“Nuestra primera victoria es sostener una alegría rebelde»

por | Mar 15, 2026

Cuba enfrenta una ofensiva que combina violencia explícita y presión económica sostenida. ¿Cómo leer estos episodios más allá de la coyuntura? ¿Qué dilemas internos revelan? ¿Cuál es el papel que pueden tener las nuevas generaciones? Luis Emilio Aybar, sociólogo cubano, analiza en esta entrevista el significado de la agresión imperialista, las fracturas en el vínculo entre el Estado y el pueblo, y los espacios donde aún germina la esperanza.

Fotografías: Heriberto Paredes

Yucatán, México.– En un contexto de recrudecimiento del bloqueo y complejidades internas, sostener el proyecto revolucionario cubano se ha convertido en un desafío que trasciende generaciones. Para adentrarnos en las claves de esta resistencia, en Ceiba, periodismo con memoria, conversamos con el sociólogo cubano Luis Emilio Abyar, quien analiza las nuevas y viejas formas de agresión imperialista y el papel de la solidaridad internacional. También estudia cómo se forja y se expresa la rebeldía en las nuevas generaciones y cuál es su lugar en la defensa de una Revolución que, para ellas, es herencia y también construcción cotidiana.

Partimos de una premisa esencial: Cuba es agredida precisamente por no ser un país «normal», por sostener una herejía de dignidad y autodeterminación que, como un espejo incómodo, recuerda al mundo que otro modelo es posible. Frente a un imperio que convierte su castigo en una advertencia para otros pueblos, la simple supervivencia de la Isla constituye una derrota estratégica para el hegemonismo. Sin embargo, esa resistencia histórica se enfrenta hoy al desgaste interno, a la necesidad de renovar el pacto social y a la urgencia de que los más jóvenes encuentren en el proyecto revolucionario no solo un legado que defender, sino un futuro en el que participar activamente.

El reto no es menor. Va desde repensar la relación del Estado con el pueblo −superando paternalismos y abriendo espacios a la crítica constructiva− hasta identificar los gérmenes de lo nuevo que ya brotan en la cotidianidad. En un momento donde la esperanza puede verse asediada por la fatiga, la invitación es clara: salir de la parálisis para empuñar las armas de la participación, la transparencia y la rebeldía contra lo mal hecho, asumiendo que la principal victoria es sostener una alegría combativa y, sobre todo, compartir un motivo por el cual luchar.

¿Cuáles son las claves para entender las nuevas agresiones imperialistas sobre Cuba, y qué papel tiene el mundo en la defensa de la Revolución? ¿Por qué debemos defender a Cuba hoy?

El imperialismo nos agrede porque Cuba no es un país normal. Los países normales son los que acatan el hegemonismo norteamericano, cediendo soberanía y dignidad de manera cotidiana, naturalizada ya. Es importante entender que la autodeterminación de Cuba es motivo suficiente para que el Gobierno de los Estados Unidos nos convierta en una “amenaza” para su seguridad. Nuestra voluntad de independencia obstaculiza sus intereses de dominación.

Habría que preguntarse, sin embargo, por qué la agresión llegó a convertirse en algo tan abarcador y violento como el bloqueo, por qué se ha sostenido durante más de sesenta años y por qué se ha profundizado hasta convertirse en una ley que solo puede revocar el Congreso de los Estados Unidos. La respuesta es que la soberanía de Cuba ha sido la base para construir un modelo alternativo, con logros destacables en materia de justicia social, y para sostener una proyección rebelde en su política internacional, todo lo cual nos convirtió en un símbolo de los movimientos contestatarios a escala global. Una agresión tan grande solo se explica por la debilidad que las herejías de la Revolución Cubana infligieron al hegemonismo norteamericano.

“Hemos resistido aun en los tiempos más oscuros”. La Habana Vieja, 2019. Fotografía: Heriberto Paredes

El Gobierno de los Estados Unidos respondió convirtiendo la agresión en un castigo colectivo. En otras palabras, el bloqueo a Cuba cumple el papel de disciplinar y alertar al resto de los pueblos: “Esto es lo que les podría pasar si no se someten”. El problema actual del imperialismo es que Cuba se las ha arreglado para sobrevivir. Hemos sobrevivido, incluso, a sus victorias. Hemos resistido aun en los tiempos más oscuros. Esa es su derrota.

Nuestras señales de vida contienen el recordatorio de que el imperialismo norteamericano es el principal enemigo de la humanidad, en frente del cual Cuba mantiene una puerta abierta, un oxígeno de reserva para continuar la lucha. Esa lucha es de alcance internacional. Por eso me gusta decir a los camaradas, cuando preguntan cómo defender a Cuba, que existe una forma inmediata: la solidaridad directa, y una forma difícil y prolongada, pero definitoria: hacer avanzar los proyectos antisistémicos en sus países y en todo el mundo.

El vínculo entre el pueblo y el Estado que nace de un proceso revolucionario suele ser muy particular, casi fundacional. ¿Cómo describirías la naturaleza de ese vínculo en el caso cubano? ¿Crees que se ha mantenido intacto con el paso de las décadas o ha sufrido transformaciones profundas? ¿En qué momentos clave dirías que se ha redefinido?

Ese especial «vínculo entre el pueblo y el Estado» fue posible por un proceso en el que una nueva fuerza, integrada por masas crecientes de pueblo, identificadas y conducidas por una vanguardia política, logró derrocar el orden vigente y hacerse con el control de la institucionalidad cubana. El dato clave es que el poder del Estado se puso al servicio de las mayorías, al mismo tiempo que era transformado y activamente construido por el propio pueblo. Esto ocasionó que se le imputaran al nuevo Estado los mismos valores de la Revolución y que se consintiera en que el Estado hablara y actuara a nombre de toda la sociedad.

Esta fuerte identidad Estado-pueblo-patria-Revolución-bien común nace de un proceso histórico particular, pero recibe una suerte de santificación universal, como si las cosas no pudieran ser de otra manera. Así quedó perfilado también en el modelo de socialismo adoptado, marcadamente estatista. Sin embargo, desde muy temprana fecha, se comenzaron a sufrir los vicios de todo Estado, en tanto ente de dominación con efectos antagónicos a un proceso de liberación.

¿Cómo se combaten esos males cuando el acto de cuestionar a alguna instancia del Estado se interpreta como una agresión a la Revolución, a la patria, al bien común y a la unidad? Podemos afirmar que el proceso de burocratización de la Revolución ha sido alimentado por las características fundacionales de ese vínculo Estado-pueblo, el cual desató una fuerza extraordinaria, pero que, al mismo tiempo, produjo paternalismo, enajenación, desmovilización e ineficiencia institucional.

Un joven posa durante el rodaje de un videoclip musical. Callejón de Hamel, Centro Habana, 2019. Fotografía: Heriberto Paredes

Estos fenómenos han generado un deterioro político acumulativo, que se combina con el bloqueo para ocasionar dificultades económicas. El dilema que tenemos frente a nosotros es que existen problemas en nuestro Estado y en las relaciones que establecemos con él, que son difíciles de superar porque forman parte de una cultura política instalada y de una suerte de pacto social. La defensa dogmática del Estado viene mezclada con la creencia en la igualdad, la solidaridad, la justicia social, el antiimperialismo y el socialismo, y con la exigencia de que el Estado responda por todo.

En las últimas décadas se ha venido extendiendo en el pueblo un antiestatalismo furibundo. Debemos tener cuidado a la hora de interpretarlo, porque refleja una extraña vitalidad de expectativas y valores propios del pacto social que se sienten defraudadas. La profundización de estas fracturas, ocasionada por una serie de medidas adoptadas en el último lustro, obedece a un error estratégico −presente en el planteamiento mismo de las reformas iniciadas por Raúl[Castro]− que consiste en depositar la reformulación del pacto social en la liberalización económica. La apuesta fundamental debe ser el establecimiento del poder popular en todos los ámbitos −incluido el económico−, de modo que el Estado deje de ser el mediador entre el pueblo y su proyecto de sociedad.

La credibilidad de un proyecto político no se juega solo en lo que dice, sino también en lo que calla. En un contexto de crisis y desencanto, ¿qué crees que debería ser reconocido y asumido institucionalmente para comenzar a reconstruir puentes con la ciudadanía? ¿Qué «verdades incómodas» internas crees que, si se nombraran, podrían significar un acto de fortaleza más que de debilidad?

La defensa dogmática del Estado hace un bloque monolítico con respecto a todas sus instancias, desde un funcionario o institución menor hasta las estructuras superiores y los dirigentes máximos. Es sintomático que, incluso cuando se combaten o corrigen las fallas presentes en los diferentes niveles, el silencio prevalece. Esto obedece a varios factores. En primer lugar, la identidad mecánica de la Revolución con el Estado es con todo el Estado, lo cual dota de un significado mayor a cada uno de sus componentes. Por otro lado, tanto por la hostilidad sistemática de la propaganda enemiga como por las necesidades de movilización y respaldo popular, se ha privilegiado un discurso triunfalista de infalibilidad y espíritu de victoria. Por último, el silencio resulta útil para dosificar los conflictos, distender el momento, rebajar el significado de las fallas propias y disminuir la sensación de caos y de derrota.

Debemos reconocer que esta especie de pacto familiar, en el que «los trapos sucios se lavan dentro de casa», ha jugado un papel en condiciones de «fortaleza sitiada». Sin embargo, cada vez resulta más contraproducente, incluso para la mera reproducción del poder. El silencio ante realidades que se viven de manera intensa, que son de todas conocidas, refuerza la sensación de complicidad con lo mal hecho, impide distinguir las buenas de las malas prácticas, genera una atmósfera de impunidad y crea vacíos de información y desorientación en la población −para beneficio de la prensa enemiga. Dado que el espacio que debía destinarse a los problemas internos es ocupado por la explicación del bloqueo o por el abordaje de logros y esfuerzos, el discurso oficial se vuelve hipócrita, justificatorio y laudatorio para una gran parte de la gente.

La maldita circunstancia del agua por todas partes, diría el poeta Virgilio Piñera. Malecón de La Habana, 2019. Fotografía: Heriberto Paredes

Un camino diferente sería asumir con naturalidad la contradicción que entraña la existencia de tendencias negativas en el Estado −en el Estado de la Revolución−, profundizar el abordaje público de esos fenómenos y concientizar sobre el significado positivo que tiene el visibilizarlos y combatirlos, para que no sean instrumentalizados por la contrarrevolución. De esta manera, se produciría un efecto disuasorio sobre los portadores de tales tendencias, se incrementaría la denuncia y el combate popular, al recibir más información y respaldo oficial, y mejoraría la imagen de la Revolución, al reforzarse un distanciamiento crítico con respecto a los factores negativos presentes en el Estado. Esto requiere también lograr un distanciamiento autocrítico, una transformación del propio grupo dirigente.

Cuando el desencanto y la rabia ocupan el lugar de la esperanza, resulta legítimo preguntarse dónde están los gérmenes de lo nuevo. En el panorama actual, ¿dónde encuentras tú signos de creación, de resistencia esperanzada, de gente construyendo alternativas desde lo cotidiano sin esperar todo del Estado?

Los gérmenes de lo nuevo están en su mayor parte dentro del Estado. Su acumulado político, ideológico y organizativo ha sido tan grande que la lucha cotidiana por la sobrevivencia del proyecto revolucionario cuenta con mayores fuerzas dentro de la institucionalidad, aun cuando sean fuerzas extenuadas y mermadas en comparación con momentos anteriores. La idea de lo nuevo debe considerarse de dos maneras: «nuevo» en comparación con lo hecho hasta hoy durante la Revolución y «nuevo» en comparación con las relaciones económicas, políticas y sociales predominantes en el mundo.

Desde este segundo punto de vista, hay cosas establecidas en Cuba –incluso naturalizadas– que formarían parte de lo nuevo o alternativo en el mundo. Mantenerlas y lograr que sobrevivan hoy, aun reconociendo los fuertes impactos de la crisis, tiene un significado revolucionario. Existen iniciativas valiosas gestadas desde fuera, pero el día en que no se pueda contar con la institucionalidad y que mueran en ella las «buenas nuevas» de la Revolución, sería uno de los más tristes de nuestra historia patria. No creo que haya llegado ese momento y opino que hoy, frente a la agresión redoblada, debemos trabajar para que el Estado no termine de perder sus capacidades, de modo que mañana puedan recuperarse y ampliarse los revolucionarios derechos consagrados en nuestra Constitución.

Luego de un entrenamiento de box juvenil, dos muchachos habaneros posan mostrando sus mejores guantes. La Habana, 2029. Fotografía: Heriberto Paredes

Ya para cerrar, una pregunta más personal: en medio de un panorama tan complejo y lleno de contradicciones, ¿qué es lo que a ti te sostiene? ¿De dónde sacas la convicción para seguir empuñando lo que llamas «las armas» de la participación, la transparencia y la rebeldía contra lo mal hecho?

Uno de los versos de El punto cubano, una canción icónica de la música cubana, dice así: Yo soy el punto cubano / que en el campestre retiro / siempre le llevo al guajiro / la esperanza y la alegría / la esperanza y la alegría. Me parece muy simbólico que se junten esas dos palabras, la esperanza y la alegría, en una misma oración, en una misma idea. ¿Es posible tener alegría si se pierde la esperanza? ¿Vamos a permitir, entonces, que los opresores nos ganen esa batalla, que es casi la última batalla, la que no se puede perder? Creo que nuestra primera victoria es sostener una fe activa, una fe laboriosa, una alegría rebelde, que equivale a defender la vida.

A mí me sostiene el seguir trabajando, construyendo, usando el margen de acción que tengo para poder ampliarlo. Por eso suelo invitar a las personas que me rodean a salir de la parálisis, del fatalismo tan desmovilizador y productor de amarguras. Reconozco que la esperanza solo puede tener un significado político si la gente comparte un motivo para luchar.

Esa es una de las cosas que se ha debilitado en las últimas décadas, en parte porque se identificó demasiado el estado de cosas con el proyecto de sociedad, y el estado de cosas dejaba mucho que desear. Yo he aprendido a diferenciar la realidad que se vive en Cuba –tan difícil y contradictoria– del socialismo y el comunismo. Eso me permite no perder la brújula y esclarecer mi rabia, que nunca es contra el sistema de valores revolucionarios, sino contra aquellos factores que impiden su realización. Los males que padecemos son ocasionados por una combinación de imperialismo, capitalismo y burocratismo, es decir, por la insuficiente materialización del proyecto socialista en Cuba y en el mundo. Depende de nosotros modificar esa realidad. Por eso la crisis no me amilana, más bien reafirma mis convicciones sobre el camino correcto y me hace sentir que, en tiempos tan difíciles, mi contribución es más necesaria que nunca.

La alegría rebelde cubana. La Habana, 2019. Fotografía: Heriberto Paredes

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