Frente a la fragmentación impuesta y la dominación neoliberal, solo un camino garantiza la emancipación definitiva de los pueblos: la construcción de una unidad indoamericana fundada en el poder popular, la justicia social y la reconquista de una identidad propia. Este editorial explora el sueño histórico que, de Bolívar al presente, sigue exigiendo su realización.
Fotografías: Heriberto Paredes
La historia de Nuestramérica es un largo y tortuoso río cuyas aguas, desde hace más de dos siglos, buscan con obstinación un cauce común. Este caudal no es otro que el anhelo persistente, a veces subterráneo, a veces torrencial, de una unidad soberana, consciente de sí misma y radicalmente justa. No se trata de un mero ideal diplomático o de una conveniencia económica fluctuante; es, ante todo, un imperativo existencial, un proyecto civilizatorio inacabado cuya realización constituye la única garantía de emancipación definitiva frente a las viejas y nuevas formas de dominación.
Este proyecto hunde sus raíces en los sueños fundacionales de la Patria Grande y se nutre de la savia de las luchas populares, configurando una tradición política viva que, lejos de ser una reliquia del pasado, ilumina con urgencia los desafíos del presente. Para comprender su profundidad y su exigencia contemporánea, debemos trascender la mera crónica de esfuerzos unionistas y adentrarnos en su núcleo conceptual más fértil y descolonizador: la idea de Nuestra América como fundamento identitario y la unidad popular como estrategia insoslayable de poder.
La gesta independentista, en su origen, fue mucho más que un conflicto por la separación administrativa de las metrópolis europeas. Encarnó, en figuras cardinales, una primera formulación programática de lo que debería ser la vida social poscolonial.
En México, por ejemplo, José María Morelos, con la claridad de un rayo, en Sentimientos de la Nación (1813), estableció que la soberanía debía emanar directa y exclusivamente del pueblo, proscribiendo para siempre la esclavitud y las odiosas distinciones de casta. Pero su visión fue más allá de la igualdad legal abstracta; intuyó la necesidad de un equilibrio económico radical, dictando que las leyes debían «moderar la opulencia y la indigencia». Su pensamiento no era solo independentista, sino popular y social, buscando echar fuera al enemigo externo y, simultáneamente, abolir los tributos internos que oprimían a los más pobres.
Casi un siglo después, desde el corazón del Caribe amenazado, José Martí daría un giro crucial al debate. En Nuestra América (1891), su pluma forjó un grito de guerra contra el colonialismo cultural. Para Martí, la emancipación era un acto de autorreconocimiento: debía nacer del pueblo real, mestizo, indio y negro, y de su historia concreta, no de modelos abstractos importados de París o Filadelfia. Advertía con profética lucidez sobre el peligro del «gigante de las siete leguas» del norte y defendía al Caribe como la trinchera esencial de la dignidad americana, donde la soberanía ajena siempre «estorba» a la lógica imperial que reduce la región a un mero «patio trasero».

Entre ambos, la figura titánica de Simón Bolívar tejió el sueño integrador con hilos de realpolitik y profecía. Su convicción de que la unidad era una «necesidad histórica» para evitar que las jóvenes repúblicas cayeran, una a una, en las fauces del imperialismo naciente, resuena hoy con ecos dramáticos. En el Congreso de Angostura (1819) funda la Gran Colombia como ejercicio de unidad de diversas naciones y pueblos bajo una misma bandera. Luego, el Congreso Anfictiónico de Panamá (1826) fue el primer intento de institucionalizar esta visión de un Pueblo-Continente, una entidad política capaz de enfrentar, con la fuerza de la cohesión, a las potencias opresoras del mundo.
Sin embargo, la post independencia trajo consigo la fragmentación, el surgimiento de oligarquías criollas aliadas a nuevos centros de poder externo, y la perpetuación de profundas desigualdades sociales. Los Estados nación, delineados a menudo por los intereses de las élites y los accidentes de la guerra, demostraron ser cáscaras vacías de soberanía real para las mayorías. Fue en este contexto de desencanto y búsqueda de una auténtica identidad revolucionaria donde emergió, con fuerza conceptual renovadora, el término Indoamérica. Acuñado por el pensador peruano Víctor Raúl Haya de la Torre en El lenguaje político de Indoamérica (1938) durante su exilio en México, esta palabra es un manifiesto en sí misma. No es una simple alternativa geográfica a «Latinoamérica» o «Hispanoamérica». Es una declaración de independencia mental y una tesis civilizatoria.
Haya de la Torre hizo una crítica fundacional a las denominaciones heredadas. “Hispanoamérica” le parecía un anclaje nostálgico y reduccionista al colonizador español, invisibilizando el sustrato milenario previo y la dinámica posterior. “Latinoamérica”, aunque más comprehensiva, enfatizaba un vínculo cultural con la Europa latina (particularmente Francia) que podía operar como otro velo, otra forma de dependencia intelectual que opacaba la singularidad del proceso regional. Y el “Panamericanismo”, promovido con vigor desde Washington, era percibido −correctamente− como un instrumento de hegemonía política y económica, un marco que, bajo la retórica de la solidaridad hemisférica, buscaba subsumir las soberanías del sur en un proyecto dirigido por y para los intereses de Estados Unidos.
Frente a estas etiquetas coloniales o neocoloniales, “Indoamérica” se erige como la afirmación de una civilización original, única y en devenir. No es una provincia excéntrica de Occidente, sino el fruto de un encuentro histórico singular −y frecuentemente trágico− entre las culturas indígenas milenarias, el aporte europeo (ibérico, pero también de otras migraciones), la herencia africana y la geografía abrumadora y definitoria del continente. Este encuentro, modulado por un tiempo histórico propio, dio a luz algo nuevo, irreductible a sus componentes. En esta concepción, el «indio» deja de ser un problema social o un objeto de estudio antropológico para convertirse en el fundamento ontológico de la identidad regional.
Es el cimiento histórico que otorga especificidad, raigambre y un sentido de pertenencia a la tierra. El mestizaje, por tanto, no es una mera categoría racial o biológica, sino un proceso cultural y político dinámico en el que, como bien señala el pensamiento nacional-popular, «dentro del campo popular todos tenemos una raíz indígena». Esta raíz compartida, más allá de fenotipos o apellidos, es la argamasa que da consistencia a lo mexicano, a lo andino, a lo amazónico, a lo caribeño, a lo centroamericano, y constituye el sustrato común para una conciencia continental.

La potencia estratégica del concepto reside precisamente en su capacidad para forjar esa conciencia de Pueblo-Continente. Al reconocerse como partes de una misma civilización indoamericana, los pueblos de la región pueden comenzar a trascender las fronteras nacionales −a menudo líneas arbitrarias trazadas por la violencia y la diplomacia de poderes extraños− y visualizarse como un bloque histórico con intereses comunes y un destino compartido. Esta unidad no es un sentimiento romántico, sino, como presintió Bolívar, la única base posible para una soberanía efectiva en un mundo de bloques y potencias.
Solo actuando unidos podemos negociar de igual a igual, proteger nuestros recursos estratégicos del extractivismo transnacional, diseñar modelos de desarrollo endógenos que prioricen el buen vivir sobre la acumulación y defender nuestra diversidad cultural de la homogeneización mercantil. El Caribe, en esta visión martiana, no es la periferia de la periferia, sino la «trinchera de la dignidad americana», un espacio geopolítico clave cuya resistencia y afirmación soberana son condición sine qua non para la integración auténtica.
En el siglo XXI, este proyecto se enfrenta a un enemigo más difuso, pero no menos poderoso: el capitalismo neoliberal globalizado. Este modelo ha perfeccionado mecanismos de dominación que desmantelan la soberanía desde dentro: los tratados de libre comercio que anulan la capacidad legislativa de los Estados, el poder de las corporaciones transnacionales que rivalizan con los gobiernos, el endeudamiento externo como instrumento de disciplina política y la colonización de los imaginarios a través de medios y tecnologías. Frente a este desafío, la respuesta no puede ser solo estatal o diplomática. Debe ser, ante todo, popular y desde las bases. La unidad indoamericana del porvenir no se construirá exclusivamente en cumbres presidenciales o en organismos como la CELAC o el ALBA −aunque estos sean espacios importantes de disputa y coordinación−, sino en la trama profunda de la sociedad.
Es la unidad de las luchas: la convergencia entre el movimiento indígena que defiende el territorio y los bienes comunes, los sindicatos que resisten la precarización laboral, las asambleas barriales que gestionan el agua y la vida digna, los colectivos feministas que combaten las violencias patriarcales imbricadas con el poder económico y los intelectuales orgánicos que elaboran un pensamiento crítico propio. Esta convergencia no implica uniformidad, sino la construcción de un frente amplio y diverso en torno a un programa mínimo de soberanía nacional, justicia social y democracia radical participativa. Se trata de disputar el poder no para administrar el sistema existente con un «rostro humano», sino para refundar las naciones desde abajo, desplazando del poder real a las oligarquías rentistas y a sus socios globales.
La tarea es ciclópea y los obstáculos son inmensos: la fragmentación inducida, el miedo, la cooptación, la represión. Pero el río de la historia, aunque encuentre diques y desvíos, no cesa su curso. La semilla de Morelos, que vinculó independencia con justicia social; la de Bolívar, que soñó con una gran confederación; y la de Martí, que clamó por una América con alma propia, no han muerto. Germinan en cada resistencia comunitaria a la megaminería, en cada fábrica recuperada por sus trabajadores, en cada escuela que enseña la historia desde la perspectiva de los vencidos, en cada canción y poema que nombra al continente con orgullo.

Indoamérica, Nuestra América, América, es, por tanto, un nombre y un programa. Es el nombre de nuestra verdadera identidad, liberada del espejo colonial. Y es el programa de nuestra liberación, que pasa ineludiblemente por la unidad política, económica y cultural de sus pueblos. Este proyecto no mira al pasado con nostalgia, sino que lee en él las claves para un futuro distinto. Nos convoca a completar, con las herramientas de nuestra época compleja, la revolución inconclusa. Nos desafía a transitar, colectivamente, de la condición de subalternos en el orden global −como proveedores de materias primas, mano de obra barata y consumidores de cultura ajena− a la de sujetos dirigentes de nuestro propio destino, forjadores de una civilización de la vida, la equidad y la soberanía compartida. El camino es la unidad hacia la Patria Grande.





