En Venezuela, el Plan Pueblo a Pueblo articula a productores rurales y comunidades urbanas. Desde Ceiba, periodismo con memoria, asistimos a una jornada en el sector popular Cota 905 de Caracas. Ahí fuimos testigos de cómo la planificación popular y el trabajo colectivo pueden sostener un modelo de soberanía alimentaria construido desde abajo.
Fotografías: Pueblo a Pueblo y Mikel Moreno
Caracas, Venezuela.- El Plan Venezolano de Producción Comunitaria de Alimentos Pueblo a Pueblo no pretende ser una mera política de distribución alimentaria: se define ante todo como una metodología para reconstruir, “desde abajo”, la relación entre productores y consumidores en Venezuela. Su propósito central es político y social: recuperar la capacidad del pueblo para producir, custodiar y decidir sobre su alimentación. “La comida es un derecho”, nos dice Laura Lorenzo, una de las fundadoras de este plan en 2015. Esa idea orienta una metodología que busca acortar el circuito comercial, quitar intermediarios y crear mecanismos de planificación y distribución desde las comunas y las organizaciones locales.
En la Cota 905, zona popular de Caracas, asistimos a uno de los operativos mensuales que a través de este plan se llevan a cabo en articulación con el Programa de Alimentación Escolar dependiente del Ministerio del Poder Popular para la Educación. A la Unidad Educativa Distrital (U.E.D.) Consuelo Navas Tovar llega una gandola cargada con hortalizas y tubérculos desde ejes productivos; un transporte de Corpesca (institución dependiente del Ministerio del Poder Popular de Pesca y Acuicultura, con quien se hizo el enlace a través de este plan) reparte proteína pesquera en frío. En el patio, se pesan y separan raciones para distribuir a otros colegios de la zona; alumnos del liceo ayudan a descargar; maestras, madres procesadoras, voceros comunales y responsables de Pueblo a Pueblo organizan la recepción y el despacho hacia otros planteles y comedores populares. Lo que desde fuera parece una operación logística es, en realidad, la aplicación concreta de una metodología política y técnica.

La escalera de doble participación y la visibilización
Ricardo Miranda y Laura Lorenzo, fundadores de Pueblo a Pueblo, nos explican el corazón del método: la “escalera de doble participación”. Ricardo cuenta que la metodología Pueblo a Pueblo junta a campesinas y campesinos con el pueblo trabajador urbano, eliminando la participación de los intermediarios. La escalera implica dos movimientos simultáneos: que la población urbana vaya al campo a conocer la producción y que el productor conozca a quién consume esos alimentos. Para Laura, este método le va dando rostro a la producción. Ese gesto, insisten, transforma la relación social con la comida.
La escalera contiene medidas prácticas y organizativas: censos por comuna, inventarios, alacenas comunitarias, centros de acopio, planificación por región y estructuras de costos claras que informen el precio real del alimento. “Cada Comuna debe tener su alacena, su inventario”, resume Ricardo. La idea es que la planificación sea popular: “El socialismo es planificación”, afirma Laura, y añade que “en el campo, en los lugares donde nos organizamos, sembramos con base en las necesidades de consumo”.
Pueblo a Pueblo plantea que visibilizar a productores y consumidores es clave: “Acabamos con la contradicción campo-ciudad y demostramos que somos un solo sujeto”, afirma Ricardo. Esa visibilización tiene efectos múltiples: cambia patrones de consumo, sitúa el conocimiento campesino como saber válido y necesario, y facilita acuerdos de siembra y demanda que permiten anticipar la producción según lo que realmente se necesita en cada territorio.
“El pueblo nos enseñó, nos fue educando en el hacer, visibilizamos a los pescadores, a los productores, nos visibilizamos a nosotros mismos, como hijos del pueblo”, comparte Ricardo.

Reducción de costos mediante trabajo colectivo
Eliminar intermediarios, en cualquier cadena de mercado capitalista, sirve para, a su vez, eliminar márgenes especulativos, Pueblo a Pueblo añade otro elemento: la reducción de costos por la asunción colectiva de tareas. Ricardo explica que introdujeron “estructuras de costos” para transparentar cuánto cuesta hacer llegar un kilo de alimentos a la comunidad. A partir de allí, las comunidades asumieron labores de empaquetado, carga y descarga y distribución.
Planificar también permite aclarar los costos: cuánto cuesta sembrar una hectárea, transportar y llevar a la ciudad. En la ciudad, explica Laura, lo entendieron rápido, especialmente las mujeres, quienes asumieron de forma voluntaria las tareas de manipulación y distribución. Ellas defendieron que nadie debía beneficiarse del trabajo y la forma de vida de las y los campesinos, que ya hacen un gran esfuerzo. Así, las propias comunidades impulsaron el trabajo voluntario como una forma de favorecer su economía.
Esa decisión política y práctica evita que los costes se trasladen al precio final y, al mismo tiempo, fortalece la cohesión comunitaria.

Jornada de distribución en la U.E.D. Consuelo Navas Tovar
Maizaiy Rojas, responsable de alimentación comunal de la Comuna Soberanía y Libertad, en la Cota 905 de Caracas, nos detalla la jornada: “Esta distribución se hace una vez al mes. A esta escuela nos llegan las frutas, verduras, hortalizas y tubérculos que, a través del Plan Pueblo a Pueblo, hemos acordado con los productores. Desde este centro distribuimos a los otros colegios: de aquí mandamos los alimentos a las otras escuelas, pesamos aquí los rubros y los separamos por colegios.” En estos operativos se atienden diez colegios: dos preescolares, un liceo y los demás de primer a sexto grado, precisa Maizaiy.
La participación en la recepción y distribución es diversa y tiene intencionalidad pedagógica y política. Los alumnos y alumnas del liceo ayudan con la descarga porque “es un beneficio común” y así se integran a la responsabilidad colectiva; las maestras y las madres procesadoras, o cocineras, garantizan calidad y confianza en la cocina escolar; los consejos comunales apoyan en la organización de la entrega hacia escuelas y comedores. “Desde esta escuela se articula directamente con el Poder Popular organizado. En asambleas siempre hay alguien que, con su vehículo, al sentirse beneficiado como comunidad en este proceso, nos presta el apoyo. Para la carga y descarga, se forma un equipo desde las cocinas o a través de los alumnos que se ofrecen para este trabajo colectivo al sentir este beneficio, que es para ellos y sus propios compañeros, hermanos o familiares. A través de la articulación Poder Popular-escuela-familia, podemos hacer un gran equipo y avanzar en bienestar de todo el colectivo”, dice Yamilet Oran, responsable por la parroquia El Paraíso de la Gran Misión Igualdad y Justicia Social.
Javier Rodríguez, responsable por la Comuna Soberanía y Libertad, explica que además de los comedores escolares, atienden a unas cuatrocientas personas en situación de vulnerabilidad a través de las casas de alimentación, abastecidas mensualmente por Pueblo a Pueblo. Yamilet complementa señalando que, en los comedores escolares de su comuna y las zonas cercanas, el plan beneficia directamente a 3 047 niñas, niños y adolescentes.
La U.E.D. Consuelo Navas Tovar funciona como nodo educativo y político: además de recibir y distribuir alimentos, la escuela integra huertos, prácticas de recolección de semillas y formación técnica. Mari Carmen Enríquez, directora del centro escolar, lo explica así: “Se deben fortalecer los lazos con la comunidad para tenerla ganada para este proceso de soberanía y dignificación. En nuestro territorio, en nuestra parroquia, caminamos de la mano, el problema de una es también del otro, y juntas resolvemos”.
La escuela se articula con programas de formación y con espacios de aprendizaje popular, como la Misión Robinson, Misión Ribas, Maestro Pueblo, mediante las cuales se promueve la alfabetización productiva, la recuperación de saberes ancestrales y la formación de nuevas generaciones que entiendan la producción como bien común.

Orígenes y continuidad histórica: del 23 de Enero a Trujillo
Pueblo a Pueblo surge de recorridos de lucha que combinan experiencia campesina y militancia política. Ricardo lo cuenta así: “Nosotros partimos de un continuado histórico. En nuestros casos, en las luchas estudiantiles en los años setenta, ochenta y noventa. Nos encontramos después en la lucha por la recuperación de tierras para los campesinos en el estado Yaracuy. Allí tuvimos una experiencia muy rica, en un estado aguerrido. Cuando llegó Chávez, por supuesto la situación dio un vuelco. Nosotros pasamos a ser parte del Gobierno de Chávez en el estado Yaracuy. Y ahí logramos recuperar alrededor de 100 000 hectáreas con los campesinos con los que estábamos dando esa lucha”.
La decisión práctica de instalarse en el campo resume una ética de trabajo: “Nosotros, un grupo de compañeros de Chávez que teníamos responsabilidades institucionales, renunciamos a los cargos y nos fuimos a lo que ya habíamos estudiado: nos instalamos en el estado Trujillo en 2014. Trujillo tenía todos los pisos para sembrar, agua y comunicación. Allá nos fuimos al campo a batallar. Porque si el imperialismo y los enemigos de Venezuela habían agarrado los alimentos como arma de lucha, entonces nosotros también íbamos a combatir y lo íbamos a hacer con la producción”.
El continuado histórico del que nos habla Ricardo los llevó a comenzar la experiencia en zonas que habían sido tradicionalmente luchadoras: “Lo que hicimos fue montarnos sobre una ruta que había establecido allí el Frente Guerrillero Simón Bolívar, frente que comandaba Argimiro Gabaldón en los años sesenta. Cuando nos fuimos allá y empezamos a caminar sobre esa ruta acompañando a los compañeros campesinos, nos encontramos que en esa zona ya existían cajas rurales. La guerrilla no solo andaba con un fusil, sino que se metieron en las cajas rurales, en las ligas campesinas, y se metieron con la producción también. Y cuando nosotros llegamos fue como si allá Chávez y Argimiro Gabaldón estuviesen trabajando de la mano”.
Después del período de organización, “en mayo de 2015 hicimos la primera distribución: nos coordinamos con la Comuna El Panal 2021, en el 23 de Enero, en Caracas. Desde entonces hasta que llegó la pandemia hicimos aproximadamente 265 jornadas de distribución Pueblo a Pueblo”, recuerda Laura. “El boca a boca nos llevó a otros espacios en Caracas, a otras comunas y a otros estados. Empezamos a distribuir semanalmente, respetando las formas organizativas que tenía la gente en sus espacios comunales. Algunos hacían bolsas, como en el caso de las compañeras de San Agustín del Sur; otros, como la Casa de la Comuna de Coche, hacían distribución en una cancha donde iba la gente a buscarlo… Todo era planificado. Después nos fuimos a otros estados del país. La continuidad de esto nos llevó a distribuir 4 millones y medio de kilos de diferentes rubros”, añade. Hoy en una red de productores asociados se agrupan cerca de cuatrocientas familias y la experiencia opera en diez estados de Venezuela. “En este momento estamos en ocho estados garantizando la alimentación escolar a 100 000 chamos”, dicen los responsables como referencia del alcance del plan en una de sus ramas, las escuelas.

Semillas, agroecología y biofábricas: la ruta hacia la autonomía
Un eje prioritario de Pueblo a Pueblo es la autonomía tecnológica y productiva. Laura subraya la Ley de Semillas de 2015 como herramienta decisiva: “La Ley de Semillas le da el poder a nuestro pueblo”. Esa ley, aprobada antes de que la oposición de derecha ganara las elecciones a la Asamblea Nacional, según explica Laura, facilita la reproducción y el resguardo de semillas campesinas, afrodescendientes e indígenas, y permite que comunidades locales reconstruyan su autonomía frente a empresas y royalties.
En la práctica, Pueblo a Pueblo trabaja bancos de semillas y recuperación de variedades autóctonas: “Aquí, a partir de esa ley, nuestra gente organizada en el campo ha estado avanzando en la producción de semillas de cilantro, cebollín, ajoporro, ají, tomate… La falta de semillas era una de las principales dificultades y la misma gente la ha venido resolviendo en función de garantizar su producción”. La organización también promueve la agroecología mediante la creación de biofábricas en cada unidad de producción, con el fin de generar abonos orgánicos adaptados a cada zona y elaborar insumos que protejan los cultivos de enfermedades y plagas, explica Laura.
Su hoja de ruta técnica incluye transferencias prácticas: humus de lombriz, microorganismos eficientes, manejo de suelos y producción de melaza o sulfato cálcico con recursos locales. El objetivo es reducir la dependencia de insumos importados y construir capacidades locales de producción sostenible.

Problemas estructurales: bloqueo, devaluación y cadena de frío
Ricardo y Laura no ocultan los límites: el bloqueo, la guerra económica y la devaluación han encarecido la producción y debilitado la logística. “La devaluación inducida de nuestra moneda ha sido un ataque económico muy fuerte contra nuestros productores”, dice Ricardo. La pandemia también obligó a inventar nuevos mecanismos: centros de distribución permanentes, puntos de abastecimiento comunal y ventas planificadas.
En el caso del pescado, la fragilidad es tangible: la falta de frío y la dependencia de intermediarios que controlan las neveras o cavas de conservación, como se conoce en Venezuela, deja a los pescadores vulnerables. “Allá dependen netamente de la persona que tiene la cava, porque nuestro pueblo no tiene el medio para el frío. Entonces es un camino fuerte para nuestros pescadores y pescadoras a nivel nacional, porque tienen que morir en las manos del cavero”, dice Laura. Pueblo a Pueblo ha trabajado lo que llaman “maquila” para la limpieza, desescamado y empaque del pescado, así como coordinado con el Ministerio del Poder Popular de Pesca y Acuicultura, en busca de consolidar transporte refrigerado, pero advierte que se necesitan inversiones de mayor escala.
Los impulsores del Plan Pueblo a Pueblo proponen medidas prácticas y urgentes: creación y financiamiento de alacenas comunitarias con inventarios, consolidación de centros de acopio locales, inversión en redes regionales de frío para la proteína, fondos para biofábricas locales, bancos comunales de semilla y reconocimiento formal de las organizaciones populares como distribuidores en programas de asistencia. “Si tenemos producción y tenemos gente en las ciudades con necesidades, hay que establecer ese vínculo”, sintetiza Ricardo.

Internacionalizar desde abajo
Pueblo a Pueblo también busca construir redes horizontales con otros movimientos de la región mediante intercambios técnicos, apoyo en semillas y reconocimiento mutuo. Ricardo recuerda su experiencia en Nicaragua, donde tenían un problema con la papa: “Allá casi no la producían, la llevaban de Guatemala, ahí llegaba de Canadá… Nosotros les ofrecimos ayuda y rápidamente nos preguntaron a ver cuántos contenedores íbamos a llevar desde Venezuela. Nosotros les dijimos que les íbamos a llevar semillas, probamos los pisos, las tierras… y les dijimos que esa semilla era como la espada libertadora de Bolívar. Después les propusimos que cuando solucionasen su problema y tuviesen semillas suficientes ayudasen a los compañeros de El Salvador, que tenían un problema similar. De eso hablamos: cómo nos complementamos, pero desde abajo. Ahí está la barrera del capital, y a ese sí hay que darle con todo”. Posteriormente, en 2019 unos compañeros de EE. UU. llegaron a Venezuela a conocer Pueblo a Pueblo después de que ganase el Premio a la Soberanía Alimentaria: “Eso nos enseña que hay que buscar la unidad de los pueblos fuera de Venezuela también. Debemos encontrarnos con nuestros iguales en todos los pueblos de las Américas”.
Para Laura, resolver desde abajo es fundamental. Ella explica que la alimentación no puede quedar en manos de la burguesía ni de intermediarios, pues en momentos como las guarimbas de 2014-15 (acciones violentas impulsadas por la oposición, que consistieron en el corte de calles y carreteras y que incluyeron agresiones y asesinatos de personas que no se plegaban a sus protestas) y en los años siguientes, los empresarios ocultaron desde productos básicos, como papel higiénico o crema dental, hasta alimentos. Sin embargo, subraya que nunca faltó lo que el propio pueblo cultivaba: la auyama, el plátano y todo lo que los productores siguieron sembrando como forma de vida, y eso, dice, fue lo que los sostuvo.

Pueblo a Pueblo: ejemplo vivo de soberanía alimentaria
La jornada en la U.E.D. Consuelo Navas Tovar prueba una tesis política: hay producción y, con organización popular y herramientas técnicas, se puede alimentar dignamente a comunidades enteras. Cuando la gandola se marcha de la Cota 905, vacía después de descargar, y los alimentos llegan a cada escuela y comedor, se constata esta verdad. Pueblo a Pueblo plantea un camino: devolver al pueblo la capacidad de decidir qué se produce, cómo se produce y cómo se distribuye. En palabras de Ricardo: “Este pueblo decidió hacer revolución, los pueblos no desaparecen ni se suicidan. Y esta Revolución va a ir hasta donde llegue nuestro pueblo. De hecho, está sobre sus hombros este proceso”.






