En siete postales sobre la Navidad venezolana se muestra cómo la celebración convive con la agresión imperialista y el día a día del proceso bolivariano: consultas populares, festividades adelantadas y tradiciones populares junto a amenazas y ataques de Estados Unidos, campañas mediáticas, guerra psicológica o debates internos. Un mosaico navideño donde cultura, política y vida cotidiana revelan un país en disputa y resistencia permanente.
Fotografías: Mikel Moreno y MIPPCI
La Navidad empieza en octubre
Es 15 de octubre y un amigo llega al Aeropuerto Internacional de Maiquetía procedente del País Vasco, viene a disfrutar de unas breves vacaciones. Al salir, lo primero que le sorprende es el aeropuerto con la decoración navideña: árboles iluminados, luces de colores, osos con gorros de Santa Claus y adornos que invaden cada espacio. Mientras recorre Caracas, descubre que este espíritu festivo no se limita a un aeropuerto o un centro comercial: hoteles, calles, plazas y casas muestran la misma atmósfera, acompañada de la música de esta época, las gaitas, un género originario del Zulia, marcado por el cuatro, las maracas, la charrasca, la tambora, el furruco y los coros colectivos, con temas de la época o cotidianos, que suenan en comercios y bares.
La Navidad empezó oficialmente el 1 de octubre en Venezuela. Leímos y escuchamos sorpresas fingidas desde medios extranjeros ante esta decisión del Gobierno venezolano, críticas de analistas que no viven en el país y burlas en redes sociales. Sin embargo, adelantar la época festiva no es algo nuevo; ocurre así desde hace varios años. En un contexto de agresión prolongada, en distintos formatos, por más de veinticinco años, casi todo el país lo agradece o, al menos, no lo cuestiona. La Navidad, época de encuentro familiar y de amistades, ha servido en los años más difíciles de crisis, ataques, hiperinflación o guarimbas, para sobrellevar, aunque sea temporalmente, estas duras situaciones.
Solo una minoría, cuya mentalidad funciona en modo “made in U.S.A.”, rechaza esta costumbre ya arraigada de adelantar y prolongar las festividades. Prueba de ello son las declaraciones de dirigentes opositores como María Corina Machado, quienes afirman que “no hay Navidad posible en medio del dolor”. Pero esos discursos cada vez encuentran menos eco. Hoy, ni siquiera la opositora Conferencia Episcopal Venezolana se atreve a repetir su mensaje de 2019 ante la misma situación, cuando comunicó que “el modo y el tiempo de su celebración compete a la autoridad eclesiástica”. Quienes no entienden este país –porque en la práctica nunca han formado parte de él– jamás podrán volver a gobernarlo.

Venezuela agredida por Estados Unidos
Algo más de un mes antes del inicio de la Navidad venezolana, llegó la concreción de una amenaza que se venía anticipando desde hacía tiempo. Con la excusa de una supuesta “lucha contra el narcotráfico”, Estados Unidos comenzó a atacar en el Caribe y posteriormente amplió su radio de acción al Pacífico, destruyendo lanchas sobre las que no existía ninguna prueba de que transportaran drogas.
Sí, todo el poder del imperio contra unas lanchas.
En algunos casos, además, los bombardeos se realizaron contra barcos que ya habían sido atacados, en los que aún quedaba alguna persona herida. El objetivo de estas acciones era que no quedaran rastros de la procedencia de las embarcaciones, de sus ocupantes, de su carga ni de la profesión de los tripulantes, que se sospecha que en la mayoría de los casos podrían ser pescadores. Hasta el momento han sido destruidas veintitrés lanchas, en las que han muerto ochenta y siete personas: sin acusación, sin pruebas, sin juicio.
El imperialismo estadounidense, acompañado siempre por el silencio cómplice de sus socios europeos, no respeta ninguna ley ni norma internacional y asesina impunemente en cualquier parte del mundo. Esta vez, en nuestro continente. Las acusaciones a Venezuela de narcotráfico y de intentar “envenenar a la población estadounidense” ahora se extienden a otros países de la región, como Colombia o México.
En estos momentos, la amenaza es atacar por tierra, ya que, en palabras de Trump, “no hay barcos en el agua ya”, a lo que, en tono de mofa, en una recaudación de fondos para el salón de baile de la Casa Blanca, añadió “de hecho, ya nadie quiere ir a pescar. Nadie quiere hacer nada cerca del agua”. Estas nuevas amenazas, que implicarían bombardeos en territorio venezolano, incluso han llevado a aerolíneas internacionales a cancelar temporalmente sus vuelos a Venezuela.
Lo que al principio parecía una agresión enfocada en “recuperar” el petróleo que los gringos creen suyo, ahora se perfila como una amenaza regional: estas son las nuevas normas de Estados Unidos, y quien no se pliegue sabe lo que le espera.

La hallaca, tradición navideña
Con la Navidad llega la tradición de las comidas propias de esta época. La más extendida, casa a casa, en Venezuela, es la hallaca: una masa de harina de maíz condimentada con onoto (colorante natural rojo que se extrae de las semillas de un arbusto, conocido como achiote en otros lugares), rellena de un guiso que varía según la región y envuelta en hojas de plátano. Su elaboración es un ritual familiar y de amistad, donde cada quien hace su parte: se pican los aliños, se prepara el guiso, se amasa la harina, se limpian las hojas para utilizarlas como envoltorio, se amarra con pabilo… Todo en comunidad, a veces durante varios días, donde se comparte comida, bebida y celebración.
Hay varias explicaciones sobre el origen de este plato. Sea cierta o no, a mí me gusta la que da Francisco Herrera Luque en su novela Los amos del Valle, según la cual surge en el contexto de la construcción, por indígenas esclavizados durante la Colonia, de la vía que lleva de Caracas al mar:
“En aquel tiempo la comida era poca y los muertos muchos. Don Sancho pidió sus sobras a los vecinos para hacer mazacote con el maíz. Donaron las sobras descompuestas que desechaban los cerdos. Fueron más los indios muertos por el potingue que los acallados por las culebrinas. Sucedió para Pascuas. El Obispo, severo, impuso por penitencia a los caraqueños que comieran en diciembre lo que tantas muertes hizo: sobras y picadillos mezclados con maíz y guarnecidos en hojas de plátano, hasta que Caracas fuese Caracas. Somos andaluces y avispados. Escamoteamos las penas. Hicimos el mazacote con los mejores picadillos y vinos dulces de sacristía. ¡Vivos que somos los caraqueños! ¡No hay quien nos dé lo vuelto!”

Encuestas y mentiras internacionales
En medio del asedio y las amenazas guerreristas de Estados Unidos, la prensa internacional se hace eco de una encuesta según la cual, “el 89.09 % de los venezolanos apoya las acciones que lleva adelante Donald Trump contra el chavismo”. Es decir, según el discurso hegemónico con el que pretenden engañar a la opinión pública, ese porcentaje de venezolanas y venezolanos estaría a favor del asesinato indiscriminado de pescadores en el Caribe, de la cancelación de vuelos internacionales en Venezuela, de la guerra económica junto con el bloqueo y las sanciones contra el país, de invasiones con ejércitos o con mercenarios, o de cualquier cosa que se le pudiera ocurrir al presidente norteamericano.
Es evidente que hay un porcentaje de venezolanos que respalda ese tipo de acciones: los vemos en medios y redes a diario. También es evidente que ese porcentaje es más alto fuera de Venezuela, porque solo fanáticos o desquiciados podrían estar de acuerdo con que bombardeen el país en el que viven, creyendo, además, que eso no les afectará personalmente.
Pero afirmar que casi el 90 % sostiene esa opinión implica algo que los grandes medios llevan intentando imponer desde hace más de veinticinco años: que el chavismo no existe, que nadie es chavista. En consecuencia, según la lógica de esta matriz de opinión, cada vez que se organizan elecciones y el chavismo gana es porque el partido gobernante ha cometido fraude. Ese es el discurso que repiten ante la imposibilidad de ganar en las urnas.
La frase “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad” se atribuye al dirigente alemán Joseph Goebbels, jefe de propaganda, primero del partido nazi y luego del III Reich, de ideología cercana a quienes hoy pretenden hacerle la guerra a Venezuela. En el caso que nos ocupa, han superado con creces los mil intentos, sin éxito hasta ahora. Pero lo seguirán intentando.

Consulta Nacional Popular
A finales de noviembre, y con la veeduría de decenas de observadores internacionales, Venezuela organizó su cuarta Consulta Popular Nacional del año. Esta fue, a su vez, la sexta consulta desde que este mecanismo para decidir el financiamiento estatal de proyectos comunales comenzó a funcionar en 2025. Mediante elección popular directa, y con el apoyo organizativo del Consejo Nacional Electoral, se escogieron dos proyectos prioritarios para los habitantes de cada una de las 5336 comunas y circuitos comunales del país.
Frente a un discurso que repite una y otra vez que en Venezuela no hay democracia, a pesar de ser uno de los países con más procesos electorales en los últimos veintiséis años, hoy incluso los proyectos comunales se eligen por voto directo en elecciones. Pero no se trata solo de priorizar dos iniciativas estratégicas para transformar la vida en el territorio de cada comuna, sino también de profundizar en el poder de decisión sobre cómo, dónde y hacia qué áreas se orientará parte del presupuesto del Gobierno nacional.
Este proceso no consiste únicamente en la votación, el financiamiento y la ejecución de las obras; comienza antes, en los debates de cada Consejo Comunal, las asambleas, la discusión de proyectos e incluso la selección de los centros de votación. Y finaliza cuando la contraloría social verifica la ejecución exitosa. Representa una expresión genuina de autogobierno, planificación colectiva y unidad comunitaria. A pesar de las agresiones, en Venezuela se sigue construyendo poder y Estado comunal.

No todo son victorias
El Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela es una iniciativa estatal de educación musical para niños, niñas y adolescentes, ideada antes del chavismo pero financiada y masificada por el Gobierno bolivariano. Imitada en numerosos países, ha sido premiada en instancias internacionales por sus logros en educación, por acercar la música a todos los sectores de la sociedad y por su aporte a la lucha contra la exclusión social.
Una amiga llega al centro educativo de El Sistema, como se le conoce popularmente, para recoger a su hija al salir de clases. Los vigilantes le impiden el acceso y le niegan la posibilidad de llevársela, llaman a la directora del núcleo y esta le da la explicación: lleva un vestido y, aunque le llega por debajo de la rodilla, infringe las normas de vestimenta impuestas por el Ministerio del Poder Popular para Ciencia y Tecnología, sede del núcleo donde estudia la niña. Igualmente, aunque parezca mentira, los padres, madres y representantes no pueden ir a buscar a los menores, según una publicación de la Dirección Sectorial de Talento Humano, en vestimentas “tan ofensivas para la moral” como jeans desgastados, minifaldas, shorts, suéteres con capucha, leggins, escotes o los mencionados vestidos.
Esta situación se repite hoy en distintos ministerios e instituciones del país: trabajadoras y trabajadores deben soportar discriminación por parte del personal de seguridad o de directivas de Recursos Humanos, y, en casos como este, incluso madres o padres que van a buscar a sus hijas sufren estas arbitrariedades.
En algún momento de la Revolución, personas desideologizadas y arribistas comenzaron a ocupar ciertos puestos de responsabilidad, y hoy han empezado a ejercer el poder que alcanzaron sin que nadie los controle. Este es un ejemplo de abuso de poder, pero también están quienes vacían presupuestos institucionales con obras o arreglos realizados por sus propias empresas, quienes contratan sus compañías de logística para repartir bolsas de comida a los trabajadores de la institución, y tantos otros casos bien conocidos.
En un momento en que las prioridades urgentes del país son otras –como responder a una agresión externa o tratar de reflotar una economía golpeada por sanciones y bloqueo– habrá que pensar en marcar en el calendario el día en que comience la tarea de sacar de sus cargos a estos elementos contrarrevolucionarios, antes de que sea tarde.

Not War, Yes Peace
La canción de la Navidad suena ya en todas las esquinas. Probablemente será también la canción del próximo año, si la dinámica política actual continúa unos meses más. Se llama “Not War, Yes Peace” y circula por todas las redes sociales. Nicolás Maduro la bailó por primera vez el 24 de noviembre, tras la marcha en Caracas por el Día Nacional del Estudiante Universitario, y desde entonces se volvió viral. El tema mezcla unas palabras en inglés en contra de la guerra y a favor de la paz, pronunciadas días antes por el presidente venezolano, con un ritmo de changa, un género de música electrónica, popular en los barrios del país.
El video se viralizó internacionalmente, acompañado de escenas de Maduro bailando y hablando un inglés tarzaneado, como él mismo lo definió. Su pronunciación imperfecta, junto con su baile, han sido utilizados, como ya ocurrió con tantos otros episodios anteriores, para intentar ridiculizarlo o compararlo con el poco celebrado estilo de baile de Trump.
La diferencia esencial entre ambos presidentes es que, mientras el guerrerista mandatario norteamericano amenaza con invadir y bombardear, asesina pescadores en el Caribe, niños indefensos en Gaza o científicos en Irán, por solo mencionar algunos casos, Maduro reclama paz desde la alegría y el humor caribeño. Desde el norte global, donde casi nadie es capaz de seguir un ritmo que implique mover las caderas, cada baile de Maduro se observa desde una perspectiva que no logra comprender lo que ocurre en otras partes del mundo. Y del mismo modo, cada discurso del presidente venezolano se escucha bajo esa misma incomprensión, en latitudes donde pocos políticos pueden hilar dos frases sin leer un guion o sin que alguien les dicte palabra por palabra lo que deben decir.
En Venezuela, la gente a veces se refiere a los políticos de la época previa a Chávez como “momias”: moldeadas a imagen y semejanza de los referentes del norte. Aquí ya no hay momias. Aquí hay dignidad.





