Las calendas oaxaqueñas ya no son lo que eran: mientras algunas desaparecen, surgen otras que, aunque también se nombran “calendas”, distan de ser esa tradicional celebración pública de la fe y la vida comunitaria de la población de Oaxaca. Especialistas responsabilizan a las autoridades por no impulsar políticas públicas que protejan su patrimonio cultural intangible y llaman a la acción urgente, antes de que las calendas y la identidad cultural oaxaqueña se pierdan por completo.
Fotografías: Lilia Balam
Oaxaca, Oaxaca.- Las calendas oaxaqueñas están en riesgo. Mientras algunas desaparecen por la gentrificación, surgen otras que lejos de ser una celebración pública de la fe y la vida comunitaria de la población de Oaxaca son una “peda enorme” al servicio de turistas que denigran la tradición.
Los especialistas responsabilizan a las autoridades por no impulsar políticas públicas que protejan su patrimonio cultural intangible y llaman a la acción urgente, antes de que las calendas y la identidad cultural de Oaxaca se pierdan por completo.
Turistificación contra la identidad
“Se está perdiendo la tradición y se está perdiendo la identidad”, sentencia Anna Santibáñez, gestora cultural que, junto a su colega Yadca Guzmán, realiza una investigación sobre las calendas de Oaxaca.
Ella lo sabe mejor que nadie: no solo ha dedicado los últimos dos años de su vida a documentar e investigar esta tradición, sino que nació en el seno de una familia devota de la Virgen del Carmen, patrona del barrio del Carmen Alto, ante la cual fue presentada a los tres meses de edad como china oaxaqueña, es decir, con el ajuar tradicional de las mujeres del barrio de China, que representa a las trabajadoras del mercado.
“Mi abuela fue madrina de calenda de la Virgen del Carmen, atendía a las bandas de música, les daba de desayunar, comer y cenar, daba los cumplimientos. Era muy natural esperar a que llegara julio, porque el 16 era la celebración de la Virgen y mi casa se llenaba de fiesta. Era un aroma a comida que te transporta a un recuerdo de tradición, de orgullo, de identidad”, relata Anna.
Santibáñez creció entre calendas, una práctica que surgió después del siglo XVI, como una estrategia de evangelización: los frailes dominicos realizaban recorridos para evangelizar indígenas, llevando unas marmotas: esferas gigantes de carrizo forradas de tela en las que pintaban relatos bíblicos, explican Santibáñez y Marco Tzoalli, artesano de carrizo e integrante del colectivo Miscelánea Oaxaqueña de Acción Común.
A esos recorridos les fueron añadiendo elementos, hasta que se convirtieron en una actividad para anunciar las fiestas patronales. “Precisamente, la palabra ‘calenda’ probablemente tiene su origen en el griego ‘kalein’, que significa ‘resonar’ o ‘llamar’”, añade Santibáñez. Y así fue como pasaron a ser celebraciones organizadas por los barrios como una demostración pública de fe hacia el santo patrono de su parroquia: con música de chirimía, que es un conjunto de flauta de carrizo y tambor; pirotecnia, mujeres vestidas con sus trajes típicos y canastas que “gritaban con sus cuerpos su agradecimiento”.
Sin embargo, desde hace ocho años, la calenda de la Virgen del Carmen desapareció por los procesos de gentrificación: el predial –impuesto que se paga por una propiedad– subió y la gente originaria del barrio, incapaz de pagar los altos precios, se mudó a otros sitios más accesibles. De acuerdo con Tzoalli, en algunas zonas de la capital oaxaqueña, como el Centro Histórico, el predial subió hasta 150 %, por lo que algunas personas optaron por ofrecer sus casas para alojamiento, a través de Airbnb o las vendieron y se mudaron a las afueras, donde hay problemas de seguridad o de abasto de servicios básicos.
“A la par, los barrios se llenaron de personas que no se adaptaron a las tradiciones porque no les gustan las actividades o el ruido», explica Tzoalli. “Por ejemplo –detalla Santibáñez–, en el barrio del Carmen llegó a la iglesia un sacerdote italiano que no disfrutaba las celebraciones y no las alentó. Un fenómeno similar ocurrió con la calenda de los Siete Príncipes, que se dejó de organizar durante un largo tiempo”.
Pero no solo la gentrificación afectó a las calendas: también la turistificación. Desde el matrimonio de Erica González, hermana de Jorge Emilio González (expresidente del Partido Verde Ecologista de México, mejor conocido como Niño Verde), celebrado en 2004 en el templo de Santo Domingo y en el Jardín Etnobotánico, se comenzó a perfilar a Oaxaca como un destino para bodas. Pero, la investigación de Santibáñez apunta a que la apuesta por el turismo masivo como principal fuente de ingreso en la entidad comenzó después del violento enfrentamiento entre la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), y el exgobernador Ulises Ruiz, que estalló en 2006.

“Decayó fuertemente el nivel turístico y económico. Y se trató de idear la manera de que Oaxaca volviera a ser atractivo, porque por el conflicto se cancelaron muchos eventos, como la Guelaguetza, porque venir aquí era señal de que prácticamente podían ser asesinados los periodistas”, narra la especialista.
“Desde entonces se comenzó a forjar el proyecto de bodas con destino turístico», afirma. Y aunque al principio solo ofrecían paquetes con ceremonias religiosas en las iglesias y recorridos de celebración por las calles con brindis de mezcal, poco a poco comenzaron a integrar elementos propios de las calendas: las marmotas; las estrellas; los monos, que son títeres gigantes hechos de carrizo; e incluso empezaron a contratar a mujeres para que se ataviaran como chinas oaxaqueñas y bailaran.
“Entonces comenzaron a denominarle ‘calenda’ a todo: calenda de boda, de graduación, de bautismo, de cumpleaños, hasta de revelación de sexo de los bebés. Comenzó a ser más costeable para los extranjeros, pero dejó de ser accesible para los oaxaqueños”, explica Santibáñez.
Por si fuera poco, desde la pandemia mezclaron elementos propios de comunidades del Istmo o de otros pueblos fuera de la capital, como los tiliches, que son figuras tradicionales del Carnaval de Putla Villa de Guerrero; o la vestimenta típica de San Melchor Betaza, San Juan Bautista Tuxtepec o el Istmo de Tehuantepec.
“Las personas que portan los trajes no tienen la identidad ni el respeto por portar un traje. No por el hecho de que seas oaxaqueño tienes derecho a vestir cualquier traje. Yo puedo ser oaxaqueña, pero no voy a portar un traje del Istmo de la misma manera ni con el mismo orgullo que una verdadera istmeña. Estas personas desconocen el significado de las faldas, el simbolismo de la canasta que cargan, los aretes, el lazo. Ahora traen una cadena medio trenzada, aretes hechos en China, malbaratan el trabajo artesanal de nuestros orfebres. Los trajes son deplorables, son miserables. Y a estas personas a veces hasta las ves tiradas, acostadas en el piso, denigrando el traje”, expresa la investigadora.
Para Santibáñez, el golpe de gracia fue observar que las personas que cargan los faroles, las marmotas o los monos son excluidas de los eventos sociales: no forman parte de la fiesta, como en las calendas tradicionales, sino que las dejan afuera de las iglesias donde se celebran las misas o de los locales donde se realizan las recepciones. Y ella misma ha atestiguado los malos tratos que reciben, sobre todo de turistas extranjeros.
“Nos siguen viendo como un pueblo pobre, al que pueden venir y pisotear, como un pueblo que pueden venir a explotar”, señala.
Así, la calenda pasó de ser una celebración religiosa, relacionada con el arraigo comunitario, a una peda enorme, de acuerdo con Tzoalli. Por ello, Santibáñez considera que denigran la cultura oaxaqueña: hicieron que la tradición se convirtiera en “un adorno, un circo, un espectáculo, una cosa montada, un entretenimiento». No están preservando la tradición, no eres parte de una fiesta, no eres cultura: eres un adorno. Estas prácticas son denigrantes, exclusivas y desplazantes”.

No vender la cultura oaxaqueña “como si fuera una empanada”
La responsabilidad –siguiendo a Santibáñez– es de las autoridades, ya que no se han impulsado políticas públicas para proteger este patrimonio cultural. Lo único que se ha realizado al respecto es elevar las tarifas de los eventos, pero esa medida no erradicó las falsas calendas, solo las encareció y las hizo accesibles únicamente para los sectores adinerados de la población.
Y aunque en 2022 entró en vigor la Ley Federal de Protección del Patrimonio Cultural de los Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanas (mejor conocida como Ley Harp) que defiende las manifestaciones culturales de los pueblos originarios, el esfuerzo es muy reciente y no se han realizado otras medidas a nivel local.
Por ello, Santibáñez sospecha que los propios funcionarios tienen vínculos con las empresas de eventos sociales. “Venden a Oaxaca en todo su esplendor”, recalca.
Ante este panorama, la población ha manifestado su preocupación: el 27 de enero de 2024, el colectivo Ocho Truenos organizó una marcha-calenda contra la gentrificación en Oaxaca, precisamente para denunciar esta y otras consecuencias de la gentrificación y la turistificación. El evento no estuvo lejos de la polémica: la policía detuvo a seis manifestantes y el gobernador Salomón Jara calificó la protesta de racista, comparando a quienes participaron con Adolfo Hitler.
La solución a esta problemática no es sencilla, porque, por un lado, una parte de la población depende de estas actividades para subsistir. Pero, en la opinión de Santibáñez, quienes se dedican a ello deben dignificar su trabajo.
Su propuesta es que las calendas sean declaradas patrimonio cultural intangible y se les proteja con una especie de denominación de origen, es decir, que se deje de nombrar “calenda” a las actividades que se ofrecen en los eventos sociales, y no se les permita emplear elementos característicos como los monos, las marmotas o las vestimentas típicas, pues las calendas “tienen tradición, identidad, cultura e historia” y urge su recuperación y protección. De lo contrario, “van a dejar de existir”.
Pero hasta ahora, las personas que trabajan en esos eventos sociales, que se hacen llamar ‘moneros’ o ‘calenderos’, no quieren acatar medidas para proteger la calenda como patrimonio cultural.

Para Tzoalli, la verdadera solución es que “las comunidades entiendan su lugar en el territorio y lo valoren, para que nadie pueda despojarlas de su patrimonio cultural tangible e intangible. Para ello, es fundamental que se impulse a las nuevas generaciones a conocer sus raíces y la riqueza cultural que guardan”.
“Teniendo una identidad bien cimentada –finaliza Santibáñez– conociendo lo que hizo tu cultura, tu pueblo o tu organización, será muy difícil que te puedan despojar de eso. Teniendo un cimiento tan fuerte va a ser muy difícil que tú puedas vender así tu cultura, como si fuera una empanada, o puedas ceder el territorio de una manera tan simple”.





