates, guantes y demás artículos.

También eligieron nombre: primero quisieron ser Las Foxies, luego Bucaneros. Entonces Aldo sugirió algo relacionado con su territorio, con su comunidad, con el Caribe. Los integrantes empezaron a nombrarse Las Caribeñas, pero Aldo consideró que usar el femenino era un estereotipo innecesario para un equipo LGBTIQ+ y prefirió evitarlo. Así, tras hacer una breve investigación y descubrir que no había otro equipo nombrado igual, lo bautizaron como Caribeños de Holbox, que ahora se conoce como Orgullo Caribeño.

Aldo no podía creer que el equipo se volvía una realidad. Originario de la comunidad de Solferino, Quintana Roo, creció en una familia beisbolera y entrenó desde los diez años hasta los quince, cuando dejó el deporte porque quería empezar en el softbol. No lo logró, ya que entonces no había tantas ligas cerca de su pueblo y, además, solo escuchaba de parte de su padre que el softbol era un deporte para mujeres.

Pronto tuvieron su primer partido, contra el equipo campeón de la isla, Squad. Esa noche estaban incompletos: Aldo llamó a una de sus vecinas, quien es lesbiana, para que completara al grupo y pudieran jugar. Había mucha expectativa de la comunidad, todo mundo estaba curioso por la actuación de los Caribeños y llenaron el campo. No ganaron, pero dieron batalla. Incluso Aldo bateó por primera vez y pegó un jonrón.

A partir de entonces comenzaron a entrenar los lunes. A Aldo lo empezaron a llamar de otros equipos para jugar y eso le dio mayor espacio para practicar y reclutar gente para formar parte de Orgullo Caribeño.

De izquierda a derecha: Guillermo Maldonado, de San Felipe, infielder y tercera base del equipo; José Madera en el bat y Aldo Baas, uno de los fundadores de Orgullo Caribeño. Fotografías: Lilia Balam

Pero pasó algo curioso: se acercaron personas que nunca habían jugado y querían formar parte del equipo para intentarlo. Aldo y Wilbert entendieron que esto era porque, al ser gais, habían sido rechazados de distintas disciplinas deportivas o se habían autoexcluido por temor a ser acosados por su orientación sexual y sus comportamientos delicados que los diferenciaban de sus compañeros heterosexuales. Él y Wilbert decidieron enseñarles lo que sabían, en una suerte de coaching, para darles la oportunidad de jugar en el equipo.

Precisamente una de las cosas que le gustaron a Carlos Valle, originario de Tunkás, Yucatán, y quien se sumó en 2024 como segunda base, es que a diferencia de los equipos hetero en los que ha jugado, los Caribeños dejan que todos los integrantes jueguen, para que desarrollen sus habilidades en todas las posiciones. Pero, además, no señalan a quienes no tienen tanta experiencia jugando, pues consideran que vienen de este contexto en el que las personas LGBTIQ+ han sido excluidas de varios espacios, incluidos los deportivos.

“Una de las reglas es tratar de que todos jueguen. Sabemos que hay personas que a veces ni siquiera conocen las reglas, solo saben que tienen que atrapar o pegarle a la pelota. Y sí hay gente titular, que sabemos que va a ocupar un espacio y es a la primera que recurres. Pero también entendemos que hay un punto en el partido en el que tienen que darle la oportunidad a otra persona, que va a tratar de hacerlo lo mejor que pueda y, aunque tenga un error, nadie le va a reclamar de manera que sienta que no pertenece, al contrario de como suele pasar con los equipos hetero”, sostuvo el jugador.

Aunque él, gracias a su padre Toribio Valle, creció sabiéndolo todo de softbol, admite que abandonó muchos años el deporte porque no se sentía muy seguro en ese ambiente por su orientación sexual.

“Si yo hubiera sentido que podía ser parte de un equipo, que me podían tratar igual, creo que hoy me sentiría más cómodo y tendría más herramientas para jugar. Cuando pienso en todo lo que no pude hacer por sentirme discriminado, pienso que a lo mejor hoy sería un chingonazo y no me dejaría intimidar en equipos hetero ni me haría a un lado para dejar jugar a una persona que va a jugar mejor porque no enfrentó ese obstáculo”, reconoció el softbolista.

A diferencia de los equipos de softbol hetero, en Orgullo Caribeño los sofbolistas gay pueden expresarse libremente sin temor a ser discriminados. Fotografía: Lilia Balam


Batazos a los estereotipos


Al principio Aldo vislumbraba un panorama difícil para los Caribeños. “Mucha gente no tiene en su concepto que si eres gay puedes jugar softbol: o sea, ¿cómo vas a batear si eres gay? El deporte no es para eso. Y al principio sí, mucha gente nos cuestionaba. Pero después vieron que fuimos sobresaliendo y demostrando que sí podíamos. Ser gay no te quita las fuerzas, las ganas ni la voluntad de crecer en un deporte”, indicó.

Eso fue justo lo que enfrentaron en el partido contra el equipo del Centro de Reinserción Social (Cereso) de Valladolid. Pero, desafortunadamente, no fue la única vez que enfrentaron los estereotipos y discriminación que pesan sobre la población LGBTIQ+.

Una vez los invitaron a jugar a Pisté, municipio al oriente de Yucatán, también con la idea de que eran un equipo de broma, casi esperando que hicieran un show de drag. “Esperaban que llegáramos con el tacón, el vestido, porque somos el equipo gay. Pero llegamos, bateamos, atrapamos, fildeamos y les ganamos. Y ahora nos invitan porque quieren ver softbol, porque nos quieren ver jugar”, relató Carlos.

También fueron invitados a jugar contra Las Amazonas, un equipo de softbol femenil de Yaxunah, Yucatán, famoso porque las integrantes salen al campo con huipil, el vestido tradicional. Los Caribeños al principio no querían jugar: generalmente sienten que su expertise es más elevado que el de algunos de los equipos femeniles y no lo consideran justo. Sin embargo, jugaron.

Estaban ganando el partido, pero algunos hombres que estaban consumiendo bebidas alcohólicas en el campo comenzaron a enojarse por ello y a enfrentarlos con insultos homofóbicos. Los Caribeños pidieron al organizador intervenir. Fueron momentos muy incómodos para los jugadores.

En Orgullo Caribeño los softbolistas gay han encontrado un espacio seguro donde su expresión de género puede ser libre. Fotografía: Lilia Balam

Afortunadamente también han tenido sus victorias. En 2024 jugaron en la Copa Pride de Softbol en Cadereyta, Nuevo León, un campeonato para equipos LGBTIQ+. En esa ocasión completaron el equipo con tres talentosas softbolistas yucatecas: Dulce Canché, Nashely Quintal y Diana Maldonado, quienes son lesbianas. Lograron subirse al tercer peldaño del podio.

Pero ir no fue nada fácil: para lograrlo organizaron rifas e hicieron de todo para recaudar fondos y poder costear un viaje que prácticamente atravesó el país de sur a norte. El año pasado los invitaron de nuevo al torneo, cuya sede fue Coatzacoalcos, Veracruz. Desafortunadamente no pudieron conseguir los recursos suficientes y no acudieron.


Futuro arcoíris: un espacio seguro para softbolistas gais


Los Caribeños quieren formar parte de una liga, pero es complicado, ya que hay integrantes de comunidades de Yucatán como X-Ualtez, San Felipe, Dzidzantún, Dzilam de Bravo, Ixil y Mérida, y de Quintana Roo, como Kilómetro 80 y Holbox; y no todos cuentan con recursos suficientes para acudir regularmente a jugar fuera de sus pueblos. Pero siguen buscando oportunidades para lograrlo en algún momento. También quieren ser anfitriones de algún torneo nacional LGBTIQ+. Esperan lograrlo algún día.

Mientras tanto, mantienen abierta la agenda para jugar cuanto partido amistoso se aparezca en el camino. Ya agendaron juegos para el 18 de julio en San Crisanto, en la costa yucateca, y para el 2 de agosto en Mérida. Piden a las autoridades estatales y federales que pongan los ojos en los equipos LGBTIQ+, que requieren recursos para poder seguir jugando.

Después de todo, Orgullo Caribeño es más que un equipo: es un espacio de aprendizaje, donde se sienten seguros y pueden ser ellos mismos sin temor a que sus compañeros los discriminen. Incluso se dan el espacio para expresarse y jugar: José Madera, originario de Cantamayec, cada vez que mete una carrera hace un split. Julián Osorio, del pueblo Xhualtez, lo da todo en el diamante con las uñas bien tuneadas. Ambos por fin están en un espacio deportivo donde son libres.

El equipo está consciente del riesgo que corren por ser abiertamente LGBTIQ+. A diario escuchan historias de terror relacionadas con la discriminación de género, a veces de boca de sus propios compañeros: algunos han sido violentados por sus propios familiares homofóbicos. También conocen a jugadores muy talentosos que fueron excluidos hasta de la selección nacional por ser gais.

Julián Chi, originario de X-Ualtez, comunidad de Espita, durante el calentamiento. Fotografía: Lilia Balam

“Soy un gay privilegiado porque nunca sufrí discriminación. Nunca lo viví, solo lo vi en la piel de terceras personas, a quienes siempre voy a dar mi apoyo. Aunque mi papá me dijo que la vida de un hombre es difícil, pero que la vida de un hombre homosexual es más complicada, yo lo tuve sencillo”, precisó Eduardo Quintal, uno de los lanzadores de primera fuerza de softbol más destacados de Yucatán que se sumó en 2023 al equipo y es mejor conocido como “La Barbie”.

Para él, la orientación sexual y el género son temas que ni siquiera deberían ser relevantes en el mundo deportivo. “No puedes calificar a un deportista por sus preferencias sexuales. El deportista demuestra lo que sabe y lo que ha luchado. Cualquier deportista que llega al éxito es por una vida de sacrificios y disciplina. Entonces, ¿por qué debe haber homofobia entre deportistas? Ni siquiera debería ser un tema a discutir si soy homosexual o no”, precisó.

“Queremos que la gente vea a Orgullo Caribeño como su lugar seguro, para ser ellos mismos, como a mí me pasa, que yo entro al campo con los Caribeños y me transformo, soy yo mismo, me siento realizado y muy, muy feliz”, concluyó.

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