Cuando el poder premia al saqueo, la revolución no pide permiso: se levanta y construye desde los márgenes. Frente a la injerencia militar y el ascenso de la ultraderecha, la disyuntiva para 2026 no es electoral, sino existencial: la apuesta es por la construcción del sentido de vida ante la imposición de la muerte.
Fotografías: Heriberto Paredes y Ariadna A. Mogollón
I
El año 2025 demostró que la batalla por la opinión pública y el sentido común de los pueblos puede ser tan decisiva como la de los puertos petroleros. Dos gestos lo ejemplifican con claridad: la escritora Laura Restrepo y otros intelectuales abandonan el Hay Festival de Cartagena para rechazar la presencia de María Corina Machado y, en Oslo, Julian Assange presenta una denuncia formal contra la Fundación Nobel por premiar a esa misma persona. ¿El motivo? Que la líder de oposición venezolana llama abiertamente a la intervención estadounidense en su país.
Aunque separados por un océano, ambos actos comparten un mismo impulso: la convicción de que frente a lo que perciben como intervención imperialista y el avance del fascismo la respuesta no debe ser el debate en foros neutrales, sino el rechazo frontal. Cuando Restrepo declaró que “con la intervención imperialista no se discute, sino que se la rechaza sin miramientos”, y cuando Assange acusó a la Fundación Nobel de complicidad activa, estaban practicando lo que gran parte de la izquierda institucional y cultural latinoamericana había olvidado: tomar partido sin ambages en lo que consideran la guerra fundamental, la de la dignidad contra el saqueo.
Este doble rechazo −articulado desde la literatura y el periodismo− ilumina un dilema clave de nuestro tiempo: que la revolución también vive en los márgenes, en la insistencia tenaz de quienes han aprendido que su fuerza reside en alzar la voz, ocupar sillas y levantarse de ellas cuando es necesario hacerlo.
Lo ocurrido en Cartagena y Oslo reveló una dinámica más profunda: que este tipo de poder ya no se ejerce ni se confronta únicamente en los edificios oficiales, sino en esos espacios −festivales, premios, tribunas mediáticas− que buscan normalizar un orden y dividir a sus críticos premiando a algunos para aislar a otros. La respuesta desde los márgenes ha consistido precisamente en desbordar esos espacios, negándose a legitimarlos con su presencia o su silencio. No se trata de ocupar una silla en la mesa del poder, sino de rechazar la invitación y, como hizo Assange, denunciar las reglas del juego.
A la par, en los pueblos de todo el mundo se construye, en los hechos, un internacionalismo desde abajo. Se teje no en cumbres diplomáticas, sino en el reconocimiento mutuo de quienes en Líbano o en Palestina, en Siria, Colombia, Venezuela o México, comparten una misma sensibilidad ante el colapso y una misma fe en la belleza política de la rebeldía y la organización, en las posibilidades de construir futuros diferentes a las oscuras realidades que se nos intentan imponer desde el capitalismo en su actual etapa neofascista.
II
Detrás de esta batalla cultural late el motor real del conflicto: el petróleo venezolano como botín y maldición. Las mayores reservas probadas del planeta han convertido a Venezuela en el campo de pruebas de una guerra híbrida donde los misiles son sentencias judiciales y los comandos son fondos buitre, mientras en el mar se asalta impunemente a buques petroleros. Todo esto responde a un “Corolario Trump” que ejecuta la doctrina Monroe sin eufemismos: América Latina debe ser un patio trasero estable, que acalle las luchas populares, sin incursiones de China, con sus recursos disponibles para Washington.
En este teatro, el Nobel a Machado no es un error de criterio: es la operación de soft power perfecta. Se premia a una golpista histórica (firmante del decreto que intentó aniquilar la Revolución Bolivariana en 2002) para blanquear su proyecto: ofrecer petróleo, gas y minerales a corporaciones estadounidenses a cambio de un puesto de virreina. Es el manual completo: demonizar al gobierno soberano, coronar a un títere local con premios internacionales, justificar la intervención como causa noble. Lo que Assange y los escritores denuncian es justamente esto: la fabricación de consenso para el saqueo, una estrategia que solo puede desmontarse desde fuera de los juegos de legitimidad que el propio imperio controla.
Frente a esta ofensiva multidimensional, el péndulo electoral izquierda-derecha se revela como la gran cortina de humo del poder. Los gobiernos autodenominados “progresistas” de la última década creyeron que podían administrar el capitalismo con rostro humano desde las instituciones burguesas. Moderaron programas, buscaron acuerdos con poderes fácticos, desmovilizaron a sus bases, desoyeron las demandas populares. El resultado es la deslegitimación autoinfligida que hoy alimenta a las ultraderechas de José Antonio Kast, Nayib Bukele, Javier Milei, Daniel Noboa, José Jeri, Rodrigo Paz, Santiago Peña Palacios y José Raúl Mulino.
Mientras, en los márgenes del sistema y de la geografía, se construye el único poder que de verdad puede fracturar el orden. La resistencia venezolana −desde las comunas, desde la clase trabajadora que ha demostrado sobreponerse a la crisis, desde el campo y la ciudad− nos da lecciones de lo que significa el poder popular y comunal en acción. La posibilidad de victoria, como muestran las luchas que se reconocen a través de los continentes, está en el encuentro entre los márgenes.
Está en que los obreros organizados, las mujeres que defienden su tierra y sus derechos, los jóvenes de los barrios populares, las comunidades indígenas y las disidencias sexuales que desafían el orden establecido tejan una solidaridad que ignore las fronteras dibujadas por los Estados. Es una solidaridad práctica, que mutualice recursos y conocimiento, que cree redes de refugio y que sepa distinguir entre el apoyo a los pueblos en lucha y la sumisión a los intereses de cualquier gobierno.
Por eso, el dilema para 2026 ya no es electoral, sino existencial: desde los movimientos sociales, las comunas, las organizaciones populares de base, los pueblos indígenas y desde cada individuo la apuesta es por la construcción del sentido de vida ante la imposición de la muerte.

III
Frente a este panorama vale la pena preguntarnos:
¿Seguiremos apostando por reformas graduales en un sistema diseñado para neutralizarlas o priorizamos el fortalecimiento de procesos organizativos que subvierten el orden establecido?
La lección del 2025 es clara: cuando las instituciones −desde los Nobel hasta los festivales− se ponen al servicio del saqueo, la respuesta no es intentar reformarlas desde dentro. La respuesta es construir contrainstituciones desde abajo: asambleas que resuelvan, comités que defiendan, ollas que alimenten. Los gestos de Cartagena y Oslo, bajo este esquema, no solo fueron protestas; fueron actos de fundación de una legitimidad nueva, que nace del rechazo y la denuncia, no del permiso concedido.
También tiene mucho valor cuestionarnos ¿cómo construir una integración latinoamericana que no sea otra cumbre de fotografía? La respuesta está en caminar sin plan maestro, pero con dirección clara. Es atender las demandas de nuestros pueblos, crear puentes entre las luchas, mutualizar lo que se tiene, convertir el margen, la periferia, en una posición de ataque, no de derrota. Es entender que nuestra fortaleza está en la red y en la trinchera.
¿Cómo defender procesos como el venezolano sin caer en la confusión de las narrativas impuestas por el norte global? La respuesta exige una ternura revolucionaria y rebelde: la capacidad de escuchar al pueblo; de criticar con lealtad, de defender sin canonizar. Es construir una democracia que sea, en sí misma, el antídoto: protagónica, comunal, feminista, hecha en las asambleas y en los cuidados, como es de hecho la democracia venezolana. Es la lección ética, simple y profunda de quienes boicotean un festival o enfrentan a un tribunal: se puede defender la soberanía de un pueblo sin renunciar a la exigencia y a la crítica.
2025, más allá de crisis, también nos deja enseñanzas y destellos de un cambio posible que se puede atisbar en la carta de una escritora que renunciaba, la demanda de un periodista que no se rinde, el turno de noche de un obrero petrolero, la olla común en un barrio olvidado o la convicción de un pueblo entero a defender su soberanía con la vida misma.
Por eso, para este próximo año queremos hacer un llamado a dejar de pedir permiso. Dejar de creer que el poder y la organización popular se construyen solicitando entrada a los salones donde ya decidieron excluirnos. Las personas que moldearán el futuro serán las que aprendan a organizarse, a persistir, a erosionar lo aparentemente sólido hasta que un día, sin estridencias, todo el paisaje del poder haya cambiado. Lo demás −las elecciones ganadas y perdidas, los acuerdos firmados, las reformas prometidas− es seguir creyendo que se puede domar la máquina en vez de aprender a destruirla. El futuro no pertenecerá a quienes mejor negocien su lugar en la mesa, sino a quienes no necesiten mesa para redibujar el mundo.





