Yopo: ¿una medicina o una droga?

por | Ene 11, 2026

En Venezuela, a pesar de los avances legislativos en relación al reconocimiento de los derechos de los pueblos y comunidades indígenas, aún existe el desconocimiento sobre el uso de la medicina ancestral y el significado trascendental que esta tiene en la vida de estas comunidades y de poblaciones multiétnicas y pluriculturales. Por esta razón, varios actores dentro de los organismos del Estado miran con desconfianza algunas prácticas, generando inconvenientes que en el futuro pudieran degenerar en la prohibición legal de plantas de poder con profundo significado sagrado.

Fotografías: Adriana Moreno

Amazonas, Venezuela. – Como se me ha hecho costumbre, en mis tiempos de ocio aprovecho para mirar videos cortos en TikTok, de esos que llaman reels. Uno de esos cortos llamó poderosamente mi atención y me hizo detener. Se trataba de Tarek William Saab, fiscal general de la República Bolivariana de Venezuela, quien daba su opinión sobre el uso de la ayahuasca en una entrevista televisiva. Tuve que recurrir a YouTube para ver la entrevista completa.

“No solo es la marihuana, no solo es el tusi, no solo es la cocaína, no solo son inyecciones, ahora te están hablando de que la ayahuasca, porque es una cosa ancestral, que yo respeto pues en Perú, en los países donde pudiera tener esa religiosidad, no sé, en México, etcétera, en lugares muy concretos para ritos muy concretos. La están difundiendo ya, la ayahuasca está entrando como una droga, totalmente letal y se la están dando a los jóvenes. Aquí eso está prohibido. Hay gente que queda convulsionando, y les da preinfartos, para que sepan, y nosotros hemos desmantelado grupos que están haciendo eso”, afirmó el fiscal general.

La ayahuasca es un brebaje que se prepara a base de una planta con el mismo nombre (denominada científicamente Banisteriopsis caapi). Tiene alto poder psicoactivo y se usa en la medicina tradicional de varios países amazónicos en ceremonias y ritos con fines religiosos o espirituales propios de pueblos originarios. En el idioma quechua, significa “soga de las almas”, quizá haciendo alusión al desprendimiento del alma, en un viaje astral. En otros lugares, como Ecuador y Colombia, se le conoce como yagé.

Al mirar el video recordé el caso de una persona a quien se le sigue una causa judicial por posesión del yopo, otra sustancia natural (Anadenanthera peregrina) que también es usada como medicina ancestral en ceremonias de varios pueblos de la amazonia venezolana, especialmente de los pueblos yanomami y huottuja (piaroa).

Al igual que sucede con la ayahuasca, el yopo no está tipificado en el ordenamiento jurídico venezolano como una sustancia ilegal. Sin embargo, el desconocimiento de las tradiciones ancestrales puede llevar a tratar como delincuente a cualquier grupo que organice la toma de medicinas ancestrales con fines espirituales y terapéuticos. Incluso, se puede llegar a calificar a las medicinas ancestrales como droga, poniéndola al mismo nivel de las sustancias que sí están tipificadas como tal en el ordenamiento jurídico.

Ante esta situación, me pregunto si es probable que en un futuro se prohíba el uso medicinal del yopo por parte de personas no indígenas, quienes desde hace años nos hemos interesado por conocerlo, entenderlo y finalmente respetarlo en agradecimiento por los beneficios obtenidos en salud física y mental que mejoran nuestra calidad de vida.

En medio de la entrevista, Miguelangel nos muestra algunos de sus implementos como Maraca, pluma y algunas medicinas como el Yopo, tabaco y mambe.  


Medicina y cosmovisión


El sabio Jattupa (Rufino Ponare), con tabaco en mano y una sonrisa serena, habla frente a las cámaras y el humo: “les envío un saludo a mis amigos del territorio sabarihua”, refiriéndose a la gente de España y al resto de Europa. Luego de hablar sobre su origen, su nombre, su tabaco, el yopo y de cómo realiza su trabajo con las demás medicinas, se despide mostrando la satisfacción de compartir con personas de otras culturas, mestizos o no indígenas, “para que también se conozca mi tradición y mi medicina ancestral”.

Ponare ha recibido en su churuata a personas de muchas nacionalidades y distintas culturas para compartir el yopo y, de cierta manera, también su sabiduría y sanación. Miguelangel Díaz Uzcátegui, mestizo caminante de la medicina ancestral huottuja, acompañó al abuelo José Antonio Bolívar, sabio del Alto Carinagua, comunidad ubicada en Puerto Ayacucho, estado Amazonas, y posteriormente a su hijo, el abuelo Rufino Ponare. Fui a visitarlo para buscar respuestas.

La palabra de Miguelangel es importante por su experiencia como miembro no originario del pueblo indígena huottuja. Acumula más de quince años de participación en las ceremonias de yopo y conoce el sistema de vida, cosmovisión, autogobierno, organización, forma de resolución de conflictos, normas basadas en la costumbre, alimentación, manejo del territorio. “Todo eso viene dado, como dice el abuelo, a través de la medicina del yopo” y “desde mi experiencia, el yopo es la columna vertebral de la cultura del pueblo indígena huottuja. Dice el abuelo, que el yopo es como un libro que contiene toda la información cultural de su pueblo, es una fuente del conocimiento y almacenamiento de la memoria universal”.

Miguelangel me recibe en su hogar, en medio de un bosque de mangos y de yopo. Su esposa Mariposa me ofrece café y él me ofrece tabaco, en medio de una cortina de humo que se deja ver a través de la luz eléctrica del patio. La reunión nocturna va desarrollando una conversación de relevancia para nosotros los sabarari (personas no indígenas).

Me comenta que “el meñeruhua (chamán que canta y cura) a través de la medicina del yopo y cantos tradicionales, permite que la selva se regenere, que el río se regenere, que los animales se reproduzcan, que haya buena cosecha”. Es su forma de gobernar, “a través de la medicina, dicta la norma, canta y genera reproducción, genera alimentos, mantiene el estado de salud de su familia”, estableciendo una conexión entre el mundo espiritual y el mundo material.

“Dentro de la cosmovisión huottuja, también hay un ser creador, se llama Puruna. El abuelo comentaba: “nosotros también tenemos nuestra fe, nuestra creencia, nuestra ceremonia, nuestro rezo, tal y como ocurre en el mundo occidental, aunque la fe sea diferente, pero al igual que otras religiones, tenemos nuestro sistema de creencias”. Esto nos permite entender que cada cultura tiene sus propias manifestaciones sobre la trascendencia de la vida material, planteándose posiciones sobre el comienzo de toda la existencia y los poderes que la gobiernan.

Mientras unos establecen conexión mediante la oración y las escrituras milenarias, otros, como el abuelo, son ese libro que se abre y habla a través de las medicinas, que guardan esa información milenaria. Percibo en el relato de Miguelangel que la medicina, en el caso del yopo, trasciende el área de la salud, brindando un contexto más teológico, epistemológico, ontológico, antropológico y ¿por qué no? filosófico de la medicina ancestral.

Miguelangel Diaz Uzcategui, hombre mestizo y caminante de la medicina del Yopo, quien compartió con CEIBA parte de la experiencia que ha tenido a lado del Sabio del pueblo Huottuja,  Jattupa. La conversación se dio en El Yopal, hogar del caminante de la medicina, donde nos llegó la noche. El nombre del lugar se debe a la cantidad de árboles de Yopo que rodean la vivienda.


El yopo: medicina para el cuerpo y la mente


“Todas las medicinas que conocemos, las que venden en la farmacia, provienen de plantas; aunque son procesadas, el compuesto proviene de las plantas. Las plantas han sido durante la historia del ser humano las medicinas primarias. Nuestras abuelas tienen sus plantas, sus remedios para la fiebre, para dolores de muela, para un golpe. Hay infinidad de plantas medicinales, pero existen unas que son conocidas como plantas de poder, que son de uso exclusivo de los meñéruhua, los maestros, los mal llamados chamanes. Diversos pueblos indígenas tienen sus plantas medicinales, especialmente para uso de los médicos indígenas, curanderos, quienes a través de ellas se conectan espiritualmente con la naturaleza y realizan procesos de sanación, procesos de prevención de la salud en la familia, de su comunidad y de otros que así lo necesiten”.

El uso de las plantas es una manifestación y reafirmación de que nuestra naturaleza humana es parte del resto de la naturaleza, dependemos de ella en un ciclo de dar y recibir. Después de todo, nos alimentamos de sus nutrientes, por lo que no tiene nada de extraño alimentar la conciencia y el espíritu también.

Al hablar del yopo estaríamos hablando de salud física y salud mental. Miguelangel escuchó al abuelo decir que el yopo permite trabajar el sistema emocional, ese que nos lleva al desorden mental. No es casual la apreciación de varios antropólogos que afirman que el pueblo huottuja es uno de los más pacíficos del mundo. “El abuelo en ceremonia no solo comparte su medicina, sino también su palabra, orientando a los jóvenes y los no tan jóvenes, compartiendo esa información sobre cómo aprender a sobrellevar tu sistema emocional, para que no afecte tu parte mental”. El sabio se convierte en un psicoterapeuta que da herramientas para las personas que necesiten llevar procesos emocionales.

“En cuanto a la salud física, claro, hemos visto cómo han llegado pacientes con problemas físicos, enfermedades como el cáncer, reumatismo, artritis, migraña, diabetes, epilepsia, parálisis. Cada enfermedad tiene su canto, tiene su rezo, tiene su trabajo (de sanación) y ese conocimiento y ese canto viene dado a través de la planta, de la medicina del yopo”. En los procesos de sanación, la persona que se está tratando la enfermedad no debe tomar yopo necesariamente. Quien sí debe hacerlo “es el médico indígena, los ayudantes y los aprendices del médico”.


El yopo: rayo milagroso


Miguel Ángel cuenta que a finales de los años ochenta e inicio de los noventa, el abuelo José Antonio Bolívar fue uno de los pioneros en compartir el yopo con los sabarari, dando apertura a lo que antes estaba reservado para el pueblo huottuja. Fue entonces cuando se permitió tomar la medicina a quien estaba siendo tratado por una enfermedad, “incluso a las personas que no están siendo tratadas, puesto que para consumir la medicina, no se necesita estar enfermo, los abuelos la consumen, para mantener una salud estable”.

 Las adicciones son consideradas enfermedades cerebrales, en especial las adicciones a las drogas, tanto legales como ilegales. Miguelangel afirma no tener una explicación científica para la cura de las adicciones que ha visto a través del yopo, pero ha sido testigo de lo rápido que una persona puede dejarlas. Un amigo en Colombia le dijo: “hay dos formas en las que se crea un diamante en la tierra, una es producto de miles de años de la presión sobre el carbono a kilómetros bajo tierra, y otra es a través de un rayo que cae y diamantiza. Para mí el yopo es como un rayo, que a cualquier persona puede convertir en diamante, en un solo toque”.

En la selva, es muy común conseguir serpientes por todos los rincones. Dentro del estudio y preparación para ser médico tradicional indígena, uno de los cantos más importantes o requisito esencial para formalizar la autoridad como sabio es aprender el canto de mordedura de serpiente. “He visto al abuelo Bolívar y ahora a su hijo [curar], he visto cómo personas se han sanado de mordeduras de  mapanare, una de las serpientes más peligrosas de esta zona, sin necesidad de amputación”.

Miguelangel expresa no haber sido alcohólico en el pasado, pero que sí bebía con frecuencia y afirma haber cortado con eso en su totalidad de forma inmediata: “me cambió la vida, y así he visto cómo a muchas personas la medicina les ha cambiado la vida”. Yo también he sido testigo de muchos eventos de sanación de personas mediante la medicina del yopo, respecto a los cuales hay poca explicación científica inmediata, pero mucho resultado palpable.

En definitiva, son maestros del arte de lo invisible los que crean obras visibles. Aquí cobra mucha fuerza esa frase icónica de El Principito: lo esencial es invisible a los ojos. Lo que he atestiguado con el yopo es lo más parecido a un milagro.

Gigantesco árbol de Yopo (a la izquierda) y camino de tierra y bosque en el sector San Antonio de Carinagua (a la derecha)


Ayahuasca en la mira y el yopo que peligra


Puedo entender la preocupación del fiscal general, quien se ocupa de cuidar la ciudadanía de sustancias que dañen a la juventud, a la familia y a la comunidad. Según sus declaraciones deben existir casos con resultados trágicos; sin embargo, no son registrados por ningún portal de noticias venezolano. Tampoco  he encontrado información sobre algún proceso judicial o sentencia relacionada con el uso de la ayahuasca.

La ayahuasca contiene una sustancia psicoactiva que es objeto de control. Aunque la legislación no la contempla como una droga ilícita, la coloca en una situación jurídica ambivalente: no se prohíbe, pero tampoco se aprueba su uso medicinal, debido a ciertos efectos que produce su mala administración.

En las últimas décadas ha ganado tanta popularidad que se consigue en venta por internet, como si se tratara de una mercancía cualquiera que se mueve de un lado a otro en el mercado mundial. Su aplicación ha pasado de manos sabias con conocimiento ancestral a manos inexpertas sin la preparación que se requiere para brindar protocolos de seguridad y protección.

Alguien pudiera decir que la ayahuasca es un brebaje con una preparación particular de pueblos indígenas de otros países. Pero, el pueblo huottuja también usa el tuipa o caapi, que son otras denominaciones de la misma planta. En el estado Amazonas, estamos más cerca de esta planta de lo que piensa el Gobierno. Si algún día se prohíbe, se estaría afectando a la población indígena y no indígena que busca las plantas para la sanación.

Tomar una posición en contra de toda una comunidad y de una medicina ancestral, que compartimos en nuestra amazonia venezolana, es un tanto extremista. El camino más fácil es el de señalar con vehemencia lo que no se conoce. Se puede apostar por el camino más difícil, aunque el más seguro: investigar a fondo, adentrarse en la selva y oír lo que tienen que decir los sabios, para entender toda una cosmovisión en función de las medicinas ancestrales.

El artículo 122 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela dice: “Los pueblos indígenas tienen derecho a una salud integral que considere sus prácticas y culturas. El Estado reconocerá su medicina tradicional y las terapias complementarias, con sujeción a principios bioéticos”. Aun cuando este derecho está reservado solo para los pueblos indígenas, el Estado reconoce su medicina tradicional, es decir, que no debe ser tratado como una droga ilícita ni criminalizar su uso. Si el Estado reconoce las tradiciones como medicina, no debería ser un delito para cualquier persona acudir a su uso.

En relación con el expediente judicial que investiga a una persona no indígena por posesión de yopo, una persona muy cercana a las ceremonias de la planta medicinal, Miguelangel comenta: “el abuelo dice que estamos viviendo los sueños de los abuelos antepasados, tiempos en donde las personas no indígenas iban a venir a buscar la medicina a las comunidades indígenas, y que por el contrario iba a salir el indígena de su comunidad a buscar lo de las personas no indígenas”.

Varios sabios ya han ya han abierto el acceso al conocimiento de la medicina a personas no indígenas. Pero la medicina tiene sus normas de uso e, incluso, su dosificación por parte del médico tradicional. Si no se siguen las indicaciones se puede tener reacciones adversas. Pero a medida que se conozca se va a respetar esta tradición que antecede a toda la diversidad de religiones, organizaciones e instituciones que hoy se conocen en Amazonas y en el resto de Venezuela.

El futuro de la medicina queda comprometido si la ancestral está fuera de la legislación y no tiene el derecho expreso de ser utilizada. La consecuencia es que queda a la libre interpretación legal de algunos organismos que no cuentan con la debida información. “En nuestra Constitución está establecido que somos un Estado multiétnico y pluricultural, pero esa visión de multiculturalidad, de diversidad, de intercambio no existe en la práctica. Nos toca divulgar información y llevarla al debate académico, legislativo e incluso político para contribuir a la organización y orden de uso”, afirma Miguelangel. Su propuesta es legislar, organizar, reglamentar. Hace énfasis en la consulta permanente a los sabios.

Sobre la ayahuasca se escuchan varias expresiones: “medicina que proviene de otras tierras”, “países donde la planta pudiera tener cierta religiosidad, pero “¿Quién dice qué es de acá y qué es de allá? Cuando diferenciamos entre medicinas como la ayahuasca y el yopo, caemos en lo mismo. Si hablamos de pueblos unidos por territorio e historia, las plantas medicinales están regadas por toda Suramérica. Antes de que existieran las fronteras y sistemas legales de Estados, los indígenas caminaban libres y los abuelos del yagé y la ayahuasca venían a compartir con el abuelo del yopo, entonces el abuelo del yopo iba también, y así los abuelos compartían conocimientos, compartían experiencias”.

Es entendible que el yopo y la Ayahuasca sean sustancias que ameriten ser controladas, especialmente por sus compuestos activos, el DMT y la Bufotenina. Según la legislación nacional, estos son objetos de fiscalización. Pero lo correcto no es la prohibición de la medicina ni la criminalización de quienes la usan.

Existe un punto de encuentro entre el Estado y las comunidades que promovemos el uso de las medicinas. No queremos que su mal uso dañe a las personas. ¿Que su mal empleo puede traer consecuencias? Sí, al igual que el mal empleo de medicamentos convencionales en sistemas de salud que, cuando son mal administrados, traen consecuencias, mayormente trágicas. 

Una reflexión final de Miguelangel:

“Es importante que en estos tiempos podamos apreciar el potencial y nivel de medicina, no solo para nosotros, sino también para el mundo. Yopo no hay en todos lados. Nos quedan muy pocos abuelos. Es triste pensar que ese conocimiento se pierda. Vivimos tiempos en los que las vías que considerábamos idóneas ya están agotadas. Por eso vemos cómo en el mundo hay gente que mira nuevamente a las plantas medicinales de los pueblos originarios. La humanidad debe aprovechar estos tiempos en el que aún quedan sabios, que son reservas del conocimiento, para recordar de dónde venimos y quiénes somos, para recordar que somos seres humanos y retomar nuestro camino de vivir en comunidad, en común, de vivir bien, de vivir en paz y con respeto. Dijo el abuelo Rufino, paz, amor y respeto”.

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