Es imposible resumir el movimiento negro brasileño en algunas organizaciones o personajes. Sin embargo, el repaso a la trayectoria del fotógrafo carioca Januário Garcia permite observar cómo la fotografía participó en la construcción de una memoria negra y en la disputa por las imágenes producidas sobre la población afrobrasileña.
Fotografías: Januário Garcia/ Acervo Instituto Moreira Salles/Archivo Januário Garcia.
Río de Janeiro, Brasil.- Brasil es uno de los países con mayor presencia de población negra en América Latina y el Caribe. Aproximadamente el 55.5 % de la población está compuesto por personas que se autodefinen como negras. Más allá de las cifras, esto se traduce en un país que tiene una historia que debe mucho a la cultura y la experiencia afrodescendiente. Reflexionar sobre Brasil a partir de su negritud es fundamental para comprender el país, los vaivenes de la vida política, las tradiciones de lucha y los lenguajes de la organización colectiva.
Existen muchas formas de acercarse a la historia política de un lugar, las narrativas son múltiples y disputan diferentes trayectorias, enfoques y énfasis. Nuestro deseo es investigar estas posibilidades a partir de la producción audiovisual negra brasileña, tomando como punto de partida el archivo del fotógrafo y activista Januário Garcia. Es uno de los nombres fundamentales de la fotografía brasileña y una referencia en el registro y la documentación del movimiento negro en Brasil y en la diáspora.
Las fotografías reunidas aquí ofrecen una mirada centrada en un territorio que forma parte de la historia de la negritud en Río de Janeiro. Imágenes de un cotidiano que constituye la vida y la cultura política de un lugar, haciendo hincapié en su carácter comunitario.
Januário y el movimiento negro
En una fotografía o una imagen, siempre hay más que lo que está frente a la cámara. También hay una elección sobre qué merece ser visto, cómo se verá y quién tendrá el derecho de producir esa imagen. Para Januário Garcia, la fotografía estuvo profundamente ligada a esa disputa. A lo largo de su trayectoria, registró manifestaciones, encuentros, artistas, comunidades y diferentes experiencias de la población negra en Brasil y en la diáspora, participando activamente en esa construcción.
Januário nació en Belo Horizonte en 1943 y llegó a Río de Janeiro siendo aún muy joven. A finales de la década de 1960, comenzó su formación en fotografía y, años más tarde, empezó a trabajar para periódicos y revistas, siempre como fotógrafo independiente. Al mismo tiempo, se acercó a los debates sobre las relaciones raciales en Brasil y a personas que serían fundamentales para la construcción del movimiento negro. En 1975 participó en la fundación del Instituto de Investigación de las Culturas Negras (IPCN), institución que presidió durante diez años.

Ese era un período de reorganización de las luchas negras en el país. En Río de Janeiro, diferentes grupos y organizaciones debatían sobre el racismo, la representación y los derechos, junto con artistas e intelectuales que construían nuevas formas de pensar la experiencia negra brasileña. Lélia González, Abdias do Nascimento, Beatriz Nascimento, Helena Theodoro, Julio César Tavares y Zózimo Bulbul son algunos de los nombres de intelectuales, artistas, educadores y activistas que ayudan a comprender ese entorno político y cultural y que convivieron activamente con Januário.
Para 1983, Januário documentó la marcha Zumbi Está Vivo, un momento histórico del movimiento negro brasileño durante el período de redemocratización del país; también el I Simposio sobre Racismo y Discriminación Racial, que se llevó a cabo en la Universidad Estatal de Río de Janeiro (UERJ), un hito importante para el debate y la denuncia de las prácticas racistas en Brasil, así como para la toma de postura frente al apartheid en Sudáfrica. En 1988, fotografió la marcha Contra la Farsa de la Abolición, protesta organizada por el movimiento negro con motivo del centenario de la Ley Áurea denunciando la persistencia de la desigualdad racial en el país (la ley, que se firmó el 13 de mayo de 1888, extinguía oficialmente la esclavitud en Brasil, el último país occidental en abolir esa práctica).
En 1991, asistió al I Encuentro Nacional de Entidades Negras, en São Paulo, una articulación histórica que unificó a diversas organizaciones para trazar estrategias políticas conjuntas de alcance nacional. También acompañó las movilizaciones a favor de la Declaración de la Serra da Barriga como sitio protegido, territorio asociado al Quilombo dos Palmares, una vasta comunidad autónoma ubicada en el interior del Brasil colonial del siglo XVII, liderada por la figura histórica de Zumbi.

Esto es solo una parte de una historia mucho más amplia. El movimiento negro brasileño no puede resumirse en algunas organizaciones o personajes. El repaso a la trayectoria de Januário permite, sin embargo, observar cómo la fotografía participó en la construcción de una memoria negra y en la disputa por las imágenes producidas sobre la población negra.
Januário era consciente de la importancia de esa disputa. En una de sus frases más conocidas, afirmó: “Existe una historia de los negros sin Brasil. Lo que no existe es una historia de Brasil sin los negros”. Su fotografía partía precisamente de esa contradicción.
Esta cuestión se manifiesta de manera especialmente contundente en una serie realizada por Januário en el cerro de Salgueiro, una favela ubicada en la Zona Norte de Río, durante la década de 1980. Januário vivió durante muchos años en Tijuca, barrio donde se encuentra el morro, y mantuvo una relación cercana con ese territorio.
El cerro de Salgueiro
La historia del cerro de Salgueiro se remonta a finales del siglo XIX, cuando comenzó a ser poblado por trabajadores procedentes de las plantaciones de café del Valle del Paraíba, una región situada entre los estados de Río de Janeiro y São Paulo. Impulsada por el trabajo de personas esclavizadas, fue una de las principales zonas productoras de café durante el Imperio brasileño. A mediados del siglo XX, el Morro do Salgueiro también recibió a familias de Minas Gerais, del interior del estado de Río de Janeiro, del sur de Bahía y del noreste. En la década de 1940, se aceleró la llegada de migraciones internas al país y el Salgueiro se consolidó como una de las grandes favelas de la Zona Norte de la ciudad de Río de Janeiro.
En 1934, cuando la favela enfrentaba fuertes amenazas de despojo, se creó en Salgueiro la primera asociación de vecinos de la ciudad de Río de Janeiro. En ese momento, la lucha se articuló a través de la escuela de samba Azul-e-Branco, movilizada como instrumento para la acción política organizada en la lucha por la permanencia de la favela. Algunos líderes comunitarios también participaban en la escuela de samba, como es el caso de Antenor Gargalhada, un reconocido sambista de la década de 1930 y líder histórico de Salgueiro. Actualmente, el morro es la cuna de una de las principales escuelas de samba de la ciudad de Río, la GRES Acadêmicos do Salgueiro.
Esta historia también se refleja en las prácticas que aún perduran en el territorio. El Salgueiro es uno de los primeros quilombos urbanos de Río de Janeiro y mantiene tradiciones como el Caxambu, las celebraciones del día de San Sebastián y la Locura de Reyes.
Con más de cien años de historia, el Caxambu do Salgueiro es un grupo tradicional del barrio dedicado al jongo, un ritmo que tiene sus raíces en la región africana del Congo-Angola y que llegó al Brasil colonial con los afrodescendientes de origen bantú traídos para realizar trabajos forzados en las fincas de café del Valle del Paraíba.
Al migrar a Río de Janeiro, estas familias continuaron bailando el jongo en los lugares donde se establecieron, como fue el caso del cerro de Salgueiro, además de los barrios de São Carlos, Mangueira y Serrinha. Las ruedas reúnen los tambores, los cantos y el baile de hombres y mujeres con ropa de chita.
Las celebraciones del día de San Sebastián y la Folia de los Reyes también forman parte de la vida del morro. Son fiestas que reúnen a la comunidad y mantienen prácticas religiosas y culturales que forman parte del territorio. Junto a estas manifestaciones, también existe el trabajo de herboristas, vinculado al conocimiento y al uso de hierbas medicinales. El conocimiento sobre las plantas y sus formas de preparación es una práctica ancestral que persiste en la vida cotidiana de la comunidad. El investigador Marcelo Rocha ha desarrollado un trabajo de reconocimiento de Salgueiro como quilombo urbano, investigando la historia del territorio y estas prácticas que aún forman parte de la vida del barrio.

Las imágenes de Salgueiro permiten reflexionar sobre una larga disputa en torno a la representación de las favelas brasileñas. En contraposición a las imágenes que, según el sentido común, se construyeron a partir de miradas que privilegiaban la pobreza, la violencia y la precariedad, Januário apunta hacia otra posibilidad. Los niños y niñas, las familias, las fiestas, los momentos de ocio, las prácticas religiosas y las situaciones cotidianas aparecen como parte de una experiencia comunitaria que no necesita explicarse a través de la carencia.
Esta cercanía es importante. Existe una diferencia entre fotografiar a una comunidad como objeto y producir imágenes a partir de una relación de convivencia. En el caso de Januário, al elegir la vida cotidiana como tema de su trabajo, también desplaza lo que por lo general se entiende como digno de ser registrado.
La serie nos lleva por diferentes dimensiones de la vida cotidiana de Salgueiro, desplazando la mirada sobre la favela hacia imágenes comprometidas con sus temas e intereses internos, enfocadas en la vida de las comunidades negras de ese período y en cómo estas se sostenían a sí mismas. Este desplazamiento de la mirada del fotógrafo va desde los momentos más públicos y extraordinarios de su vida política –donde estas comunidades se posicionaban de manera más explícita frente a la sociedad, el Estado, la nación, etc.– hacia momentos no tan visibles de la política, situaciones cotidianas y más íntimas.
En este sentido, las imágenes de Salgueiro pueden verse como una forma de hacer política. Registrar estas experiencias significa producir memoria y disputar las imágenes disponibles sobre ellas. Permiten diversificar la mirada sobre la experiencia negra brasileña, ayudando a reflexionar sobre qué incluimos y qué excluimos de la esfera política (y qué fuerzas rigen esa decisión). Esto repercute, además, en lo que se reconoce como temas dignos de memoria y dignos de ser archivados.

Siempre vuelvo a Salgueiro (o Salgueiro vuelve a mí)
Marcell Carrasco toma la palabra para contarnos la relación personal con las imágenes producidas por Januário Garcia:
Mi relación con el trabajo de Januário no comienza con la fotografía. O tal vez sí, pero por otros caminos. La decisión de escribir sobre la serie fotográfica realizada en el Morro do Salgueiro no se debió únicamente a la importancia que tiene como registro de una vida comunitaria. También fue porque, al mirar esas imágenes, encontré un territorio que siempre ha formado parte de mi familia.
Mis abuelos –por parte de mi papá– se establecieron en Salgueiro a principios del siglo XX, al igual que toda la familia que llegó después. De alguna manera, esas fotografías también se acercaban a un recuerdo que ya conocía incluso antes de conocerlas.
Nací en Venezuela –una historia que por sí sola daría para otro texto– y, aún de niño, vine a Río de Janeiro, pero fue en el morro de Salgueiro donde crecí. Allí viví parte de mi infancia, mi adolescencia y años de mi juventud. Cuando pienso en mi formación, casi siempre pienso en ese morro. En las calles, en las casas, en los callejones, en las fiestas, en los bailes funk, en las personas que formaban parte de la vida cotidiana. El Salgueiro nunca fue solo el lugar donde viví, sino que es parte de la forma en que aprendí a ver el mundo.
Quizás por eso, esta serie de Januário me causó un impacto tan particular. No se trataba de reconocer un paisaje, sino de darme cuenta de que ese territorio ya había sido observado por otro hombre negro, décadas antes, con una atención ajena a los estereotipos que generalmente se asocian con las favelas. Niños jugando, trabajadores, círculos de conversación, celebraciones y relaciones de vecindad. Era solo la vida en su curso.
El proceso de escribir sobre esta conexión terminó llevándome a reflexionar sobre el camino que me trajo hasta aquí. Al ser negro, latino y provenir de una región periférica, crecí en un país donde el racismo estructura –profundamente– las relaciones sociales y determina, muchas veces, quién puede ocupar ciertos espacios. No considero que mi trayectoria sea resultado del mérito individual, también se construyó a partir de encuentros, oportunidades y circunstancias que no siempre estuvieron al alcance de personas como yo.
Esta conciencia es inseparable del hecho de que hoy trabajo en investigación, guion y dirección cinematográfica, especialmente a partir de los debates sobre el cine negro. Es también lo que hace que sea simbólico trabajar en el Instituto Moreira Salles (IMS), una institución que cuenta con uno de los acervos fotográficos más importantes de América Latina. Pertenecer a este espacio no borra las desigualdades que existen fuera de él, al contrario, me hace pensar constantemente en cuántos jóvenes negros –y de la periferia– aún se encuentran con las puertas cerradas incluso antes de poder imaginar que podrían atravesarlas.
Januário ya formaba parte de mi trayectoria antes de que conociera a fondo su archivo. Su figura era una presencia frecuente en encuentros y festivales relacionados con la cultura negra. No era difícil encontrarlo por ahí, siempre con su boina (un accesorio que lo caracterizaba), con esa amplia sonrisa que tanta gente recuerda al hablar de él. Durante mucho tiempo, conocí a Januário más por esa presencia que propiamente por la dimensión de su obra.

Fue en 2023, cuando ya trabajaba en el IMS –tras la incorporación de su archivo a la institución–, que tuve contacto por primera vez con la serie sobre el Morro do Salgueiro. Recuerdo que nunca había visto el Salgueiro de esa manera. Este encuentro se dio gracias a Silvana Marcelina, investigadora y curadora que comenzó a trabajar directamente con el archivo de Januário en el IMS. Silvana había sido amiga de Janú (como ella lo llama) y también trabajó con él durante los últimos años, antes de su partida.
Januário falleció en 2021, dejando un acervo de cerca de 70 000 fotografías que hoy conserva el Instituto Moreira Salles. Dos años después, dirigí junto a Silvana el documental Janú–La fotografía como movimiento, construido a partir de entrevistas con familiares, amigos y activistas del movimiento negro que convivieron con él.
Vuelvo entonces a la serie sobre el Salgueiro.
Entre tantas fotografías tomadas por Januário a lo largo de su carrera, son estas las que más directamente atraviesan mi propia memoria. La gente cambia, las casas cambian, el barrio también cambia. Aun así, hay algo que permanece cuando reconozco en ese archivo una historia colectiva de la que mi familia forma parte desde hace más de un siglo. Mirar estas imágenes hoy es también una forma de regresar. Quizás esa sea mi mayor conexión con el trabajo de Januário Garcia: darme cuenta de que, en un momento determinado, su cámara se detuvo sobre el mismo territorio que dio forma a mi vida.
El encuentro con México y el camino vivo de las imágenes
A lo largo de su vida, Januário fotografió en diferentes países, como Ecuador, Uruguay, Colombia, México, Perú, Venezuela, Surinam, Argentina, Alemania, Italia y Estados Unidos, entre otros.
Su paso por México cobra especial relevancia al situar su producción en el contexto más amplio de las experiencias de la diáspora africana en las Américas. La exposición Diáspora africana en América del Sur. Brasil en la lente de Januário Garcia, realizada en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, en la Ciudad de México en 2017, se presentó junto a Lo de Candela: afrodescendientes en la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca, de los fotógrafos Paulina Garcia Hubard, José Luis Martínez Maldonado y Antonio Saavedra, acercando las experiencias afrodescendientes de Brasil y México.
En esa ocasión, Aída Castilleja González, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), destacó la importancia de la visibilización y de la lucha por el reconocimiento de los derechos de las poblaciones de origen africano, temas que durante décadas permanecieron al margen del debate público mexicano.
Al comentar la obra de Januário, Castilleja destacó su capacidad para registrar, a lo largo de cuatro décadas, diferentes dimensiones de la experiencia negra brasileña, entre ellas la lucha por los derechos, las manifestaciones culturales, la música, la danza, etc. La exposición, en este sentido, pone de manifiesto cómo el trabajo de Januário traspasa las fronteras brasileñas y se inscribe en una historia compartida de la diáspora africana en el continente.
Januário estuvo presente en la inauguración de la exposición en México, y en parte de su discurso comentó: “Yo, como fotógrafo, capto un momento en el tiempo y el espacio, y lo transformo en una imagen. Esa imagen solo se convierte en una fotografía cuando cada uno de ustedes la ve, y solo se convierte en una exposición cuando muchas personas trabajan para hacerla realidad”.

Este carácter colectivo que menciona revela una concepción ampliada del gesto fotográfico. Sugiere una práctica que asocia la creación de la imagen con un convertirse en imagen a partir del encuentro y la relación con el otro. Un movimiento que parece, en cierta medida, buscar colectivizar o distorsionar la lógica de la autoría individual que domina el mundo del arte y sus aparatos institucionales y de mercado, distanciándose así de una concepción de la imagen como objeto y propiedad, y acercándose a una práctica más vinculada a concebir la imagen fotográfica como una construcción colectiva que trasciende al fotógrafo.
Este énfasis en una obra que solo se realiza a través de la relación con un otro que es colectivo nos recuerda también la necesidad de reflexionar sobre el recorrido de las imágenes por el mundo, la forma en que estas son (o no son) experimentadas colectivamente. Es decir, pensar también a partir de una cierta vida autónoma de las imágenes, observando sus encuentros y desencuentros, presencias y ausencias, más allá del contexto de su producción.
Esto implica prestar atención a los mecanismos que controlan este proceso, lo que abre todo un debate sobre el papel de los museos, los fondos, las colecciones, etc. Al trazar este camino vivo de las imágenes, es posible percibir que estas no solo se experimentan, sino que también transforman la experiencia colectiva. En este sentido, la obra de Januário parece invitarnos a pensar en las imágenes fotográficas como seres que interpelan al mundo, capaces de establecer y revolucionar formas de relación y encuentro.





