Este cinco de marzo de 2026 se cumplen trece años desde el cambio de paisaje de mi querido pana y líder, Hugo Rafael Chávez Frías. Un solo ser humano que encarnó al pueblo pobre de Venezuela y de Nuestramérica, que desempolvó un proyecto histórico que se llama Bolívar y que transformó para siempre la realidad de nuestra tierra y de sus habitantes. No queremos hablar de su muerte; al contrario, vamos a celebrar su vida. Esta es una corta historia sobre Chávez el ser humano, con sus aciertos y contradicciones, y sobre cómo su impronta me transformó definitivamente.
Fotografías: Fundación Hugo Chávez, Cubahora, La Radio del Sur, Movimiento Otro Beta, Prensa Presidencial y Luigino Bracci
Caracas, Venezuela. – Ante la inmensa responsabilidad que representa escribir sobre Hugo Rafael Chávez Frías, líder histórico de la Revolución Bolivariana y expresidente de Venezuela, estuve pensando varios días qué decir sobre él. Hay una innumerable cantidad de textos que abordan su vida y su hacer: biografías, tesis, investigaciones que sintetizan los logros de su gobierno y el programa histórico que desarrolló. Finalmente, decidí escribir sobre Chávez el ser humano, que indisolublemente es un ser político, y cómo su fugaz paso por este mundo me transformó definitivamente.
En toda la historia de Venezuela no ha habido presidente como él. Nunca un gobierno había hecho tanto por su pueblo en cuanto a infraestructura, a desarrollo político, social y económico como lo hizo el suyo. Además, trajo de vuelta un proyecto histórico llamado Bolivarianismo, con el socialismo comunal como horizonte estratégico.
Chávez, el de las causas justas
Era diciembre de 1998, yo era un adolescente menor de edad, sin formación política, pero sí con algunos sueños: mi difícil infancia había generado que yo pudiera identificar que el mundo no estaba bien, que era un lugar muy injusto y violento. Nació la sensibilidad por el dolor ajeno, junto a aquella utopía de “querer cambiar el mundo”, de hacerlo un mejor lugar para todos y todas. En la televisión había cadena nacional. En las elecciones presidenciales de Venezuela, había ganado un tal Hugo Chávez.
Todos lo habíamos visto el 04 de febrero de 1992 cuando un sector de la fuerza armada nacional intentó dar un golpe de Estado al entonces presidente de derecha, Carlos Andrés Pérez, del partido Acción Democrática. Aunque el golpe fracasó, sirvió para poner en el mapa político nacional al entonces teniente coronel Chávez. Encumbrado por su valentía, coherencia y responsabilidad, dijo:
“por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital (…) ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre, ya es tiempo de reflexionar, y vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que oigan mi palabra, oigan al comandante Chávez que les lanza este mensaje para que por favor, reflexionen y depongan las armas (…) compañeros, oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento, y yo ante el país y ante ustedes asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano”.
Dos años en la cárcel de Yare I fue justo lo que necesitaba el joven militar para entender que su destino era inexorable e indelegable, que la lucha recién comenzaba. Luego del indulto presidencial del año 1994, se fue a recorrer todo el país, al encuentro con su pueblo, a observar la difícil situación estructural y cotidiana de Venezuela, y a planear cómo iba a abordarla.
Chávez era un ser humano sensible y conmovido, comprometido y decidido a cambiar la situación de miseria que sufría la mayoría del pueblo venezolano y que él mismo vivió cuando era un niño, en Barinas, en la región de los llanos. Él quería transformar la realidad de Venezuela, un país rico en recursos, pero con una distribución desigual de los mismos. Fue la encarnación de ese pueblo que ya no toleraba más la exclusión material y simbólica de los gobiernos burgueses, los cuales significaron cuarenta años de pobreza e invisibilización.
Chávez había ganado la presidencia contra todo pronóstico, agarró por sorpresa a la burguesía nacional y también a los gringos. Yo creo que no lo entendían, y siguen sin entenderlo, porque para quienes hacen política desde el odio, desde el egoísmo y desde el privilegio, Chávez es un faro demasiado brillante que no los deja ver.

Chávez, el estudiante
En el año 2003, Chávez y la Revolución se habían consolidado en el poder político. Recién había vencido el paro patronal petrolero, cuya burguesa tecnocracia había decidido que no le gustaba el presidente electo y había que tumbarlo. También había vencido el golpe de Estado del 11 de abril de 2002, un récord mundial: en tan solo dos días el líder regresó al palacio presidencial y retomó las riendas del proceso revolucionario. Los ricos no podían gobernar, ni con paros ni con golpes de Estado: este era el gobierno del pueblo, y Chávez era el líder indiscutible e intocable.
En esos años yo estudiaba en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas. Recuerdo claramente cómo hervían los salones, cafetines y jardines, recuerdo caminar por “tierra de nadie” (el jardín central de la universidad) y disfrutar de una miríada de estudiantes haciendo música, teatro, poesía o deportes varios. Sin embargo, lo más impresionante fue ver cómo todo el mundo hablaba sobre política, cómo hasta el más joven tenía una opinión sobre nuestro proceso y nuestro país. La Revolución Bolivariana estaba en ebullición, todo el mundo quería saber sobre Chávez y el chavismo, incluido yo. Gracias a mis compañeros de clases, hoy mis amigos y camaradas, pude acercarme y entender lo que estaba pasando en Venezuela, y lo importante que podía ser para el mundo entero.
Mientras eso pasaba, Chávez asumía que, tanto el proceso revolucionario como él mismo, estaban en construcción permanente. Una de sus mayores fortalezas fue saberse en esta dialéctica, asumir las contradicciones, reorientar y avanzar con ellas. Era un ávido lector, un autodidacta como pocos; todo el tiempo tenía libros a su alrededor, de los más diversos temas y autores. Desde el inicio de su gobierno hasta el año 2005, habló de una “tercera vía”, alterna al capitalismo. Luego se daría cuenta de la trampa que esto representaba para un proceso popular como el nuestro, y en el año 2005 asume que la tercera vía no era la respuesta que necesitábamos, sino el socialismo del siglo XXI.
Mucha gente no entendía o no le agradaba el concepto, probablemente por la campaña antiizquierda que había desarrollado Washington durante décadas, posterior a la irrupción de la Unión Soviética y a la neocolonización a la que fue sometida Venezuela en años anteriores a la Revolución. Yo no entendía mucho sobre el socialismo, así que también me tocó leer, hablar e intercambiar información y opiniones con mis compas, ver en el terreno y en la acción cotidiana cómo se construía eso.

Chávez, el valiente
En el año 2009, Venezuela estaba en un gran momento material y político: la economía no paraba de crecer, se había duplicado nuestro producto interno bruto en una década, la pobreza había disminuido más del 50 % y la pobreza extrema en más del 70 %, la cual representó para la fecha apenas el 7 % del total de la población.
En ese año, los movimientos sociales y consejos comunales proliferaban por doquier. Chávez creó y propuso las comunas como el centro de la construcción del socialismo en nuestro país. Cortamos relaciones políticas con el “m*ldito estado de Israel” (sus propias palabras), siendo el segundo país de América en hacerlo. En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático 2009, lanzó su famosa tesis “no cambiemos el clima, cambiemos el sistema”. Hizo una gira mundial para el relanzamiento de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y también viajó a varios países que tenían proyectos soberanistas como el nuestro, Libia, Irán y Rusia, entre otros.
Unos meses antes, habíamos fundado y financiado la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) para la integración y defensa conjunta del subcontinente. El futuro se veía cerquita, como con la certeza de que estábamos por lograr el sueño-proyecto bolivariano, de unir a todos los pueblos, convertirnos en una potencia y un bloque que disputara la hegemonía mundial, para alcanzar el equilibrio del mundo. Con Chávez todo era posible, todo era alcanzable, y ese compañero, cada vez que hablaba o hacía cualquier cosa, movía los cimientos de las viejas estructuras, tanto en Venezuela como en el mundo.
Por mi parte, tenía un par de años estudiando y trabajando en una escuela-canal juvenil de la ciudad de Caracas, llamada Ávila TV. Fue otra gran escuela de la Revolución para mí, era increíble la libertad y opulencia creativa de la programación, la capacidad técnica de las y los chamos que allí trabajaban, y la claridad política y de clase de la directiva del medio. Más que un canal televisivo, era un novedoso método para comunicar y formar a los jóvenes, siempre priorizando a los sectores populares. En cuanto a lo político, nos organizamos en una asamblea de trabajadores con control obrero, un espacio orgánico de jóvenes chavistas que teníamos control absoluto de todos los procesos del canal.
Un ministro que luego se destapó como un contrarrevolucionario y consecutivas juntas directivas que no tuvieron la capacidad de entender la potencia política y comunicacional del canal, debilitaron la estructura orgánica y producción de Ávila TV. Como consecuencia, este exitoso proyecto comunicacional y cultural de la Revolución Bolivariana perdió su esencia y objetivos iniciales. Sin embargo, quedó todo el aprendizaje de esos valientes chamos y chamas, quedó toda la formación política, y esos compas ahora están “dando la hora” en distintos medios de comunicación e instituciones, dentro y fuera de Venezuela.

Chávez, el compromiso
El año 2012 transcurrió rápidamente: pasaron muchísimas cosas en muy poco tiempo. A mi costilla Hugo le habían descubierto un cáncer en la pelvis unos meses antes; sin embargo, se puso al frente de la batalla política y electoral de ese año. Logró la consolidación de las misiones socialistas, en especial, de la Misión Vivienda. Conceptualizó el Plan de la Patria 2013-2019, una suerte de planificación estratégica del Estado venezolano. Finalizó con su victoria electoral el 7 de octubre, cuando fue reelegido como presidente para el período 2013-2019.
Nosotros nos habíamos organizado en un movimiento social, el Otro Beta, inicialmente conformado por pequeñas organizaciones e individualidades de los territorios de la región capital, aunque luego nos fuimos expandiendo. Fuimos protagonistas de la campaña electoral del presidente, conceptualizando y desarrollando la campaña política juvenil “Chávez es Otro Beta”, que tuvo notable impacto tanto en los resultados de las elecciones nacionales como en el sentido común de nuestro pueblo. Fue la primera campaña que puso a Chávez como un joven venezolano más, practicando básquet, manejando una moto o rapeando con un “blin-blin” guindando del cuello. Lo bajamos del Olimpo y lo pusimos a dialogar en condición de igualdad con las distintas expresiones de nuestro pueblo.
En plena campaña y en su último cumpleaños en vida, nos invitó a la tarima en el barrio de Petare, el 28 de julio de 2012. Decidimos que nuestros voceros ante el presidente fueran chamas y chamos de ese barrio. Luego de preguntar qué significaba eso del “Otro Beta”, se declaró militante del movimiento: “Yo soy Otro Beta, pues”, dijo mientras nosotros brincábamos de la felicidad entre el público. Qué fresquito se siente el poder hacer algo significativo por tu pueblo, sobre todo por los excluidos y los vulnerables.

Una campaña tan frenética y emocional como la de ese año, no podía tener un clímax más coherente: el 4 de octubre se realizó el cierre de campaña en el centro de Caracas, la histórica movilización llamada “marcha de las siete avenidas”. Nunca nadie pudo contabilizar cuánta gente había allí, pero sin duda fue la marcha más grande de la historia de Venezuela. No importó ni un poquito que cayera un diluvio durante toda la movilización: nadie se fue. Es que nadie podía irse, el ambiente era de felicidad plena, aunque todos veíamos a Chávez, inflamado por el tratamiento contra el cáncer, brincando y cantando bajo la incesante lluvia junto a su pueblo que tanto le amaba y que hubiese estado allí todo el tiempo que él pidiera.
El Comandante arriesgó su vida una vez más, por el bien común. Así lo quería él, eso había decidido. Nosotros, muy en el fondo del corazón, teníamos fe en su recuperación plena. Ganamos las elecciones, una vez más, tres días después. Y el 8 de diciembre de ese difícil año 2012, la última alocución a la nación de Hugo Chávez, entendiendo que el final estaba cerca y asumiendo su compromiso histórico, pronunció las palabras que nadie olvida: “hoy tenemos Patria. Venezuela ya hoy no es la misma de hace veinte años, de hace cuarenta años. Tenemos un pueblo, tenemos una Fuerza Armada, la unidad nacional. Si en algo debo insistir en este nuevo escenario, en esta nueva batalla, en este nuevo trance (…) es en fortalecer la unidad nacional, la unidad de todas las fuerzas populares, la unidad de todas las fuerzas revolucionarias, la unidad de toda la Fuerza Armada (…) los adversarios, los enemigos del país no descansan ni descansarán en la intriga, en tratar de dividir, y sobre todo aprovechando circunstancias como estas, pues. Entonces, ¿cuál es nuestra respuesta? Unidad, unidad y más unidad (…) mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que −en ese escenario que obligaría a convocar como manda la Constitución de nuevo a elecciones presidenciales− ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Yo se los pido desde mi corazón.”

Chávez, el ejemplo
El cinco de marzo de 2013, a las 04:25 de la tarde, después de varias operaciones y tratamientos para luchar contra un cáncer presuntamente de colón que, misteriosamente, le surgió “de la nada” hasta convertirse en una pelota de golf en pocos meses, mi pana Hugo fallece. Es difícil explicar cómo nos sentíamos en el país, cada quien llevaba su duelo de distintas formas, pero yo recuerdo que sentí como si se hubiese vuelto a morir mi papá: vulnerable, confundido, profundamente triste y con la sensación de que era muy injusto con él, y con nosotros también.
El velorio fue una demostración del amor y de la belleza que solo un pueblo, enamorado de su líder, puede regalar: millones de personas se volcaron a las calles espontáneamente para manifestar su admiración y agradecimiento a semejante espécimen de la raza humana. Todos los sectores y gremios del país compartieron su cariño de distintas maneras, acompañando la caravana hasta el Fuerte Tiuna, donde se llevó a cabo el velorio. Las colas para verle en el féretro eran tremendas, pero nadie se movía de su lugar, motivados por darle un último adiós al presidente.
Nosotros fuimos con el Otro Beta. Éramos un grupo grande y hacíamos turnos para poder descansar y también cuidar nuestro lugar en la cola. Llegamos en la tarde y pudimos presentar nuestros respetos y agradecimientos en la mañana del día siguiente, más de doce horas después de haber llegado. Esa era la devoción que él despertaba en su pueblo. A mí no me gusta ver a la gente cuando muere, prefiero recordarles en vida y no hacer caso a la mórbida costumbre cristiana de regocijarse en el sufrimiento y asumir la muerte como un destino final. Sin embargo, recuerdo que vi su cara, toqué el féretro, susurré mi afecto y mis deseos de que su tránsito fuese ligero, y a llorar por montones, porque las lágrimas también pueden nacer de la gratitud y del amor verdadero.
Parafraseando al gran cantor Alí Primera, Chávez no es un pensamiento muerto ni un santo, para prenderle una vela. En estos días oscuros, cuando se quiere imponer a la muerte a través del fascismo, nos tenemos que impregnar del Chávez humano: del carajito que vendía dulces para sostener a su familia, del hombre que no cantaba tan bien pero igual cantaba a cada rato, del líder que rompía el protocolo de seguridad para darle un abrazo a alguien, del indoblegable que entregó su vida entera por nosotros.
Hugo, el de carne y hueso, con todas sus contradicciones y sus muchísimos más aciertos, nos guió hasta nuestros días. Chávez vive, somos nosotros, millones de seres humanos que luchamos todos los días por un mundo nuevo, donde quepamos todos, donde todos tengamos una vida digna y donde podamos vivir en paz.





