Morrocoy, el paraíso comprometido

por | Abr 19, 2026

En el parque nacional Morrocoy coexisten flamencos, tortugas marinas y bosques de mangle que purifican el Caribe venezolano. Pero en días recientes, la enorme masa de turistas en el bajo Los Juanes y las críticas en redes sociales visibilizaron una verdad incómoda: la devastación de este paraíso no empezó ayer, lleva décadas en curso.

Fotografías: Jorge Villalta, Facebook “Venezuela, te extraño”, Radio Miraflores

Caracas, Venezuela.- El parque nacional Morrocoy es uno de los archipiélagos tropicales más importantes de Suramérica continental por su riqueza en cuanto a la diversidad de fauna, flora y la belleza de los paisajes naturales. Lamentablemente, este paraíso atraviesa un acelerado proceso de devastación desde antes de su creación como área protegida hasta nuestros días, pues sus ecosistemas han sufrido el impacto del turismo masivo depredador, la pesca ilegal, las industrias locales y la deforestación.

En días recientes, esa tensión crónica se volvió imposible de ignorar. La gran masa de turistas en el bajo Los Juanes, las consecuencias ambientales que tuvo y las amplias críticas en las redes sociales y medios visibilizaron una herida que lleva décadas abierta. A pesar de esto, Morrocoy aún conserva su belleza, biodiversidad e importancia económica. En el presente, la población local, los operadores turísticos, organizaciones ambientalistas e instituciones del Estado venezolano hacen esfuerzos para revertir esta tendencia.

Mapa del territorio, se aprecia el parque nacional Morrocoy, el refugio de fauna Cuare y el cerro Chichiriviche. Fotografía: captura de pantalla Google Maps

Ubicado en el mar Caribe, estado Falcón de la costa occidental de Venezuela, a unos doscientos cincuenta kilómetros al oeste de Caracas, Morrocoy tiene una superficie de 32 090 hectáreas. Fue decretado parque nacional el 26 de mayo de 1974. Es un bioma marítimo que reúne varios ecosistemas en un solo territorio: un archipiélago de unas cincuenta islas y cayos con arrecifes coralinos de gran importancia para la fauna marina; una península formada por una serranía de baja altura llamada cerro Chichiriviche, con un ecosistema de selva tropical y un sistema de cuevas; y el golfo de Cuare, que es un refugio de fauna desde el año 1972, con una extensión de 11 825 hectáreas y una gran concentración de bosques de manglares. Aunque el parque nacional y el refugio de fauna son distintos espacios protegidos contiguos, en esta nota nos referimos a ambos territorios indistintamente.

En este territorio coexisten aproximadamente doscientas setenta especies de aves, como águilas pescadoras, flamencos, garzas, gaviotas, corocoras blancas y rojas, loros, tijeretas y pelícanos. En sus selvas viven venados matacán, caimanes de la costa, cunaguaros, osos meleros, monos araguatos, zorros cangrejeros. Y en sus mares existen diversas especies de peces y crustáceos de importancia alimentaria, como pargos, meros, barracudas, róbalos, sábalos, delfines, ballenas, langostas, cangrejos, tiburones y cuatro especies de tortugas documentadas.

En cuanto a la flora, hay al menos trescientas especies de algas y corales que son el alimento para la fauna marina antes descrita, además de cuatro especies de manglares, fundamentales para filtrar y purificar los sedimentos y agentes contaminantes de las aguas; también son vitales para la alimentación, reproducción y resguardo de la fauna local y las aves migratorias.

Petroglifos de la Cueva del Indio, en el golfo de Cuare, realizados por los Caquetíos, de la familia de los Arahuacos. Se estima que datan del año 3600 antes de Cristo. Fotografía: Jorge Vilalta


La contaminación y sobrepoblación del territorio

Esa riqueza natural convive con una presión demográfica que no le da tregua. La ubicación de Morrocoy, en el noroeste de Venezuela, a menos de cuatro horas de viaje desde Caracas, Valencia, Barquisimeto o Maracay (cuatro de las cinco ciudades más pobladas del país), lo ha convertido en uno de los destinos turísticos más visitados. Esto ha generado un rápido crecimiento demográfico en las poblaciones de Tucacas y Chichiriviche, priorizando el desarrollo hotelero antes que la infraestructura educativa, sanitaria o vial, o la formación de los turistas y operadores turísticos para la conservación del ambiente.

Las aguas servidas no son tratadas antes de ir al mar. Esto, junto a la contaminación turística, las especies invasoras y los episodios de intensas precipitaciones que disminuyen la salinidad del mar, son las principales causas de la mortandad de los arrecifes coralinos. En el año 1996 perdimos el 88 % de ellos, según un estudio reseñado por el ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo.

Johan Freitez, de 44 años, luchador ambientalista desde hace tres décadas, trabajador del Instituto Nacional de Parques (Inparques) y militante del movimiento Otro Beta, nos relata que «en la pandemia se recuperaron nuestros espacios naturales, pero en los últimos cuatro años la sobrepoblación y el turismo se han incrementado sin control. Vemos esta realidad en todos los parques nacionales, especialmente en Morrocoy que recibe muchos más visitantes que el resto en temporadas altas, en vacaciones o en fines de semana».

Johan continúa: «Los parques nacionales tienen una capacidad máxima de visitantes. Al no haber límites se sobresaturan y hay un impacto ambiental que en muchos casos es irreversible. Debe existir respeto a esta capacidad de recibir a la gente. La conciencia de los turistas es otro aspecto importante: deben saber que todos los insumos que llevan a nuestros parques se convierten en residuos que deben llevarse nuevamente de esos lugares. En Inparques hemos hecho numerosos planes de recolección de desechos sólidos, pero aún no hay conciencia en la población».

Refugio de fauna Cuare y cerro Chichiriviche, visto desde el muelle de cayo Varadero. Fotografía: Jorge Vilalta


Los Juanes y la turistificación


El punto de quiebre reciente tuvo nombre propio: Los Juanes. Hubo un hecho que posicionó en el debate nacional la necesidad de hacer turismo sin dañar los ecosistemas: una enorme fiesta en una delicada zona del parque nacional Morrocoy, por la cual hubo detenidos y se tomaron estrictas medidas de control del lugar.

Los Juanes es un bajo, una suerte de isla sumergida. No hay arena seca, al bajar del peñero (lancha de madera en Venezuela) el agua llega hasta la mitad del cuerpo. Se ha convertido en un lugar turístico dentro del parque nacional debido a la transparencia y calidez de sus aguas, así como a los operadores turísticos que ofrecen deliciosos platos a los visitantes: pescados, mariscos y moluscos en distintas preparaciones. Está ubicado en el centro del parque nacional, entre los pueblos de Tucacas y Chichiriviche, por lo cual es un lugar muy frecuentado.

Dixon Guevara, de cuarenta y siete años, nacido y criado en Chichiriviche, trabaja como lanchero. Nos cuenta que «en carnavales hubo demasiada gente, más que nunca, y también hubo mucho desastre: derramaron espuma de fiesta, que es mala para el mar, eso contamina los manglares y el agua. Todo el mundo tenía música a full volumen, los yates hasta tenían djs. Dejaron un basurero: latas, botellas, desperdicios, hicieron sus necesidades ahí mismo en el lugar, directo en el agua. Estuvo muy mal hecho, y luego vinieron las consecuencias. El gobierno dio nuevas reglas para los Juanes, para cayo Sombrero y otros lugares. Mucha gente no entendió, algunos prestadores de servicio hicieron una especie de huelga en ese lugar. Había lanchas de la guardia costera y la policía acuática custodiando la zona».

Las medidas de salvaguarda del ambiente que menciona Dixon no se limitaron a esos lugares, sino que se abordaron otros temas y sitios de Morrocoy. Se generó un operativo nacional en el que participaron instituciones, ministerios, asociaciones de lancheros y pescadores, así como otros prestadores de servicio turístico. Incluso, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, se presentó en el parque nacional, para dar el apoyo político necesario e iniciar un plan interdisciplinario de turismo sostenible.

Johan cuenta sobre dicho operativo que «en cuanto a lo que sucedió en carnavales con Los Juanes, con la sobrepoblación de turistas y la contaminación que eso dejó, el impacto ambiental fue tan grande que nos tuvimos que abocar en específico a ese y otros puntos críticos del parque nacional. El ministerio de Ecosocialismo tomó varias medidas para resarcir el daño de manera inmediata: se limitó el acceso a varios puntos muy frágiles, donde habita fauna y flora endémica, para que pueda permitirse la regeneración de estos organismos, en especial los manglares, los corales y algunas especies amenazadas. Estos son procesos largos y complejos que ya se iniciaron; a su vez, se están realizando estudios científicos y técnicos para cuantificar y mitigar los daños ocasionados».

Dixon hace su propio balance de lo sucedido: «Se impusieron normas buenas, se prohibió la entrada de mascotas porque hacen sus necesidades y pueden atacar a otras personas, eso ya ha pasado. Prohibieron la entrada de botellas, porque las parten y las dejan en la orilla. Ahora los yates y lanchas no se pueden acercar tanto a la costa, sino en las boyas designadas para ello, tampoco pueden lanzar el ancla encima de los corales porque los dañan. Hace poco hubo un accidente, un turista chino estaba jugando pelota en el mar, pasó una lancha que no lo vio, le cortó la pierna y falleció desangrado. Lo de la música también se controló, eso ahuyenta a las aves, también hay mucha gente que se queja del volumen y del desorden».

Dixon, o «el Niño», como le dicen en el pueblo, argumenta que «se impuso como norma obligatoria que los turistas lleven los chalecos salvavidas. En esos días, a mí me detuvieron con mi peñero, iba hacia cayo Sombrero y los guardias me felicitaron, me grabaron y todo, porque estaban todos los pasajeros con sus chalecos, como debe ser. Hay unas reglas que se deben cumplir. Ahora, cayo Mayorquine y parte de cayo Varadero están cerrados, porque son lugares importantes de desove de las tortugas marinas. Pusieron letreros para que la gente no pase y hay boyas para que las lanchas tampoco puedan entrar».

Además de los cayos y bajos que permanecen con restricciones temporales al turismo, cayo Borracho, que es la isla del parque nacional más alejada de la costa, permanece totalmente cerrada desde el año 1995 debido a la contaminación que generó el turismo. Dejó desechos sólidos en el lugar y trasladó desde «tierra firme» a roedores e insectos que devoraron las aves, tortugas y lagartijas de la isla. En la actualidad, solo se puede acceder legalmente con permisos otorgados bajo estricta revisión, y con el único objetivo de desarrollar investigaciones científicas.

Los carnavales del año 2026 en el bajo Los Juanes generaron un debate nacional y prendieron las alarmas de instituciones y organizaciones ambientalistas. Foto: Radio Miraflores


Los cayos están desapareciendo y no estamos haciendo nada al respecto


Pero la crisis de Morrocoy no se mide solo en decibeles o botellas rotas; se mide en metros de arena que el mar reclama año tras año. En el área norte del parque nacional, existió una pequeña isla de veinte metros cuadrados llamada cayo Pelón, su nombre se debe a que no poseía vegetación alguna. Ha habido muchas hipótesis sobre cómo se perdió este cayo: algunos científicos dicen que fueron bacterias invasoras; otros, que fue el inexorable aumento del nivel del mar; incluso se dice que fue un proceso natural de las mareas porque se hundía de noche, lo cual no es cierto, acampé allí en varias ocasiones y eso nunca sucedió.

Investigando con la población local, hemos podido identificar dos causas principales. Una, la inundación de desechos y material arrastrados por las corrientes marítimas durante el trágico deslave ocurrido en el estado La Guaira el año 1999. Dos, una colisión contra la barrera de coral que protegía al cayo de las mareas y corrientes que terminaron inundándolo, arrastrando la arena y distribuyéndola por los alrededores. Dicha información ha sido contrastada con lancheros y pescadores del pueblo de Chichiriviche.

Volvimos a preguntar a Dixon, quien nos cuenta lo que vivió: «No es cierto que el cayo se hundió solo o que fue por el aumento del nivel del mar solamente. Primero, lo que sucedió estuvo relacionado con la tragedia de 1999, las lluvias hicieron que bajaran muchos desperdicios y desechos de gran tamaño desde La Guaira hacia acá a Morrocoy, esos desperdicios se montaron sobre la isla, lanzando la arena a los costados, disminuyendo la cantidad de arena seca que había. Luego, en el año 2004, encalló un barco pesquero de palangre, más o menos grande, en la barrera de coral, rompiendo la barrera natural que lo protegía. Sacaron el barco arrastrado e hicieron más profundo el hueco en la barrera, entonces las corrientes entraban directamente a la isla, y terminó de regar la arena hacia los costados. Pasó en unos pocos años».

Sin lugar a duda, la actual crisis climática, causada por la depredación y consumo infinito del sistema capitalista, ha causado el aumento del nivel del mar. Lo demuestran innumerables informes y estudios científicos que avalan el aumento del nivel del agua como consecuencia de la contaminación, deforestación y los gases de efecto invernadero. Sin embargo, hay mucho por hacer.

Existen varios métodos que, combinados, pueden lograr detener el avance de la subida del agua, como construir diques, muros, rompeolas u otras estructuras de contención de las mareas. Otra opción mucho más económica es promover la siembra de manglares (los mismos que están siendo deforestados), debido a que actúan como barreras naturales, protegiendo las costas de las corrientes marítimas, incluidos tsunamis o maremotos. Además, consumen grandes cantidades de gases nocivos del ambiente, que son los causantes del derretimiento en los polos, páramos y glaciares del planeta.

En el parque nacional Morrocoy, hay una situación de emergencia ecológica no declarada. Además del desaparecido cayo Pelón, hemos podido presenciar cómo cada una de las islas se ha ido achicando; la arena es devorada año tras año por el creciente mar.

Esto es especialmente notable en cayo Peraza, que ahora es la isla más pequeña del parque nacional, pero también es evidente en los cayos Borracho, Sombrero, Pescadores, Muerto y Sal. Dixon dice que «hace unos años estuvo acá un científico que hizo un estudio en la punta de cayo Sal, donde chocan dos corrientes marinas, y propuso que construyéramos un rompeolas que hiciera una ensenada para que no se siga comiendo a la isla. El proyecto fue denegado porque esto es un parque nacional, y supuestamente no se puede construir algo así. El tipo se fue, y el problema continúa».

Cayo Pelón, la isla que perdimos. Fotografía: Facebook «Venezuela, te extraño»


El futuro de Morrocoy


¿Pueden coexistir la recuperación ecológica y la subsistencia económica de quienes viven del turismo? Las medidas recientes tomadas por el Gobierno nacional para mitigar el impacto de la turistificación parecen haber surtido efecto, al menos temporalmente.

En palabras de Dixon, «ahora en Semana Santa, vinieron los turistas a los que les gusta la tranquilidad, no tanto a los que les gusta el bochinche. Eso fue bueno para el ambiente, pero no fue bueno para el negocio, porque vino menos gente. Tiene que haber una forma en que venga tanta gente como en carnavales, pero que entiendan que tienen que cuidar, y que el gobierno haga su trabajo poco a poco, para que la gente vaya entendiendo y adaptándose a las medidas que se están implementando”.

Johan nos recuerda que la única salida es colectiva: «Esto debe ser un trabajo conjunto, de las personas que viven en el territorio, de los turistas y de las instituciones responsables. Necesitamos un gran programa de desarrollo educativo que genere mayor comprensión y compromiso con la naturaleza, y la capacitación de los guardaparques y operadores turísticos, con un nivel más elevado de conocimiento y acción. Mucha gente no le tiene amor a lo que hace, mucho menos a los lugares que visita. Estamos sufriendo los daños que la humanidad se hace a sí misma, al dañar a la naturaleza.»

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