El trabajo sexual en Venezuela descrito por quienes lo ejercen

por | Abr 12, 2026

Este texto es un acercamiento a cuatro voces que habitan y significan el trabajo sexual en Venezuela. A través de sus historias, exploramos diversas identidades que desafían el relato único: mujeres que se definen como emprendedoras, damas de compañía, creadoras de contenido o extrabajadoras que trabajan por la protección de derechos de esta población. Desde las esquinas de Caracas hasta la intimidad de las pantallas, recorremos las vivencias de dos trabajadoras de calle, una mujer trans y una «novia virtual».

Fotografías: Laura Salcedo y cortesía

Caracas, Venezuela.- Dentro del debate feminista, el estudio del trabajo sexual se ha realizado omitiendo la participación directa de sus protagonistas con demasiada frecuencia. Pocas veces son ellas quienes pueden hablar, ocupar tribunas, espacios literarios, académicos o políticos. Históricamente, en la jerarquía del saber, ellas suelen ser el objeto de estudio; sus realidades son presentadas por otras ante la academia. No quiero ser reproductora de esto; por eso, creo que es importante enunciarlo. Por esto las entrevistadas fueron retribuidas económicamente en reciprocidad con su tiempo y el compartir su intimidad.

El tema del trabajo sexual tensiona fuertemente al feminismo; lo enfrenta a tabúes y profundos desacuerdos. Este texto pretende romper el silencio, alejarse de las proyecciones de quienes no viven esta realidad y centrarse en las reflexiones, aprendizajes y subjetividades de las trabajadoras.


El trabajo sexual es trabajo: riesgos y tensiones en el capitalismo


Dentro de los feminismos coexisten posturas contradictorias: desde el abolicionismo y la criminalización del cliente, hasta la regulación o la despenalización pro derechos. Nos posicionamos desde esta última, entendiendo que cualquier labor explotada merece protecciones legales, especialmente cuando se ejerce en el espacio público.

El trabajo sexual es un trabajo como cualquier otro bajo la lógica del capital: conlleva riesgos, beneficios y costos. No obstante, posee vulnerabilidades propias de la falta de un marco de derechos: la exposición a la calle, la posibilidad de estafas sin mecanismos de denuncia, el estigma en las relaciones familiares, la amenaza constante de violencias físicas o la exposición a riesgos sanitarios y escaso acceso a salud sexual y reproductiva.

Funciona una estructura de poder y supervivencia que refleja lo que señala Silvia Federici: el trabajo sexual es una forma de explotación que persistirá mientras exista el capitalismo, sistema donde todas vendemos algo (intelecto, fuerza o saberes), pero que establece una jerarquía moral sobre qué «venta» es aceptada y cuál es desprestigiada.

Federici sostiene que la idea de que las mujeres solo «venden su cuerpo» en la calle es una ilusión, pues en muchos trabajos asalariados, como las camareras que dependen de propinas, la mujer ha necesitado usar su cuerpo y su amabilidad para mantener su salario. Esta cuestión estructural, en la que las mujeres de muchas formas han tenido que hacer uso de su cuerpo para sustentarse, conecta directamente con las experiencias de las entrevistadas, y con las particularidades del trabajo que realizan.


La entrada al oficio: necesidad económica


La entrada al oficio suele estar marcada por la urgencia material. Camila*, de veinticuatro años, cuenta que la decisión llegó a los dieciocho: «No tenía a nadie, ni nada, ni le pedía tampoco a nadie». Su motivación principal fue la maternidad: «Empecé a trabajar de esto porque no tenía trabajo y tenía a mi hijo chiquito y sin quien me ayudara». Relata que una conocida la animó: “Ella ya tenía más tiempo que yo. Una vez me dijo: ‘vamos’. A mí me dio miedo al principio, sí, me dio miedo. La primera vez que se me paró un carro me asusté, no me quería montar, se me salieron las lágrimas. Y ella: ‘móntate, que no te va a pasar nada, yo lo conozco’. Verdad, yo me monté, me fui con el muchacho y no me pasó nada. Me fue, como quien dice, bien». Como ella misma dice, le agarró «la mañita» y comenzó a ir «todos los días porque recibía el dinero… un dinero que, así como viene fácil, se va fácil».

Se suma la voz de La China*, de veintiséis años, madre de cinco hijos, quien prefiere este nombre para el relato y se identifica como dama de compañía. Su historia comenzó siendo menor de edad, impulsada por la falta de apoyo familiar y la urgencia económica: «A la calle lo que me llevó fue la situación: uno lo hace por necesidad, todo para que mis hijos estén cómodos; uno lo hace por no tener un trabajo, no tener apoyo, sino las malas cosas, es lo que te hace también llegar a eso, los malos tratos». Al recordar sus inicios siendo menor de edad, relata que fue «carajita, porque nunca tuve un cuidado, un remedio, una madre, sino siempre me dejaron a lo libre. Me junté con una amiga y me llevó para las calles, a los hoteles, y ahí yo empecé a aprender hasta que me quedé, llegó el momento en que yo ya salía sola, ya sabía la tarifa».

A diferencia de la calle, Diosa*, de 24 años y con formación técnica en criminología, habita el espacio digital. Se define como «emprendedora e inteligente», y utiliza el nombre artístico de Diosa para su trabajo como creadora de contenido para adultos. Su incursión en el medio ocurrió a los veinte años, motivada por la precarización económica en su hogar: «Yo empecé porque la situación en mi casa no estaba bien: trabajaba vendiendo uniformes y no me daban. La situación económica, la falta de comida, me llevó a eso». Aunque es creadora virtual, también mantiene encuentros presenciales cuando la oferta económica es mayor.

La perspectiva de Bárbara*, mujer trans de treinta y tres años, extrabajadora sexual, enfermera, activista y educadora, aporta una visión distinta. Comenzó siendo menor de edad tras ser desplazada por una familia que cuestionaba su identidad y orientación sexual. Aunque hoy ya no habita las calles de forma regular, mantiene clientes antiguos. En este momento su energía está volcada en la asociación civil ÁMBAR, donde ofrece apoyo vital para sus compañeras: «Realizo pruebas de despistaje de VIH y sífilis; a la que tenga un resultado positivo se le garantiza su tratamiento de forma totalmente gratuita».

Bárbara, extrabajadora sexual, trabaja en la asociación civil Ámbar. Caracas. Fotografía: Laura Salcedo


Realidades materiales y autonomía económica


Para las mujeres con las que conversé, las sensaciones respecto al oficio son ambivalentes: se valora la flexibilidad, pero también aparece el deseo de encontrar otras alternativas. En un contexto de trabajos precarizados, el trabajo sexual ofrece una resolución material que el empleo formal no cubre: ingresos que pueden oscilar entre los $600 y $1000 mensuales en la calle, o hasta $1000 semanales en el ámbito virtual.

En Caracas, un servicio dura diez minutos. Si los clientes quieren extender, deben pagar más, las reglas son claras. La palabra “servicio” es ya un término que permite ver que lo que sucede es un intercambio de servicios sexuales a cambio de un pago; es un acuerdo económico aceptado por ambas partes.

Camila comenta que «un día se puede hacer hasta 150 o 200 dólares», lo cual «era más de lo que me iban a pagar en un trabajo normal». Gracias a esto, ha logrado equipar su hogar: «Me ha dado para comprarme mi cama, mi televisor, mi freezer, una nevera portátil… cosas personales». Además, recalca su autonomía: «Soy independiente; lo mío es mío y no tengo que darle ni pagarle nada a nadie. Mi dinero es mío y yo hago con él lo que yo quiera». Incluso la gestión del tiempo responde a sus necesidades de cuidado: «Llevo al niño al colegio a las siete y media, a las nueve me voy a trabajar y ya a la una de la tarde estoy en mi casa. No salgo más hasta el día siguiente, para estar pendiente del niño, trabajo para mis hijos y para mí”, enfatiza La China.

Diosa resalta que su modalidad virtual requiere una dedicación constante: «Yo trabajo desde que me levanto, veinticuatro horas, a veces ni duermo. Mis ganancias semanales son entre $800 y $1000, depende de cuánto me esfuerce esa semana». Su labor como «novia virtual» trasciende fronteras, exigiéndole estar disponible para hombres en distintas partes del mundo y explica que este rol implica un acompañamiento integral: «Como lo dice el nombre, tal cual: fotos, videos, videollamadas, el ‘hola mi amor, ¿cómo estás?’. Me pagan por ser esa compañía que ellos necesitan en su teléfono a cualquier hora». Esta dinámica la obliga a gestionar una agenda global para mantener a su clientela, que es mayoritariamente extranjera: «He tenido la suerte de tener más que todo clientes del extranjero, muy pocos de aquí de Venezuela. Tengo clientes de Latinoamérica y también de países como Francia; entonces, mientras aquí es de noche, allá es de día. Para no perder el cliente, tengo que estar siempre atenta, pendiente de su hora para escribirles apenas se despiertan o cuando se van a acostar, para que sientan que estoy ahí».

Diosa trabaja como creadora de contenido para adultos. Fotografía: Cortesía

Para La China, esta autonomía en horarios y días de trabajo es la que le permite cuidar a sus hijos y sostener su hogar: «Uno gana el día a día, cuarenta, cincuenta, hasta cien dólares en un momentico». Esta manera de generar ingresos es lo que garantiza que a sus hijos no les falte nada: «me gano mis reales, compro mi comida, les compro sus zapatos». No obstante, aclara que prefiere no estar en la calle si las necesidades básicas están cubiertas: «Si veo que tengo mi nevera full y a mis hijos no les hace falta nada, no tengo nada que ir a hacer para la calle».

Todas son enfáticas en que el dinero es de quien se lo ganó y nadie tiene que exigirles ningún pago por lo que consiguieron con su trabajo. A veces reciben también propinas, regalos o detalles extras por parte de algunos clientes y eso suma a su economía.

Para Diosa, desde su trabajo virtual, la calidad del servicio es su mejor herramienta de fidelización y seguridad: «Yo siempre trato de hacerlo lo mejor que yo puedo para que el cliente siempre pueda volver a mí». Esta búsqueda de excelencia en el trato asegura que su «demanda sea bastante alta», permitiéndole mayor control y autonomía sobre sus exigencias laborales.


La trampa de la moralización y el estigma


La sociedad impone una carga moral sobre el sexo, exigiendo que este ocurra solo bajo el ideal del amor romántico. Bajo etiquetas como “puta” o “fácil”, se intenta despojar de dignidad a quienes deciden usar su sexualidad como fuente de ingresos.

Camila recuerda el estigma desde su círculo íntimo; el padre de su hijo solía atacarla verbalmente: «Él me decía: ‘eres una puta, ningún hombre toma a las mujeres putas en serio’. Eran cosas que no me afectaban porque yo dependía de mí, y como él no me daba nada para mi hijo, no me importaba lo que dijera”.

Para Camila el trabajo sexual es un trabajo que escogió entre otras posibilidades con menos retribución económica y esto no debe ser juzgado por personas externas: «Si tú trabajas en una peluquería, tú no me vas a obligar a mí a trabajar en una si yo no quiero. Cada quien trabaja donde quiere y está donde quiere estar. Nadie sabe la gotera de la casa sino la persona que está adentro y nadie es Dios para juzgar a nadie».

Diosa reflexiona sobre la hipocresía social por parte de terceros que, aunque critican, participan de dinámicas similares solo que sin un pago a cambio: «Yo he hablado con personas que siempre me etiquetan: ‘qué de lo último’. Y después la conversación cambia y me dicen: ‘no, es que yo le mandé una foto a este y no me dio nada’. O sea, mandaron su foto a cambio de nada». Ante el juicio moralizante, ella prioriza su autonomía: «Yo prefiero que me señalen porque vendo mis fotos y tengo todo lo que tengo gracias a mí, antes que estar mandando una foto gratis. Socialmente dicen ‘qué chimbo que fulana se dedica a esto’, pero yo cuido mi trabajo. Si tú no te das valor, un cliente tampoco te lo va a dar».

En su caso, el estigma se maneja con transparencia en su círculo social cercano: «Yo digo que yo soy súper abierta y todo el mundo sabe, prefiero que lo sepan de mi boca antes que venga alguien y se los vaya a decir». Esta actitud le permite manejar el juicio social con mayor seguridad sobre su trabajo.

La China vive el señalamiento con dolor: «Mi papá me dice puta barata, no te quiero, te odio… son cosas que le duelen a uno», a pesar de que ella es quien sostiene el hogar. Sin embargo, señala que en su vida cotidiana el trato es distinto: «mi comunidad me quiere mucho». Para ella, el endurecimiento del carácter es una respuesta necesaria ante el peligro al que ha estado expuesta: «Hay mucha gente mala en la calle. Uno pone el corazón duro». Pero a pesar de ello resalta que le gusta ayudar a los demás, a las personas con consumos problemáticos, a quienes viven en la indigencia y a quienes encuentran un apoyo en ella.

Otro aspecto del estigma social y la ausencia de voces públicas del trabajo sexual en Venezuela es explicado por Bárbara, quien aclara que hay un silencio que funciona muchas veces como medida de supervivencia: «La mayoría de las mujeres tienen familias que no saben que ellas trabajan en esto. Por eso siempre ocultan su identidad, se cambian el nombre, no dan fotos». Sin embargo, para este reportaje, todas comentaron que sus familias y entorno saben a lo que se dedican, aunque todas mantienen otra identidad para el trabajo que realizan.

Por otra parte, el estigma social se manifiesta en violencia cotidiana en el espacio público. Camila relata la hostilidad de los transeúntes: «Pasa mucha gente que juzga duro, que te ve feo, que te ponen mala cara, te lanzan agua, te gritan desde los carros. Eso da pena». Analiza también la reacción de otras mujeres: «Yo creo que a las que menos les gustamos son a las esposas, porque tienen miedo de que los hombres se vayan. Ha pasado mucho que pasan con las esposas y después las dejan y te pasan buscando. Dicen: ‘ella es mi esposa, pero ya la dejé en la casa y le dije que iba a hacer una diligencia’. Tanto cuidarlo, igualito se le fue».

Avenida Casanova, en Caracas, lugar habitual para el trabajo sexual. Fotografía: Laura Salcedo

Bárbara Valentina añade que para las mujeres trans, la doble moral es más marcada: «Hay hombres que les gustan las chicas trans. Tienen sus esposas, pero siempre les hemos gustado. Si nos ven entrando a un hotel, somos una chica de espaldas. Pero adentro pasan otras cosas».

La existencia de las trabajadoras sexuales resulta incómoda para la sociedad porque pone en evidencia la doble moral y los costos de sostener la idea de la familia tradicional.


Los clientes: no solo se trata de sexo


En la práctica, las trabajadoras se encuentran con hombres trabajadores, casados o con familia que buscan en ellas escucha, compañía y la satisfacción de fantasías que el entorno social reprime. Hay un intercambio directo: hombres que quieren algo, sexual o no, y que pagan directamente por servicios que pueden ser compañía, fiesta, actos sexuales en concreto o experiencias visuales.

Camila menciona: «A veces no todo es sexo; me han tocado hombres que lo que quieren es conversar, desahogarse si la esposa los dejó o si algo les duele. Quieren que una sea su paño de lágrimas, que los escuches y los consueles. Por escucharlos una hora te pueden regalar hasta ciento cincuenta dólares. Yo los escucho, les hablo y no me aburro porque yo también he pasado por cosas y sé que duele».

La China coincide en que el componente emocional es un motor central para muchos clientes, quienes buscan en el encuentro un refugio frente a la rutina o los conflictos con sus parejas: «No todos te buscan para tener una relación sexual; también te buscan para desahogarse, para sentarse a tomar una cervecita y contarte de su vida». Según explica, la falta de afecto o la tensión en el hogar los empuja a la calle: «A lo mejor la esposa no les da cariñito o llegan cansados del trabajo y no tienen atención; entonces ellos se van a la calle y viene cualquiera, como yo, y los agarra».

En estos intercambios, la escucha activa se convierte en un servicio tan valorado como el sexual, transformando a la trabajadora en una suerte de consejera: «Como una es mujer, los orienta y se cala la lloradera cuando los dejan; nosotras los escuchamos». Esta dinámica de acompañamiento a veces llega a superar el vínculo con la pareja formal, como relata sobre uno de sus conocidos: «Me llamó a las once de la noche diciendo: ‘China, a mi mujer no la soporto, prefiero compartir contigo. Tú me abrazas, te sientas conmigo y me haces reír'».

Diosa identifica una insatisfacción estructural en hombres con recursos con sus vínculos afectivos elegidos: «Son personas con tanto dinero que no son felices, buscan a alguien que los escuche o que los aconseje». Describe cómo el intercambio trasciende lo erótico para convertirse en soporte y compañía: «Yo tengo un cliente que ya forma parte de mi círculo de amistad. Él a mí nunca me ha tocado, es una persona que tiene mucho dinero, pero es totalmente infeliz porque se casó con una muchacha que no lo ayuda, no es un apoyo. Me dice: ‘yo contigo me siento bien. No te veo como una trabajadora, yo te veo más como mi pana'».

Esta reflexión sobre las soledades pone de manifiesto que el servicio contratado es, muchas veces, la posibilidad de ser vulnerable sin ser juzgado o rechazado.


Resistencia y exigencia de derechos


La calle endurece, pero también dota de herramientas. Lejos de la imagen de desprotegidas, estas mujeres han aprendido a ser hábiles y a pelear por lo suyo frente a clientes violentos o compañeras abusivas. Muchas han construido relaciones de respeto y seguridad con «clientes regulares» de su confianza, lo que reduce los riesgos del oficio.

En la experiencia aseguran su pago de entrada: «Yo entrando a la habitación cobro mi plata. Si no me dan mi plata entrando, yo no hago nada, me salgo». Camila relata cómo enfrentó a un cliente que no le quería pagar: «Yo me le monté en el carro, le quité la llave y me puse loca. Le dije que si no me pagaba iba a llamar a los policías y a su esposa, me tuvo que dar el dinero… le dije: ‘toma tu llave y chao'». Ella siempre tiene un «plan B para resolver». La China también impone límites: «El límite lo pones tú. Un servicio cuesta $30. Si se te terminó el tiempo y no tienes más dinero, perdiste; mi tiempo ya terminó… siempre cobro mis reales adelante».

Ejercer en la calle implica una exposición a violencias: robos, amenazas y ataques; son riesgos particulares que no se viven con regularidad en una oficina. Algunas veces se han presentado situaciones de hostilidad: relatan que algunas trabajadoras han recurrido al robo contra clientes. Esta realidad genera una espiral de violencias donde muchas terminan lidiando con venganzas de clientes que llegan con intención de maltratarlas para cobrarse los agravios cometidos por otras compañeras, convirtiéndolas en blancos de una represalia en la que sus cuerpos terminan pagando los costos.

Camila advierte: «No es un trabajo común, porque es riesgoso, arriesgas tu vida. Una vez se me paró un jeep, me pidió un servicio y me monté. Me sacó una pistola y me robó todo: el bolso, el teléfono, la cédula, la cartera. Un hombre con una pistola te da un mal tiro y te mata. ¿Quién te va a recuperar esa plata? Nadie». La China ha vivido esta violencia de forma extrema, sufriendo ataques físicos directos: «Tengo dos plomazos en mi pierna por estar mal parada. He visto cómo matan a mujeres que roban a los hombres; tengo una amiga que quedó en silla de ruedas». Relata también haber sido amenazada con armas de fuego y abandonada desnuda en la calle por clientes violentos.

Bárbara señala: “Tú siendo peluquera, estilista o hasta administrativa, corres riesgo en la calle de que te asalten la cartera. Pero en el trabajo sexual es más riesgoso porque si te quieren matar, te matan. Hasta te pueden matar en plena habitación». En su experiencia, Bárbara comenta que ha visto muchas cosas en su tiempo en la calle; cómo les pegan, las maltratan y les roban; incluso a ella misma la han herido con disparos y puñaladas. Precisamente por eso señala que no es un trabajo fácil y que deben existir otras opciones de vida, y es enfática: «Todas las que están en la calle trabajando sexualmente, están expuestas».

Camila es tajante sobre la autonomía en la calle: «Nadie te va a obligar a algo que tú no quieres. Si tú dices que no, nadie va a pasar por encima de ti. Tú tienes el poder de decir no». Cuando llega una persona nueva le comparten conocimientos para cuidarse: «Si llega nueva, no conoce… y por lo menos ven a uno y le piden una opinión, uno la orienta. Ya después, si ella se queda hasta la noche, ya tiene que defenderse». Sin embargo, La China advierte que esta solidaridad no siempre es la norma, pues las trabajadoras con más tiempo a veces abusan de las nuevas: «llega una nueva y las viejas dicen: ‘ay, me va a quitar a mi clientico’… les piden un regalito (una vacuna), les quitan los reales». Ante esto, La China sostiene que el cuidado es “individual”.

Sumado a esto, La China identifica la salud sexual como una preocupación. Aunque ella mantiene un control riguroso de exámenes, advierte que no todas sus compañeras lo hacen y que en una relación sexual siempre están presente riesgos: «Uno siempre usa condón, pero el condón se rompe o algo puede pasar; a mí me da miedo una enfermedad». Para ella, la protección no debería depender solo de la responsabilidad individual, sino del sistema de salud que les brinde atención sin emitir juicios o señalamientos incómodos. Y menciona, a partir de la experiencia de una trabajadora sexual que migró, que «deberían hacer como en Colombia, que se hacen su examen y les dan una tarjetita que dice ‘está sana’, y con eso uno trabaja segura. Hace falta que en Venezuela uno pueda decir: ‘bueno, voy y me atiendo en un hospital’, sin que a una la miren mal».

Bárbara plantea que ella actúa en defensa de la vida porque no le gustan los abusos. Ella hace una comparación con “antes” y menciona que esos tiempos eran más fuertes, con acciones de profilaxis social contra las trans: “Si tocaran el tema ahorita de la profilaxis aquí, se jode todo el mundo. Bajo esa lógica te llevan detenida, te matan, te violan, nadie paga eso. Ha bajado bastante la violencia en ese aspecto, porque antes nos llevaban presas, nos caían a palazos, a cadenazos, hasta corriente nos metían. Fueras operada o no, igualito, porque estaban ellos, los transfóbicos, guardias transfóbicos, entonces nos hacían vivir eso».

Avenida Las Acacias con avenida Libertador, lugar habitual de trabajadoras sexuales en Caracas. Fotografía: Laura Salcedo

Bárbara traza un contraste necesario entre el pasado y el presente, señalando una mayor visibilidad y una suerte de tregua en el espacio público. Recuerda que antes era «muy raro ver a una mujer trans en la calle a plena luz del día», mientras que hoy más trabajadoras ocupan el espacio abierto a todas horas, “se trabaja de día y de noche”. «Todo es un respeto ahorita; es muy raro que haya una violencia a plena luz del día con una trabajadora sexual o con una mujer trans», afirma, destacando que la gente pasa por su lado con normalidad. No obstante, advierte que esta calma no es absoluta y que siempre existen «equivocaditos» donde la violencia vuelve a irrumpir.

Bárbara también menciona que han logrado conocer, difundir y defender sus derechos. Ella, dentro de su activismo, enseña los instrumentos legales: “Ha bajado un poco la violencia, hemos logrado varios derechos, se han establecido leyes y artículos en la Constitución que nos amparan”. Sin embargo, reconoce que enfrentar a la autoridad requiere una determinación: “No todas tienen el valor de salir enfrente de un policía y decirles cuatro bromas, piensan que el policía después la va a agarrar con ellas”. Bárbara enfatiza en la importancia de conocer los límites del poder policial y de hacer uso de recursos como el derecho a grabar o exigir el respeto a la privacidad del celular: “Yo estoy aquí parada y veo que vienen unos policías… prendo el teléfono de una vez. Tú no me puedes obligar a mí, porque yo estoy en todo mi derecho de grabar lo que a mí se me dé la gana. ¿Que te voy a llevar? Llévame”. Esta postura es vital para defenderse ante los malos actos de la policía donde las «siembras» (de droga) siguen siendo una amenaza latente para la población que trabaja en la calle: “las pueden sembrar; casos de siembra sí tengo, sí he visto”, lamenta Bárbara.


Derecho al propio relato


Como demuestran estas historias, no se trata de criminalizar ni de idealizar el trabajo sexual, sino de reconocerlo como una actividad económica despojada de cargas moralizantes. No es, por definición, el ‘trabajo ideal’; es, ante todo, una estrategia de supervivencia que permite ingresos superiores a los del mercado precarizado.

Para Camila, la clave reside en la autodeterminación y en el cese del juicio ajeno: «Nadie es Dios para juzgar a nadie. Cada quien trabaja en lo que quiere trabajar y está donde quiere estar», afirma, recordando que la única que conoce las necesidades de su hogar es ella misma. Por su parte, para La China, el cansancio es una realidad presente: «Yo me aburrí de eso… uno tiene que soportar cosas solo por una necesidad». Aunque mantiene a sus clientes de confianza, desea alejarse de la dinámica de la calle.

Para Bárbara, su trabajo en AMBAR es una posibilidad de ayudar a las suyas, así como de tener un ingreso salarial estable y seguro: “La diferencia es mucha. Con un trabajo digno de la sociedad tú tienes un sueldo asegurado, no importa cuánto sea, pero lo tienes. En la calle puedes ganar más, pero ¿cada cuánto tiempo te viene eso? Te viene una suerte que puedas agarrar 300, 500 o 1000 dólares, pero es muy raro”.

Mientras tanto, Diosa, desde su rol virtual y profesional, aporta una mirada de planificación a largo plazo: “Le quiero sacar el jugo mientras estoy joven y bonita. Esto no es para siempre”. Su testimonio subraya que, incluso en los entornos digitales, el trabajo sexual es una apuesta para construir una base económica propia. Su testimonio subraya que la agencia y la decisión de cómo habitar el trabajo también forman parte de la diversidad de estas historias.

Al final, más allá de los formatos y las plataformas, las demandas de estas mujeres coinciden con las de la mayoría trabajadora: el derecho a la salud, a la vivienda, a la seguridad y a ingresos dignos que les permitan ser las dueñas de su propio futuro.

*Los nombres de las mujeres entrevistadas fueron modificados por cuestiones de seguridad. A cada una de ellas, mi profundo agradecimiento por ceder su tiempo, compartir su intimidad y por la palabra compartida.

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