“Nuestra rebelión es quedarnos en el pueblo”

por | Dic 14, 2025

Las semillas de maíz criollo se pierden a razón de una tasa de 3 % anual en México. De acuerdo con especialistas y productoras, la pérdida de la milpa se debe al cambio climático, la idea de desarrollo impuesta a las juventudes, que buscan empleos en otros sectores con la promesa de obtener una vida digna, y las políticas públicas neoliberales y neocoloniales. Pero en comunidades mayas existen colectivos en resistencia, dispuestos a recuperar la milpa.

Fotografías: Lilia Balam, Gelsy García y Valiana Aguilar

Mérida, Yucatán.– Valiana Aguilar creció entre los solares de sus abuelas en el municipio de Sinanché, Yucatán. Ahí conoció los ciclos de las siembras y las cosechas, aprendió a transformar los frutos de la milpa* y el vínculo entre la tierra y la cocina, pero salió de su comunidad para estudiar, persiguiendo la idea de mejorar su calidad de vida. En el camino solo se decepcionó con las dinámicas de instituciones y organizaciones no gubernamentales, lo que hizo que quisiera regresar a su pueblo.

“En las instituciones y en las organizaciones no gubernamentales se habla mucho de los conocimientos de los pueblos mayas, pero estos solamente se pueden preservar en la práctica, solamente podemos seguirlos reivindicando los espacios o lugares donde se generan”, explica Valiana en entrevista para Ceiba.

Al volver a su pueblo, en octubre de 2019, se encontró con una comunidad acechada por las amenazas de megaproyectos inmobiliarios y de energía eólica, aunque también con un pueblo abandonado: notó que era común que jóvenes, al igual que ella, salieran de ahí por la idea de encontrar una mejor calidad de vida afuera.

“Hay narrativas muy fuertes sobre dónde se genera el conocimiento o cómo se genera el dinero. Esta idea de lo que significa el desarrollo y una buena vida, en la que se desvaloriza el trabajo campesino y el trabajo comunitario, que apunta hacia una vida más individualizante, a la que nos quieren hacer aspirar, pero que realmente no es vida”, comenta.

Por eso, al regresar a su tierra, ella y su pareja, Ángel Kú, apostaron por la milpa maya, sistema agroforestal milenario de cultivo de maíz, frijol y calabaza o chile mediante métodos ancestrales. El especialista Javier Becerril, investigador de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) y cofundador de la Red Académica de la Milpa Maya (Ich-Ko’ol) Península de Yucatán, considera esos métodos como un “sistema ontológico” porque integra al maíz con conocimientos humanos intergeneracionales sobre las plantas, el entorno y el cosmos.

También como un sistema resiliente, porque consiste en que broten alimentos del imposible suelo de la península, de las piedras,  y porque ha persistido a través de los siglos a la invasión española y a diversas crisis sociopolíticas y económicas, con todo y sus implicaciones en políticas públicas neocoloniales y neoliberales del país.

Pero Valiana y Ángel fracasaron: las tierras estaban dañadas por el monocultivo del henequén en la zona. A diferencia de otras zonas del estado, en Sinanché ocurrió un proceso más violento de desaparición de saberes mayas que se perdieron con la explotación henequenera.

Para Valiana, la historia del suelo era un símil de la historia del pueblo. “Eso mismo que le hicieron a la comunidad, fue lo mismo que le hicieron al suelo: le impusieron un sistema esclavizante de monocultivo, de químicos, como maltrataron a la gente estaban maltratando al territorio”, compara.

El suelo –como la comunidad– estaba fracturado, erosionado. Pero había posibilidades de regenerarlo y sanarlo. También se dieron cuenta de que no eran las únicas personas que atravesaban esa crisis agrícola ni en la comunidad ni en el estado.

Lejos de caer en desánimo, ella y Ángel sembraron la semilla del colectivo Suumil Móokt’aan, como un acto de resistencia frente al constante desplazamiento de juventudes.

“Nuestra rebeldía es quedarnos en el pueblo, porque existen tantos estímulos externos que nos hacen querer salirnos y decir que no hay más oportunidad de sembrar y quedarnos en la tierra, nuestra rebeldía es buscar otras maneras de sembrar y quedarnos en el pueblo. Me quiero quedar en la tierra y no quiero que aquí esté la eólica, no quiero que estén aquí las inmobiliarias, no quiero que me desplacen de mi territorio”, señala.

El colectivo Suumil Móokt’aan busca revalorizar el trabajo en la milpa como una forma de vida digna. Fotografía: Lilia Balam


Las amenazas: la mentira del desarrollo, las políticas neoliberales y neocoloniales


Para Valiana, esta situación es un ejemplo de “desplazamiento forzado del campo”, uno de los factores que incide en la desaparición de la milpa maya. De acuerdo con el investigador Javier Becerril, las proyecciones de maíz criollo se reducirán entre 14 y 20 % en 2030, y entre 36 y 48 % en 2050, es decir, a razón de una tasa anual de 3 %. En Yucatán, las cifras de biodiversidad en la milpa y los solares también van en caída desde 2010.

Las políticas públicas igualmente hacen su parte en el declive de la milpa: entre 1940 y 1980, se implementó el modelo de industrialización vía sustitución de importaciones, con el boom petrolero y las negociaciones para el Tratado de Libre Comercio. Hasta en la autollamada Cuarta Transformación, en la que se esperaba un cambio, se continuó implementando un modelo económico neoliberal inercial, con la apuesta por la inversión extranjera directa, lo que, en palabras del investigador Javier Becerril, implica una mirada neocolonialista.

A la par de que se mantuvo este modelo, el Gobierno federal diseñó un programa llamado Sembrando Vida, el cual se enfocó principalmente en la reforestación y el impulso de sistemas agroforestales, como el modelo MIAF (Milpa Intercalada con Árboles Frutales). Promovieron el uso de bio-insumos y biofertilizantes (lombricomposta o supermagro) a través de biofábricas.

No obstante, el Gobierno federal, bajo el programa Fertilizantes para el Bienestar, continúa entregando paquetes tecnológicos con fertilizantes químicos.

En la península de Yucatán, esta política se concreta con la distribución, por ejemplo en 2025, de más de 30 000 toneladas de fertilizantes (DAP y UREA) en Quintana Roo y Yucatán, destinados a la producción de cultivos prioritarios como el maíz, frijol y calabaza. En específico, tanto en Quintana Roo como en Yucatán, los productores que manejan maíz, milpa y otros cultivos reciben un paquete de seis bultos de DAP y seis bultos de UREA por hectárea, con un límite de dos hectáreas por persona beneficiaria.

Aunque estos fertilizantes químicos no son plaguicidas, y a la vez resulta difícil establecer de forma directa su impacto en la salud humana, especialistas consultados por Ceiba señalan que su uso sí está relacionado con daños a los ecosistemas, como la erosión del suelo y el fenómeno de eutrofización en los cuerpos de agua, al escurrir hacia los mantos freáticos, un problema que aumenta cada vez más en la península de Yucatán.

Aunado a esto, de acuerdo con el investigador, esta visión sobre la producción agrícola no incentiva la agricultura agroecológica maya y tampoco genera esquemas que fomenten el consumo de los productos de la milpa, como comedores comunitarios o escolares en los cuales se utilicen esos insumos.

“Las políticas están hechas desde el escritorio, de arriba hacia abajo. Lo mismo de siempre y fracasan sin objetivos, sin reglas de operación y sin presupuesto. En Yucatán hablan del Renacimiento Maya. ¿Dónde están los resultados? Quiero verlos”, apunta el investigador.

Otros factores que inciden son el cambio climático, el impacto medioambiental de los paquetes tecnológicos y las políticas industriales promovidas por grandes empresas, la sustitución de semillas por variedades mejoradas tecnológicamente, sequías, el despojo de la tierra por el boom de la industria inmobiliaria y los megaproyectos, la gentrificación, hasta la migración de las áreas rurales por motivos de inseguridad y violencia.

También influyen los costos de vida de las personas jóvenes, que optan por trabajos más seguros que el de la producción milpera, en respuesta al modelo de desarrollo estadounidense de los años cincuenta.

“En 1988 decían que ahora sí venía el desarrollo, pero no, vino Zedillo. Hubo una transición de hegemonía en el PRI, entró Fox y que ahora sí iba a haber desarrollo. No sucedió. Vino Calderón y lo mismo. Vino Peña y lo mismo. Vino López Obrador y prometió mucho y no vino el desarrollo. Y ahora dicen que la economía florece y es pura mentira. Treinta y seis años nos han prometido desarrollo y no lo tenemos”, apunta el académico.


La riqueza verdadera


Para el investigador Javier Becerril, el camino hacia la solución del declive de la milpa requiere varios pasos. El primero, que los pueblos mayas tengan clara la gobernanza de su patrimonio biocultural y poder de decisión sobre él. Las políticas públicas deben diseñarse desde sus necesidades y con una mirada decolonial, de ser posible, en el mismo idioma de las y los productores, para lograr un mejor nivel de debate.

“Hemos asistido a diversas actividades del gobierno y solo se le da la palabra a funcionarios o personas que no tienen experiencia en la milpa, no se abren esos espacios a los productores, a veces a unos poquitos, pero no se transmite lo que realmente quieren decir porque todo se da en español. Habría que implementarlos en lengua maya para que la participación sea un poco más fluida, puedan sentirse seguros de expresar sus deseos, sus intereses”, recalca Gelsy García, fundadora del colectivo de productores  Maíz Criollo Kantunil.

También es necesario que se reconozca la labor de esos productores y todos los procesos que involucran la producción de los alimentos, que la gente “tenga la conciencia social de que el producto tarda mucho en llegar a la mesa y es una responsabilidad producir esos alimentos sanos y sostenibles para que la comunidad tenga sus alimentos”, por lo tanto, es necesario “cambiar la idea de que los productores son el último eslabón de la producción”.

“Vencer esa narrativa del mismo Estado y del sistema agroindustrial es una lucha también. Sería mucho mejor si se propusieran otro tipo de esquemas de producción. No es una utopía: si ya hay gente produciendo hasta una tonelada de tomate agroecológico, ¿por qué no promover ese modelo? ¿A quién convienen esas relaciones del Estado con las empresas de agroquímicos? ¿Al pueblo? No, les conviene a las empresas, gobiernos y a toda la mafia que existe alrededor de eso”, apunta Valiana.

Por ello, es imperativo que las comunidades retomen lo cotidiano como fuerza revolucionaria, que se cuestionen acciones básicas, como de dónde provienen sus alimentos, y busquen otras posibilidades de apoyo, construyendo sus propias economías a través de redes de intercambio.

El objetivo es que se luche por la vida digna para dejar de depender de los sistemas dañinos como el agroindustrial, que “se ve como un monstruo que abarca todos los espacios, hasta nuestros estómagos”, y se puede hacer más chiquito con el poder de decidir qué, cómo y cuándo sembramos y comemos.

“Sembrar y cosechar tu comida es un tipo de vida bonito. ¿Qué más lindo puede ser que comer lo que cosechas y saber que es un alimento sano, que no daña a la tierra ni a los territorios y que cuida a tu familia al mismo tiempo? Para mí eso es ser rico. Ser rico es tener tiempo, no tener que vivir con un jefe y, después de trabajar un montón de horas, ir a comer a tu casa algo que compraste que ni sabes quién preparó. Eso no es un ideal de vida y creo que nos han impuesto que esa es la única vida. Pero podemos encontrar otras maneras”, precisa Valiana.

El colectivo de productores de Maíz Criollo Kantunil apuesta por el rescate de saberes tradicionales. Fotografía: Gelsy García

Incentivar el consumo de los productos de la milpa y reincorporarlos a la dieta cotidiana mediante la difusión de información sobre su valor nutricional e identitario para la población maya, sin rayar en la folklorización de las comunidades, es el segundo paso. Si aumenta la demanda, se generará escasez, lo cual elevará los precios de los productos y atraerá a las y los productores.

“¿Qué puede ser más político que en el comer, sanar, vivir y habitar podamos cuestionarnos desde dónde estamos generando estos saberes? Porque bien nos pueden decir que la mejor comida es la transgénica o la que se produce con el sistema agroindustrial, pero si desde lo cotidiana tenemos una contranarrativa de que eso daña nuestra salud, no respeta nuestros sistemas alimentarios ni nuestros territorios, estamos generando otros conocimientos”, indica.

Para que la solución sea integral, se deben contemplar los principios del mercado justo y de la economía solidaria, con un firme respaldo en los pequeños productores. Para esto, uno de los factores primordiales es la educación de la parte consumidora: enseñar que los insumos reales no van a lucir como en el anuncio comercial de un supermercado, sino que van a ser distintos, feos, pero no por ello, menos nutritivos y valiosos, de acuerdo con el investigador Javier Becerril.

Y, finalmente, el tercer paso: ante el desinterés de las juventudes, es necesario presentar las prácticas agroecológicas de manera atractiva, para que sepan que es viable trabajar la tierra y rescatar los conocimientos de las y los abuelos, sobre todo mediante la cocina.

“Yo creo que la milpa sigue por nostalgia, por el rescate, por los recuerdos de los abuelos, y por la cocina, por la comida, que trae recuerdos de ciertas cosas. Ahí la milpa es viable. Siento que por eso continúa, porque el factor económico no es tan redituable”, indica Gelsy.


Las alternativas


Desde varias trincheras, varios colectivos se han organizado para rescatar la milpa maya. Por ejemplo, Valiana y Ángel, con Suumil Móokt’aan construyeron un solar en 2021. En ese lugar imparten talleres de agroecología y comparten saberes de la vida cotidiana, que consideran tienen un gran poder de transformación. Justo en ese espacio nació la Red Agroecológica de Jóvenes, impulsada por el solar agroecológico Yaaxché, de Mama.

En agosto de 2024, comenzaron el proyecto de siembra de una parcela sintrópica, un concepto que replicaron de Brasil. Consiste en aplicar patrones de regeneración de la propia selva mediante la mezcla de cultivos agrícolas, especies forestales y frutales en una misma unidad de tierra. En este caso, sembraron un sistema agroforestal y una milpa regenerativa.

Otros colectivos comunitarios están copiando ese sistema como una manera de aprovechar pequeñas porciones de tierra, regenerándola y sanándola mientras se siembra, para no dañarla. Ha funcionado: Suumil Móokt’aan ha sembrado árboles cítricos, maderables, plátano, papaya, pitahaya, piña, chile habanero y nopales, y ha cosechado cerca de media tonelada de comida.

El colectivo, además, organiza fajinas para promover este sistema agroecológico. Convoca específicamente a personas de Mérida, la capital del estado, para brindar un espacio a quienes se autoadscriben como mayas, pero viven en un contexto urbano. También para disminuir el impacto de los modelos de consumo de la capital.

“La ciudad está generando un nivel de consumo muy grande y ese consumo sí afecta directamente a las comunidades mayas. Poder vincular la parte más básica –como es la comida o los sistemas alimentarios– puede generar que se pregunten qué pueden hacer para reducir su consumo, qué pueden hacer para tener una mejor vida. Mucha gente viene a las comunidades mayas a hacer su tesis o a comprar productos, pero no solo se trata de ese vínculo económico, sino de otros que puedan hacernos tejer desde otras formas: del trabajo, de poner las manos, el corazón”, afirma Valiana.

Aunque el objetivo principal es difundir y construir conocimientos para garantizar la seguridad y soberanía alimentaria, lo cierto es que Suumil Móokt’aan también busca generar redes con otros colectivos agroecológicos, porque esos esfuerzos pueden “sentirse muy solitarios ante la realidad aplastante de que no toda la gente trabaje la tierra y los pocos que lo hagan enfrentan varios obstáculos, entre ellos que el trabajo campesino no sea bien pagado”.

El colectivo de productores de Maíz Criollo Kantunil ahora integra a nueve familias del poblado.  Tan solo en 2024 lograron producir dos toneladas de maíz y distribuir trescientos kilos de semillas. Buscan fomentar la agroecología y cuidar las semillas nativas de maíz y hortalizas.

En el colectivo realizan un curso de verano agroecológico, para enseñar estos principios a las infancias de Kantunil e involucrarlas en la milpa, “como un semillero de nuevos promotores agroecológicos”. También organizan, desde hace cinco años, la Feria de Semillas, como una actividad para conservar las semillas nativas, protegerlas de las amenazas que enfrentan por el cambio climático y la agroindustria extensiva y fomentar la distribución y consumo de productos de la milpa.

El colectivo de productores de Maíz Criollo Kantunil busca involucrar a las infancias en la milpa para generar un semillero de nuevos promotores agroecológicos. Fotografía: Gelsy García

Y en enero de este año, la Red Académica de la Milpa Maya (Ich-Ko’ol) Península de Yucatán surgió con el objetivo de documentar las prácticas tradicionales de la milpa maya, crear una base de datos abierta sobre el saber local para fortalecer la memoria cultural, generar investigaciones y promover la agricultura regenerativa mediante alianzas con las comunidades mayas.

“Que no nos vean como algo del pasado, un sinónimo de pobreza, un sinónimo de letargo. Verlo como es, con esa relación humano-naturaleza. Recordar que los mayas ven la milpa como una parte de su casa, como una parte de ellos. En cambio, el homo economicus es aquel capitalista empresario que solo ve cómo servirse, cómo explotar. Esto se trata de seguir entendiendo los valores y tener una agenda de largo plazo de investigación”, sostiene Javier Becerril.

A él, por ejemplo, su hija le recuerda cada cierto tiempo que se está perdiendo la milpa y le cuestiona por qué nunca hicieron nada. Javier siempre le contesta: “Pero sí tratamos de estudiarla y de promoverla”.

*Sistema agrícola mesoamericano caracterizado por el policultivo de maíz, frijol y calabaza. En Venezuela y Colombia se le conoce como conuco.

Notas relacionadas

Oliver Rivas: «El sentimiento fraterno es la garantía de la supervivencia de la especie humana»

Oliver Rivas: «El sentimiento fraterno es la garantía de la supervivencia de la especie humana»

En entrevista con Ceiba, el diputado Oliver Rivas calificó el secuestro del presidente Maduro como una «ruptura del orden constitucional» y un «ultraje» a la República. Desde el punto de vista jurídico, explicó que la asunción de la presidenta encargada siguió el mecanismo previsto para ausencias del mandatario, mientras que políticamente lo define como un intento de normalizar el poder injerencista de Estados Unidos en la región.

La batalla contra los agresores de la prensa

La batalla contra los agresores de la prensa

A pesar de las amenazas y las agresiones que se siguen registrando en contra de miembros de la prensa en Michoacán, un grupo de periodistas ha decidido enfrentar a sus agresores directamente, denunciando a quienes intentan impedir la libertad de expresión, como una forma de combatir la impunidad y cobrar caro el precio de la censura.

El carnaval uruguayo: resistencia y sátira política

El carnaval uruguayo: resistencia y sátira política

El carnaval uruguayo, además de cumplir el ritual de los tres días anteriores a la cuaresma, ha sido desde siempre una expresión de lo popular, de la más clara manifestación de la cultura afro y del legado de resistencia pasiva. Se mantiene en el acervo y la voz del pueblo oriental, entonada en los coros murgueros, con su picante humor y uso de la sátira política.