Yucatán es un infiernillo donde hace calor los 365 días del año, salvo las pequeñas treguas que brinda uno que otro frente frío. El invierno de la estampa navideña blanca, gélida y helada no es compatible en esta tierra tropical. Pero no importa, nos lo inventamos.
Mérida, Yucatán.- Probablemente las primeras imágenes que vienen a la cabeza con la palabra “invierno” son la Navidad y la nieve. Y probablemente mi primer recuerdo invernal, además de los pleitos familiares durante las fiestas decembrinas, es mi sudor chorreando dentro de mi vestidito de crinolina en una celebración navideña en la casa de alguna de las abuelas, en Mérida, Yucatán.
Es que este lugar es la antítesis del invierno, en toda la extensión de la palabra. No solo está muy lejano a esa estampa blanca, gélida y acogedora, llena de hielo, guantes, abrigos gruesos y demás. Yo me atrevo a decir que las llamas del infierno que es Yucatán se tragaron algunas estaciones e hicieron cenizas el invierno, como ocurre en algunos países cercanos al Ecuador.
El clima solo nos tiene clemencia un par de días al año, cuando nos toca un norte o frente frío. Según el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), nos tuvo más piedad que nunca en febrero de 2006, cuando el termómetro marcó 1° en el municipio de Abalá, la temperatura más baja de la que se ha tenido récord en Yucatán desde 1991. Un fuerte contraste con la del 27 de febrero de 2005, con la temperatura más alta registrada en invierno: 39.6 grados.
El calor hace que el invierno sea incompatible con esta tierra tropical. Pero eso no nos importa, seguimos fantaseando con esa magia navideña que incluye ropa gruesa, chimeneas, osos polares, renos, trineos y otras cosas que, a menos que caiga otro meteorito, son imposibles aquí.
A lo largo de la avenida Paseo de Montejo, una de las principales arterias de la capital yucateca, cuelgan copos de nieve que con sus lucecitas de neón guían a las multitudes frenéticas y llenas de ansiedad por las compras hacia los incontables pinos, glaseados con nieve falsa, erigidos en los principales puntos de la ciudad. Las familias se toman fotografías mientras cargan incontables bolsas de tiendas departamentales, llenas de camisas de manga larga y abrigos afelpados que probablemente utilizarán solo una vez al año.

“Que se vea completo el trineo”, instruye una mujer de mediana edad a un joven que la captura sentada en un trineo plástico dispuesto en la avenida, mientras otras personas esperan para hacer lo propio.
Esas gentes se multiplican en la calle durante estas fechas. Buscan los mejores precios de la ropa que estrenarán o del pavo, el frijol y las verduras que acompañarán sus platillos de las fiestas religiosas; o quieren encontrar un lugar, un momento en que puedan simplemente llenarse del promocionado espíritu navideño.
Muchas de ellas, como yo, optaron por hacer esto último en la caminata Atardecer Navideño en el Puerto, un recorrido organizado por la Administración del Sistema Portuario Nacional (ASIPONA), en el Muelle de Arcos del puerto de Progreso, en una única oportunidad de acceso a ese lugar tan restringido, observado desde todos los ángulos de la playa.
Pensé que sentir el azote de la brisa marina sería un símil a los climas invernales, aunque estrictamente todavía faltan unos días para que la temporada inicie formalmente. Fui preparada con chamarra y hasta una pashmina, por si me entraba la inspiración de amarrármela como bufanda. Pero también fui con un vestidito de crinolina, para no traicionar la tradición y soportar el sol de la tarde, que ya se ponía naranja y amenazaba con ser superior a cualquier soplo de viento.
Mientras recorro el muelle, considerado en 2023 como el más largo del mundo, imito a las demás personas y tomo fotografías de la playa, en cuadros que bien podrían ser capturas de cualquier verano: personas nadando, tomando los últimos rayos del sol en bikini, bailando en la arena, bebiendo discretamente o no tan discretamente.
Me doy cuenta de que no soy la única con ropa veraniega, todo el mundo está en pantalones cortos. Pero con sus diademas con astas de reno, eso sí. Una joven acomoda la suya mientras guía a su perrito, que le enseña los minúsculos colmillos, quizá porque porta contra su voluntad un disfraz de duende. Avanzan y se topan con un camarada: un niño con traje verde y cuello de picos que corretea con su mamá y su papá, mientras les hace incontables preguntas sobre el agua, sobre el muelle, sobre las gaviotas que merodean nuestras cabezas.
Yo las respondo mentalmente mientras, a la vieja usanza, me empiezo a derretir por el calor. Es momento de rendirse. Doy la vuelta y regreso a Mérida buscando esa magia navideña prometida y no vislumbrada.

Lo que más se le acerca lo encuentro en forma de nieve falsa en Paseo de Montejo, donde en un terreno salpicado con esculturas de animales polares gigantes y un Santa Claus de tamaño natural, una multitud alza las manos para alcanzar esa especie de espuma sustituta. Hay algarabía porque ahí se instaló una pista de hielo para patinar. Aunque no es la única que existe en la ciudad, es la primera vez en esta temporada que se abre una gratuita en un punto tan accesible.
La primicia se nota: nadie sabe patinar. Todo mundo está emocionado, pero pegado al muro de contención, avanzando como orugas sobre un tronco. Algunas personas se atreven a deslizarse con unas foquitas azules, unos aparatos con forma de foca que son una suerte de burritos, puntos de apoyo para prevenir las caídas.
Yeribai, maestra de cuarenta y seis años, es una de las que, prudentemente, se apoya en una foquita y avanza despacito y con precaución. Solo había patinado sobre hielo una vez en su vida, en Guadalajara. Y esa vez, se cayó. Así que no es momento de experimentar.
“Hoy cumple años mi hija y supimos que abrían la pista, así que vinimos a disfrutar un rato, a ver qué pasa”, dice mientras se ajusta las agujetas.
Su otra hija, Renata, se aventura sin foca, y con todo y el temblor de las piernas, que la obliga a apoyarse en ángulos agudos en el muro de contención, como suplicando su perdón, logra recorrer el perímetro de la pista tratando de mantener el equilibrio, mismo que pierde justo en el tramo final. Sobándose con el pantalón mojado y una enorme sonrisa en la cara sonrosada, dice que para ella el invierno son las fiestas navideñas, y las fiestas son la familia, que en estas fechas aterriza de todos lados al hogar.
Pienso que tiene razón, mientras una persona en zancos, con un disfraz de reno que roza el estilo drag, posa para mi cámara, marcando el inicio de mi regreso a casa. En el camino lo confirmo: mientras más me acerco al barrio, más casas están repletas de una mezcla de fiestas, novenas y rosarios, donde los rezos a la Virgen de Guadalupe y la música cumbianchera se confunden con “voladores” –una suerte de juegos pirotécnicos muy comunes en esta época del año–, lanzados al aire sin ton ni son.
Ese quizá sea el segundo recuerdo más lúcido de mi infancia invernal: la pirotecnia, amada por unos, funada por otros. Yo la quería mucho, sobre todo porque me recordaba que ya era momento de salir con mis primas y primos a la ramada, esa actividad que consiste en cantar puerta por puerta una canción alusiva al nacimiento de Jesucristo, cargando un altar ambulante hecho de una imagen de la virgen de Guadalupe colocada con una vela o un farol de lata en una caja de zapatos, a cambio de recibir un “aguinaldo”. Es decir, mi primer modelo de ingresos económicos.
¿Salir a la ramada contaría como mi primera experiencia laboral? Recuerdo que los borrachos eran nuestros mejores ¿clientes? ¿mecenas? ¿padrinos? Dejaban billetes, no moneditas. En ese entonces me daban miedo, pero los consideraba un mal necesario por sus generosas contribuciones. Hasta me daba pena saberlos tan adictos, tan tontos y con un futuro tan precario, por dejarnos sus billetes a una bola de niñas desafinadas en sus arrebatos de euforia y poca lucidez.

Las reflexiones filosóficas me absorben hasta llegar a la tiendita de la esquina, cuando la dependienta las interrumpe con un: “Weputa, ¿lo oíste? Que quinientos les dieron en la ramada”. Señala a un niño y una niña regordetes que intentan sacar un premio de una maquinita colocada en la puerta. Me pregunto a cuántos borrachos les habrán cantado mientras la señora de la tienda agrega: “Voy a renunciar y dedicarme a eso”. Mis pensamientos exactamente.
En la calle, la luna compite con todas las luces de colores que adornan las casas no bien pasaron las celebraciones de los finados. Al fin aterrizo en mi casa. Aquí no hay luminaria, familia, ni habrá Navidad. Hace calor, entonces tampoco habrá invierno.
Agarro mi teléfono y le escribo a una amiga: “Mándame la foto que me tomaste en la pista de patinaje”. Soy yo, con el vestido veraniego que mitiga mi alma sudorosa, abrazando un pingüino de medio metro, es decir, gigante para su especie, pero de mi calaña. Probablemente el único que pueda tocar en la vida. Supongo que esa es la magia de la que tanto hablan.






