Carta a Caracas, y a quienes viven en ella

por | Ene 18, 2026

En un bombardeo mediático que busca silenciarla, Caracas se revela en su vértigo y su resistencia. Esta es una carta íntima y política a la ciudad, escrita desde la distancia, pero con el pulso de quien la ha vivido en su piel. Es un viaje que parte de la velocidad incesante de sus calles para llegar al corazón de su pueblo: un testimonio de amor, memoria y convicción férrea.

Fotografías: Érika Lozano, Katia Rejón y Heriberto Paredes


I


Roland vibra junto a las 5.2 millones de personas que lo rodean.

Frente a él, con el reflejo del sol en su casco, la ciudad parece una secuencia infinita, casi fantasmal, de efigies distorsionadas por la velocidad.

Solo vemos colores intensos que se pierden entre distancias incalculables guiadas por autopistas o montecitos venidos a barrios donde parece que no cabe ni un alma.

–Chamo, Caracas se vive a prisa –dice el joven motorizado mientras motivado por la adrenalina, o la imprudencia, zigzagueamos entre peatones, camionetas, automóviles y motocicletas.

Después conversamos, o algo parecido, pues junto a sus palabras escucho el ruido incansable de los cláxones y motores en mis oídos, que vuelven inexplicable aquello que es tan simple.

–¿Cómo a prisa? –le pregunto.

–Sí, chamo. Avanzamos, siempre pa’lante, nunca pa’tras –dice aquel muchacho caraqueño entre risas, con su acento caribeño, ese que parece arrastrar las palabras y que rara vez termina una oración, como dejando las ideas colgadas ahí, andando. Etéreas. Transformándose rápidamente. Moviéndose velozmente de un lado a otro. Inalcanzables.

Mientras lo escucho me digo a mis adentros que, efectivamente, esta ciudad no está diseñada para la pausa, sino para el vértigo. Caracas es una ciudad en movimiento, que nunca para. Entre las prisas, recupero el único apunte que tomé en mi cuaderno después de despedirme de Roland y nunca más volver a verlo: “Caracas es una ciudad infinita”.

Caracas es una autopista infinita en la que se respira Revolución. Fotografía: Heriberto Paredes


**


Antes de escribirte estas líneas escribí otras que me costó recuperar entre el vértigo. Decido no empezar por ellas por una sencilla razón: eran como un informe de hechos que hoy no parecen sinceros frente a todo lo que te ha pasado desde mi partida.

He intentado reescribir algunos párrafos, pero me parecen desordenados e inconexos, tal vez innecesarios. ¿Qué mensaje podría darte yo a ti después de que te bombardearan?

Estas últimas semanas no me he sentido bien. Me siento como una especie de náufrago a merced de las olas, como en un estado de pairo permanente, imaginando, entre el ruido blanco del mar estrellándose en la arena, que son tan solo unos kilómetros los que nos separan, y me siento impotente, desorientado, ansioso. Quiero hacer más, creo que puedo hacer más, debo hacer más. Pero la realidad me empuja a serenarme, a perseguir la calma en medio de tanta locura. Los últimos acontecimientos me rebasan: Estados Unidos te bombardeó, secuestraron a tu presidente, mientras tu pueblo entero salió a las calles a pelear por su soberanía.

Pienso en Roland, en mis amigos y amigas que ahí viven. ¿Habrá salido ese muchacho, estará bien? Me esmero por brindarte toda mi atención para seguirte, comprenderte e intentar encontrar en tus andares una guía contra la desesperanza.

Tal vez no lo sepas, pero en mi vida marcaste un punto de inflexión, de no retorno, que creo se ha extendido al mundo entero ahora que en tus tierras el imperialismo se desnudó de cuerpo entero. Y en estos días, a diferencia de hace tantos años donde no eran bombas, sino sanciones económicas, algunos resuelven dudas que parecen ingenuas ante los destellos que dejó el bombardeó repetido incansablemente en los medios como propaganda victoriosa.

Hoy no hay medias tintas, es la comuna o la barbarie, la liberación o el fascismo. Hoy, después de que el mundo viera un espejo en tus muertos, en esos espacios donde antes parecía impensable narrar lo inenarrable, se impone un murmullo cual consigna: ¡Venceremos!

Muro en el 23 de enero, donde está establecida la Fuerza Patriótica Alexis Vive. Fotografía: Heriberto Paredes


II


Caracas, tan vertiginosa, fugaz, veloz. Caracas, esa autopista alimentada por la reserva de petróleo más grande del mundo, que también es su maldición.

La belleza de sus edificios levantados en dictadura, tan únicos y excepcionales que evocan la nostalgia y el futuro al mismo tiempo. Caracas, la ciudad de las contradicciones, del rico que aspira a Miami y el pobre que se aleja de allá mientras los de arriba, que no quieren seguir aquí, piden que Miami venga al rescate con buques de guerra para asesinar pobres.

Caracas al revés, donde El Silencio es, tal vez, el punto neurálgico donde se concentran todas las voces, y donde los muros son un memorial eterno, vertiginoso, que te explota en el rostro apenas abres los ojos para intentar dilucidar las nubes que se pierden entre los rascacielos y la majestuosidad del Waraira Repano que se impone ante todo en el horizonte, donde el silencio reina.

Brandon, de unos 12 años, creció entre el ruido de los coches y de los bares que noche a noche reproducen un gran concierto de salsa y ritmos afrocaribeños que hacen que San Agustín vibre como un tambor deseoso de parranda.

Al mirar a Brandon, que juega de aquí para allá con un balón de básquetbol, y otras veces con una patineta, no puedo evitar pensar en Emilio, quien en los años ochenta, casi a la misma edad que ese muchachito, lanzó su primera bomba molotov en contra de un banco y se unió a las filas del movimiento clandestino para derrocar el bipartidismo vendepatrias que regalaba el petróleo y los recursos naturales a los Estados Unidos.

Brandon corre entre las callecitas, y en un momento pasa a un lado de Emilio, quien ahora es un viejo tranquilo, sereno, pero con una mirada que tiene un dejo de nostalgia y dureza que transmite calma y revuelta.

Los vendepatrias fueron derrotados, y ahora están en el extranjero planificando cómo asesinar a gente como Emilio, Brandon y miles más para seguir entregando su país al mejor postor. Pero nadie podrá borrarles la sonrisa.

En el 23 de enero los vecinos son gobierno. Fotografía: Katia Rejón


**


Hace unos días, motivado por el hastío de ver cómo justificaban con artificios mediocres que te invadieran, decidí salir en tu defensa.

Es irónico, si lo piensas bien, pues durante mucho tiempo pensé que la forma más eficaz para limpiar tu nombre era escribiendo sobre ti y lo que yo he vivido en tus tierras. Pero ahora la realidad también nos exige nuevas formas, más creativas y personales, para defenderte.

Tengo el cuero duro, y lo que me dicen sobre ti aquellos que no te viven se me resbala fácilmente, pero he de reconocer que entre tantas voces que alimentan el ruido en algunos momentos he dudado de mí mismo.

“¿Será que estoy en un error, y que en verdad soy tan anacrónico como dicen?”, me pregunté mientras les escribía a excompañeros de luchas para tocar base y ver qué pensaban ellos.

Las respuestas eran las mismas que nos decíamos desde aquellos años donde tu Revolución callaba bocas escépticas y demostraba al mundo entero que aún quedan utopías posibles en medio del caos.

Entre tanto pensamiento revisé mi biblioteca y encontré una frase que me resonó profundamente. Te la comparto, porque tal vez a ti también te diga algo.

Decía Bertolt Brecht que decir la verdad en franca lucha contra la mentira requiere valor, pero también sagacidad y disciplina. En cambio, apuntaba, no es nada valeroso quien solo se lamenta, en general, de la maldad del mundo, del triunfo de la brutalidad.

“Muchos se comportan entonces como si estuvieran bajo el tiro de los cañones, cuando sólo están bajo el tiro de los binóculos. Van gritando sus vagas reivindicaciones en el mundo amigo de la gente inocua; demandan, genéricamente, la justicia, pero nunca hicieron nada por tenerla y piden genéricamente la libertad, la de obtener parte de aquel botín antes largamente repartido con ellos. Encuentran verdadero sólo cuanto les suena bien. Si la verdad tiene que ver con cifras, con hechos, si es cuestión árida, cuyo hallazgo exige pena y estudio, entonces no les corresponde, nada tiene que los embriague. Sólo exteriormente se comportan como los que dicen la verdad. El mal que sufren es no saber la verdad”.

¿Por qué te escribo todo esto? Para recordarte –y de paso recordarme a mí mismo– que más allá del amor, todos estos años nos han consolidado el carácter. Estoy convencido de que, incluso cuando todo parece perdido o que la catástrofe nos arremete, necesitamos seguir diciendo la verdad a toda costa. Habrá quien nos considere demonios, y también quien nos crea santos. Pero nada de eso nos sirve: somos simplemente personas congruentes, con convicciones firmes y profundas que no nos vendemos al mejor postor, como aquellos que se regalan a los placeres del lamento infinito y los aplausos o palmaditas que eso trae consigo, y como dijo Ronald: vamos siempre pa’lante, nunca pa’tras.


Posdata


Te dejo estos mensajes para quienes nos abrieron su corazón en aquellos días:

Dile a Oriana que el gusto musical de sus tíos era exquisito. Quise escuchar todo, pero obviamente no pude hacerlo.

A Delphin agradécele de mi parte sus explicaciones para usar el enredo hermoso de casa que tiene. Sus hijos son un amor y una lección de ternura.

A Ricardo, Magno, Mikel y Laura, por favor recuérdales que conocerlos es una de las cosas más bonitas que me pasó durante el 2025, y que quedaron pendientes un par de birras para desestresarnos más.

A Guarilón y su familia pídeles que me envíen la receta de los tostones y el agua de panela con limón que nos sirvieron en Chichiriviche. He intentado replicarla, pero no me sale.

A los pescadores de La Guaira diles que sí me di cuenta de que aceleraban más para intentar marearnos, pero que se los agradezco mucho. El viaje fue increíble.

A la señora que me acompañó en el camión que tomé rumbo a Capitolio y que no dejó que me pasara de la parada de autobús, agradécele de mi parte, y discúlpame con ella si en algún momento fui muy serio. Explícale por favor que me sentía asombrado y un poco aturdido por el ruido de la avenida Baralt.

A la santera a la que le compré la estampa de José Gregorio, por favor dile que mi cara de susto fue real.

Te pido con mucho énfasis que por favor alejes a Las Lavadoras lejos de los Templos Paganos –aunque ya sean parte de ellos. Es mi lugar favorito en ti.

A Iraima, Ariadna y Jorge cuídalos mucho, que ellas no darán ni un paso atrás para defenderte a toda costa.

A Ariadna, en particular, por favor dile que toda esa ansiedad y desorientación es normal, que yo la comparto con ella, pero también la convicción de que estamos acá para acompañarnos y no dejarnos solos.

Por último, por favor entiéndeme si en este momento olvido algún nombre importante en esta travesía. Fueron muchos rostros, conversaciones, emociones y birras, pero asegúrales que nos vemos a la próxima.

Somos Ceiba, periodismo con memoria, y hemos elegido el camino del periodismo porque entendemos el periodismo como un acto de cuidado. Desde ahí acompañamos, desde ahí miramos y desde ahí narramos. Fotografía: Katia Rejón

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