Fronteras caribeñas de la tierra incógnita de Venezuela

por | Ene 18, 2026

En noviembre pasado, un grupo de periodistas mexicanos viajamos a Caracas, y Chichiriviche, en Venezuela, para asistir a la presentación del medio independiente Ceiba, periodismo con memoria y conocer la experiencia de las comunas, barrios, organizaciones populares y movimientos sociales. Esta es una carta de reconocimiento a las personas que todos los días resuelven la vida cotidiana de sus familias y su comunidad, en medio de presiones geopolíticas que deciden la vida de millones. Es una mirada del Caribe mexicano al Caribe venezolano con admiración y respeto por la forma tan caribeña, política y aguerrida de mantener su dignidad como pueblo unido.

Fotografías: Katia Rejón

Yucatán, México. – La frontera más difícil de cruzar en Venezuela es la de su monotema. Despegarse del supuesto fracaso socialista para hablar de todos los pliegues de sus montañas, de las niñeces jugando básquet en las plazoletas y su población tan saludable de guacamayas y zamuros, como les dicen a los buitres.

Venezuela, ¿por qué nadie me contó sobre tus muros con las pintas de “Aquí la pelea es bailando”?, ¿por qué no tenía en mi pizarrón de palabras la palabra “motorizado” si me sería tan útil? Venezuela, ¿por qué nunca había leído el verso No nos beberemos el mar para extender nuestros dominios, de Belén Ojeda?

Por fortuna vengo de un lugar donde también cantan los cristofués y crecen los yarumos (yo les digo x takay y guarumbos) entre lodazales donde el racismo cría a sus peores pirañas. De donde soy, las fronteras terrestres no se toman tan en serio porque es más importante saber si el otro conoce y sabe bailar El Oso Polar de Nelson Kanzela. Por fortuna vengo del Caribe, ese lugar que Esteban Emilio Mosonyi describe como “un lugar geopolítico donde concurren ostensiblemente realidades antropológicas –físicas y culturales– de cuatro continentes, en una medida y con una variación mucho mayores que en la casi totalidad del globo terráqueo”.

Crucé la frontera de México desde Cancún hacia Venezuela, pero no la del mar Caribe, un lunes de noviembre de 2025. La primera parada fue una panadería donde un Santa Claus jugaba con su celular. Yo llevaba una guía de pájaros de Caracas y solo en los primeros minutos del viaje en auto encontré paraulatas llaneras, chocolateras, zamuros y guacamayas. Ese mismo día por la noche caí en cuenta de que ningún mapa o guía iban a prepararme para la visita, que toda mi brújula serían personas cuya historia estaba tejida con los paisajes y eso era un mapa a escala 1:1 para recorrer algunas partes de este país.

En su libro El arte de perderse, Rebecca Solnit menciona el atlas Waldseemüller de 1513 donde a partir de lo que hoy son Venezuela y Brasil hay un espacio en blanco con las letras grandes y gruesas de Terra Incognita. El vacío representa un continente cuya historia colonial no comenzó con las agujas de izquierda y derecha, sino con las de amos y esclavos.

Solnit dice que “las zonas señaladas como terra incognita en los mapas nos dicen que el conocimiento también es una isla rodeada de los océanos de lo desconocido. Nos indican que los cartógrafos sabían que no sabían y la conciencia de la ignorancia no es ignorancia sin más, sino que es una conciencia de los límites del conocimiento”.

Entonces sabiendo que no sabía nada, decidí ser una hoja en blanco, y abracé (literalmente) a un motorizado y cerré los ojos confiando en que su intención de atravesar el caos de la ciudad a toda velocidad no iba a matarnos.

“Es más fácil si me abraza”, me había dicho antes de embutirse entre los autos.

Fachada de una de las casas de la Comuna El Panal en el barrio de Santa Rosa


Aquí vive un pueblo organizado


Hace mucho tiempo que no veía tantas niñeces jugando al papagayo –en la Península de Yucatán también se le llama así, pero en el resto de México se le conoce como papalote– en las calles de una ciudad. Recorrimos la comuna El Panal y el barrio Santa Rosa donde en cada puerta había una señal de identidad comunitaria: “aquí vive una abuelita”, “aquí vive un futbolista”, “aquí vive un tapicero”. Un perro chihuahua salió de una de las casas con una bravura desproporcionada a su tamaño y desde adentro una mujer le gritó: “¡Sansón!” Pensé que hasta los perros portaban su identidad con la misma transparencia. Ella nos contó sobre cómo nació la organización popular entre los vecinos, cómo había cambiado sus vidas el saberse soberanos a pesar de todo.

Hablamos de otros procesos de organización popular en México, especialmente de los pueblos originarios. De las contradicciones entre lo legítimo y lo legal, del espacio entre lo que se podría hacer y lo que se puede hacer, del lugar de las mujeres al frente de las revoluciones territoriales. Nos mostraron el censo de la población del barrio y uno de los visitantes preguntó de broma si había lugar para uno más. En el censo estaban registrados los animales: 90 gatos, 20 pájaros, 25 especies diversas y 108 perros, incluido Sansón.

Censo de las mascotas de la comuna El Panal

Un sastre nos invitó al taller del que formaba parte, explicó cómo funcionaba la empresa social, una forma similar a las cooperativas en México. Ese año el excedente de la empresa había pagado los sueldos de los maestros de la “pluriversidad” (lo que otros espacios llamarían universidad). Tanto él como todas las personas que conocí en ese viaje hacían distintas versiones de la misma pregunta fronteriza: “¿Verdad que no es como imaginaban?”

Busco en internet información sobre el Movimiento Alexis Vive, aún tengo fresca en la memoria la voz de uno de sus amigos contando cómo fue su asesinato. Las primeras búsquedas arrojan a un medio que critica al proyecto comunista por tener empresas y que elige palabras de una forma muy creativa. Nombra “matadero” a la carnicería popular que tiene el barrio, el lenguaje de la periodista es mordaz, irónico, y despectivo. Sus palabras son mapamundis de escala 1:50000 que no llegan a hablar sobre los mototaxis rojos donde se reparte carne de buena calidad y a un precio más bajo que el mercado. Le llama “olfato empresarial” a lo que el sastre de El Panal explicó con estas palabras:

“Los herreros son del pueblo, los panaderos son del pueblo, los carpinteros son del pueblo, los albañiles son del pueblo. En vez de esa fuerza productiva estar a disposición de las empresas privadas, vamos a organizar medios productivos a favor del pueblo”.

La periodista describe (yo diría “disfraza”) a las personas que dirigen este espacio como gente enardecida y viene a mi cabeza esa tarde en El Panal. La emoción de pedir una foto grupal y posar frente a diez celulares. Las cervezas que compartimos con ellos después de que nos mostraran donde estuvo un mártir palestino y nos hablaran del internacionalismo. La calma y curiosidad con la que nos preguntaron sobre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en México mientras comimos una pizza. La sensación común de alivio, de saber que nadie va en soledad.

La guerra, pienso o leí en alguna parte, empieza con la declaración. Y las palabras pueden ser ruidosas, inexactas, ambivalentes, injustas. La periodista que escribió ese raquítico perfil del barrio le habría puesto Goliat a Sansón.

La costa de Chichiriviche vista desde una lancha en el mar Caribe


El ritmo del Caribe está en el cuerpo


Mi pareja de juego fue un hombre de unos sesenta años que considero guapo, de cabello largo y canoso y manos firmes. La salsa a tope no me dejó escuchar su nombre. Mientras en un lado jugaban bolas criollas y en el otro la gente bailaba alegre, nosotros frente a frente sacamos “la cochina”. 

El dominó es un juego caribeño como lo explica Bad Bunny en su canción DtMF, también es una de mis aficiones desde niña. Tenía ganas de ir a Las Lavadoras para embriagarme de ron y bailar salsa, pero se me atravesaron señores que me dejaron jugar con ellos una vuelta completa de 80 puntos.

Cuando habla de estereotipos caribeños, Mosonyi enlista el calor, la arena, el mar y el disfrute de la vida: “Nos molesta profundamente que un área cultural se trate a reducir a expresiones musicales o coreográficas estereotipadas”, aclara antes de decir que por debajo de la propaganda turística existe una potente realidad que voy a resumir en amor a la vida. A tomarse en serio una ronda de dominó y azotar apasionadamente una pieza o alzar los brazos cuando el marcador va 10-60.

En medio de ese bar popular de Las Lavadoras entendí que hay otras fronteras invisibles (perdón por el lugar común) entre las clases. Que hay gente en todas partes del mundo dispuesta a defender primero su clase o la aspiración a una clase antes que su propio territorio. Prefieren, como diría Bad Bunny, ser Hawai. Pero también hay personas como el joven lanchero que nos llevó de la costa de Chichiriviche al puerto La Zorra, en La Guaira, y dijo mientras hacíamos bromas de los piratas del Caribe: “Aquí los vamos a estar esperando”.

Y en medio, por encima, por debajo y hasta atrás, toda esa diversidad caribeña de la que habla Mosonyi, la mayor variación del globo terráqueo.

Joven pescador de Chichiriviche que atravesó todo el viaje hasta La Guaira de pie con el viento en contra.


Soles para las tierras incógnitas 


Fui a Caracas para presentar en la Expoesía II Feria Internacional del Libro de Poesía de Venezuela, un libro de crónicas que escribí, llamado Tierra de sol. Me sentía tan abrumada por la tierra incógnita en la que estaba que solo pude balbucear algunas cosas de mi tierra de sol. Recuerdo que mencioné algo sobre el debate interno que tuve cuando lo escribí porque no sabía cómo medir la legitimidad para contar la historia de mi territorio: ¿Quién podía hablar sobre Yucatán? 

Por ese libro entendí que una puede vivir muchos años en un lugar sin conocerlo y sin reconocerse a sí misma como parte de él. Que es muy fácil adoptar la historia oficial que siempre es la historia de las élites y las autoridades, pero que en medio de ese jaloneo del poder oficial existimos personas como piezas de un juego y elegimos a un jugador olvidando que en nosotros está el movimiento. Incluso la historia que se cuenta sobre los mayas es la historia de sus gobernantes y en ese libro quise registrar las voces que han sido despreciadas y deslegitimadas con juicios racistas y condescendientes.

Por ese libro hoy tengo claro que la frontera más importante es la que te lleva a las personas organizadas, las que están haciendo algo y no pidiendo que alguien las salve. Como los pescadores de chivita de la costa del golfo de México, las mujeres que siembran girasoles en sus milpas en Sotuta y las niñeces mayas de Oxkutzcab que transforman sus espacios públicos.

Costurera de un núcleo del movimiento social Somos Otro Beta que está en la parroquia de Petare.

Este texto, como el libro que presenté, como las notas de todos los medios de comunicación, como todos los mapas que existen en el mundo, no es una representación exhaustiva. No puede ser una representación de nada más que una experiencia incompleta y temporal. Quienes crecimos con poco hemos aprendido a economizar todos los espacios, así que quiero dedicar la hoja rayada que regresé siendo de ese viaje, a un recuerdo particular:

La mujer afro que en medio de un baile de samba tomó la llamada de su hermana al otro lado del mundo, llorando asustada porque en las noticias salió que Estados Unidos estaba aterrorizando a la población. Su voz furiosa, contándonos lo que le dijo su hermana y pidiendo a los mexicanos que estábamos ahí que nos pronunciáramos, no con lo que ellos nos decían sino con lo que habíamos visto. Esa petición desesperada me retumba cada vez que leo el slogan ‘No hablen de Venezuela si no son de Venezuela’ que tapizó la conversación internacional cuando Estados Unidos bombardeó Caracas dos meses después.

Y dedico solo una frase a quienes dirán con palabras blancas y negras que esa voz es de gente fanática o comprada: Tú no los escuchaste celebrar cuando, en ese barrio chavista, se decretó el fin de toda figura autoritaria y se invocó el poder del pueblo organizado.

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